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Mucho juego, poco rédito

El Reus, que todavía no conoce la derrota en cuatro jornadas, ha exhibido un alto nivel en su fútbol pero ha carecido de eficacia

Marc Libiano Pijoan

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Ricardo Vaz, con los brazos abiertos, celebra su gol del sábado ante el Numancia. Foto: Alfredo González

Ricardo Vaz, con los brazos abiertos, celebra su gol del sábado ante el Numancia. Foto: Alfredo González

El Reus anda inmerso en ese proceso de entregar el alma, de exponer exceso de protagonismo y de recibir poco. Asume una jerarquía inusual para un novato en sus partidos, no ve problemas en disputarles la posesión a rivales como el Mallorca o el Getafe a domicilio, pero siente que sus registros son menores a su meritocracia. El fútbol mantiene, muchas veces, ese guión. Penaliza a los generosos. Admira a los egoístas. Su tendencia, eso sí, resulta tan cambiante que la esperanza sigue intacta. El Reus nunca renunciará a los ideales que le han agrandado. Tampoco a esos hábitos que ha instalado en su cuaderno de conducta.

La impresión que ha quedado de las dos apariciones rojinegras en el Estadi se encuentra entre dos aguas. La futbolística sostiene el rostro del equipo en un lugar privilegiado. Mirandés y Numancia le han generado media ocasión cada uno. Curioso. Los dos se han llevado botín de Reus. Natxo y sus chicos no suelen arroparse en la racanería cuando plantean la estrategia. El Reus va a corazón abierto. Coge la pelota y expone. No se cansa de generar. Luego existe eso tan definitivo en el fútbol como vital. La eficacia define el camino de todas las escuadras. Sin ella, el éxito resulta imposible. Cuatro goles en cuatro partidos para el Reus. Demasiado poco cuando se contabilizan las situaciones que ha dibujado el equipo ante el marco rival.

Tranquilidad interna

En todo caso se suspira tranquilidad en ese vestuario emblemático del Estadi, donde los protagonistas consumen horas de trabajo y sueñan en colectivo. Natxo, el jefe del barco, expresó alegría contenida tras el tercer empate consecutivo ante el Numancia. El aspecto de Reus sigue impoluto. De hecho, no ha perdido todavía. Para crecer, para hallar la confianza, la seguridad definitiva, es más cómodo hacerlo sin borrones ni cuentas pendientes. Lo de competir con bravura, ya lo ha patentado el equipo.

La puesta en escena ha transmitido señales de admiración y eso que el grupo todavía no anda completo de efectivos. Máyor y Querol sanean sus piernas tras una pretemporada de vía crucis físico. Nadie discute su categoría. Están volviendo. Cada vez con mayor asiduidad. Babic y Guzzo han aterrizado hace nada y en Copa enseñaron cualidades para lucir, aunque necesitan ese tiempo de acomodo indispensable. Luego resta la enfermería, donde anda saliendo de ella el mago portugués Vítor Silva. Chrisantus y Haro desean con locura huir de ella. Precisarán un poco más de tiempo. Las prisas, cuando emergen los dolores, acaban por perjudicar.

Ese pequeño tetris tiene montado el Reus en su estreno en las alturas. Por lo menos ha conseguido que nadie le observe como una cenicienta dulce. A día de hoy es una roca pesada, con algún punto de menos. Aunque las deudas, mejor a final de curso.

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