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Olmo evita la depresión

Un gol en el descuento del capitán rescata un punto para el Reus, en una noche discreta de los rojinegros. El Alcorcón se queda con diez tras ver roja Errasti

Marc Libiano

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Olmo y Migue celebran el gol del empate. Foto: Alba Mariné

Olmo y Migue celebran el gol del empate. Foto: Alba Mariné

Olmo secuestró un punto de donde no había nada. El káiser se sumó al ataque ya en el extratime,  con la mochila de aventurero optimista cuando asomaba la depresión para el Reus. Pidiendo auxilio y entre reproches del Estadi, el equipo de Garai visitó la épica en un alfiler. Halló el premio en una carambola de billar. Cámara disparó desde media distancia, Edgar consiguió domar el balón y se lo entregó de cara a Olmo, ya en el corazón del gol. De primeras, como si se tratara de un devorador, impactó con violencia. Perforó a Casto e incendió a los hinchas, que recuperaron el aliento y la fe. 

Alba Mariné

Poco antes, Garai se había encomendado a los astros con la última de sus modificaciones tácticas. Hubo unas cuantas en el partido. Hasta el punto que el mismo Reus pareció algo perdido. Aligeró de centrocampistas el once. Descolgó a Vítor al mediocentro, junto a Juan Domínguez. Por fuera, Haro y Cámara para el desequilibrio, pero la luz se encontraba en las dos piernas del mago portugués. Se oyeron incluso gritos de súplica en el templo. «Pelotas al 6». Vítor generó destrozos sólo con elevar la frente y ejecutar con la escuadra y el cartabón de la precisión. Superaba líneas y descubría caminos. Su repertorio mereció la conquista, no sólo un punto a regañadientes, con ese acto heroico del capitán. 

Ocurrieron tantos efectos especiales en esos minutos del desaliento que sirvieron para adornar una noche que no se recordará por los puristas de la estética. Merodeando el descuento, Alcorcón padeció la inferioridad por roja directa a Errasti, tras soltarle la pierna de forma desmesurada a Máyor. Errasti lo recordará.

El Reus, por lo menos, recuperó el espíritu. La cultura del esfuerzo. El máximo compromiso. Guardó en el desván el confort, imperdonable en la categoría y un pecado capital para el Reus, que no anda sobrado de recursos. Córdoba le dejó en evidencia. Se aplicó en el primer tiempo con la máxima atención, aunque no le bastó. Garai modificó la pócima. Varió el dibujo y juntó en ataque a Lekic y Máyor. El rombo en el medio lo cosieron Tito, Gus, Domínguez y Vítor. Los costados quedaron liberados para los laterales. Sólo cuando Vítor contactó con el juego apareció el fútbol, sucedieron lances de impacto. Se iluminaron los ojos. No lo hizo con una frecuencia abundante, ahí anduvo el problema. El Reus combinó más bien poco. Prefirió las acciones directas. No cuajó.

Alba Mariné

Alcorcón fue una computadora. Un rival casi de laboratorio. Concedió poco y propuso lo justo. Alcanzó el botín en la estrategia, tan caprichosa y con un precio que casi cotiza en bolsa. Anotó el guardián David Fernández con la testa. El Reus se despistó y le castigaron. Fernández fue un aeroplano que cazó un regalo desde el cielo. Imposible para Badia. Le había servido con bandeja de plata César. Fue un barman espectacular desde la derecha. Se habían consumado 33 minutos. Antes ocurrieron accidentes analizables. 

Por ejemplo cuando Olmo, Lekic y Máyor trazaron un triángulo que les llevó a la zona de la verdad, la que diferencia los equipos con maldad con los tibios de vocación. No acabó la obra el Reus, se quedó a medio camino. Vítor, en cambio, le abrió el camino a Migue poco después con un servicio majestuoso. Casi en una baldosa. Profundizó el enganche y Migue se plantó ante Casto. Definió por bajo, pero el arquero le adivinó la maniobra. El Reus tocaba el timbre del gol, pero no acababa nada. Un clásico, por otro lado. En noches cerradas, con escasez de lucidez se paga la falta de tino. Alcorcón llegó dos veces y convirtió una. Tan simple como eso. Parece un tópico, pero es una verdad como un templo. Efectividad pura. 
Antes del acierto de David Fernández, Álvaro cuerpeó con Pichu y halló una grieta para girar el cuerpo y perforar a Badia. Curiosamente su remate lo hubiera firmado cualquier alevín alfarero. Llegó manso a las manos del meta.

Alba Mariné

El empuje del Reus y su rebelión incesante ante la dificultad le convirtieron en ganador moral. Ese premio que sólo sirve para alimentar el ego. En el segundo tiempo dos remates francos de Lekic, el segundo tras un despliegue memorable de Campins por su autopista diestra, acercaron al equipo al empate. Lekic no suele desaprovechar tanta munición. Fue la aparición romántica de Olmo la que apagó el mal humor general. El punto se celebró esta vez con fuegos de artificio e infinidad de suspiros.

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