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Punto en la nevera

CF Reus y Lleida se estancan en una partida de ajedrez con exceso de respeto y falta de estética. El partido, muy trabado, apenas deja ocasiones claras de gol y los dos protagonistas quedan conformes con el reparto de botín

Marc Libiano Pijoan

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Óscar Rico conduce un balón entre dos rivales durante el partido de ayer.  Foto: Alba Mariné

Óscar Rico conduce un balón entre dos rivales durante el partido de ayer. Foto: Alba Mariné

Fran Carbia lucía botines nuevos, de esos que eliges en la franquicia más elitista para una noche glamourosa de sábado, pero que no acaban de entrar por los ojos. El entusiasta delantero necesitó vestirse de lateral derecho por un día. Ni pestañeó ante la incomodidad. Decidió solventar la poca estética de esos botines con franqueza. Fue un tipo honesto.

Natxo le eligió por obligación. Los castigos le comprometieron. Acudió a uno de sus chicos predilectos. Durante la semana le acarició la espalda y le mandó un mensaje de confianza. Su chico no le falló.

Fran no vio le elección de su jefe como un osadía con cierto aire de locura. Para Carbia cada día en el once es una bonita oportunidad para reinvidicarse. La aventura más apasionante de su vida. Por eso cumplió. Incluso con la valentía de los amantes de la velocidad en las largas autopistas. Le dio la razón a su entrenador.

El Lleida añadía a la noche el aroma de vino añejo que fascina a los sibaritas. Se esperaba un recital de Bowie o Dylan en el Estadi. Terminó por quedarse en una ópera somnífera.

Marzo es época de cosecha grande. Cada punto se lucha con la bravura del Cid Campeador. Se prohíben las concesiones. Por eso, los dos protagonistas convirtieron el partido en una eterna partida de ajedrez. Una pelea mental que terminó en bandera blanca.

El Lleida exige a sus enemigos especial atención en los regresos. Sobre todo porque mantiene una buena relación con la pelota. Si ante el Lleida pierdes la cordura, tu existencia peligra. El Reus se replegó con la disciplina de un ejército en la puesta en escena. Gestionó bien las esperas y guardó bien la ropa. A veces resulta poco agradecido para los hinchas, pero para campeonar la eficacia se hace imprescindible.

En realidad, el juego se congeló en el frigorífico más gigante desde el arranque. Nadie quería equivocarse. Se echaron de menos las llegadas con veneno. De los ilerdenses sólo se recuerda un disparo lejano de Marc Martínez que ni inquietó a Badia. Eki, a la media hora, lo intentó tras una estrategia. Nadie tembló.

En cambio, Colorado apareció en el lugar que más le distingue. En el área siente la felicidad de un cantaor flamenco en el tablao más prestigioso. Su apariencia de centrocampista añade una dosis de gol superlativa. Todo empezó en las botas de Haro, cuando se habían consumido 22 minutos. El servicio al corazón del área del supersónico extremo acudió al movimiento de Edgar, que prolongó el balón con una recurso con adorno. Un bote entraño frenó la velocidad de la acción, pero Colorado acompañó abrazándose a la sorpresa. Emergió en el segundo palo, aunque la ejecución chocó con Crespo, rápido en la maniobra de salvación. El milagro del arquero auxilió al Lleida. El respiro presagiaba un desenlace misterioso. La incertudimbre generaba inquietud, aunque el Reus compareció con una pose más reconocible. Asumió el protagonismo del juego y combinó con coherencia, aunque le costó un mundo romper líneas defensivas. Su rival le obligó a pensar y a desgastarse mucho en cada ataque.

Atrapados en la telaraña

El escenario apenas se modificó en los minutos del vértigo, cuando la fatiga genera errores y el balón provoca pequeños incendios en los pies. Colorado volvió a ejercer de especialista de la sorpresa en otra acción titánica de Edgar Hernández. Nadie creyó en esa disputa. Sólo la fe del delantero. «El deseo salta muros al revés», dice la nueva canción de Love of Lesbian. Edgar prolongó el tesoro tras superar a Molo en el combate. Colorado pudo aniquilar el partido, pero no controló.

Dos escuadras que suelen escoger la belleza acabaron por dibujar una obra fea, aunque repleta de esfuerzo y compromiso. En realidad, la historia se asemejó a los nuevos botines del Fran Carbia. De dusosa belleza, pero llevados con innegociable franqueza.

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