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Rayo-CF Reus (0-0): Botín en el barrio

El Reus araña un punto de oro en su visita al Rayo en Vallecas, después de controlar el primer tiempo y sufrir en el segundo. Los rojinegros pueden ganar al final con dos amenazas claras de Jorge y Folch. El colegiado anula un gol al local Embarba por fuera de juego

Marc Libiano Pijoan

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Edgar Badia despeja un balón ante el intento de remate de Javi Guerra. Foto: Rayo Vallecano

Edgar Badia despeja un balón ante el intento de remate de Javi Guerra. Foto: Rayo Vallecano

Ebert cabeceó al limbo una pelota deliciosa que volaba desde la izquierda. Se la había puesto Nacho con mimo, como acariciando la mejilla de un bebé recién nacido. Badia se estiró como un gato para guardar su arco en la inauguración de una tarde con frío en las entrañas. La madera corrió peligro. Sólo eso. En el barrio de Vallecas ya sonaban tambores de guerra. Clima enrarecido por esa realidad institucional que no contenta al pueblo. Presas se enfrenta al clamor popular y eso en el barrio suele traer consecuencias brutales. Manda Vallecas, donde el fútbol pertenece a la gente.

El Rayito camina bajo ese síndrome depresivo que padecen los gigantes inmersos en el hastío. Su nómina de recursos recuerda a Primera División. Sólo son recuerdos. La cruda verdad del presente de plata devora la paciencia. El estadio pide compromiso y honestidad. Sus chicos van y van, pero ante el Reus chocaron contra un rival armado de personalidad, con el ánimo en un escenario antagónico. Por eso sobrevivió el Reus. Ante los ataques rabiosos del enemigo se protegió con orgullo. Luego también pegó, aunque su pegada no suele traer consecuencias demoledoras. Exceso de ternura. Ya conocen esa historia.

Por ejemplo, Máyor no alcanzó un misil aéreo al que sólo era necesario cambiarle la dirección. Mayór corría el peligro de perder su cabeza en el intento. La violencia del balón amenazaba la salud. El Reus tomó la pelota con frecuencia en el primer parcial. Le alejó de dolores de cabeza y le abrió caminos para provocar delirios infernales en el enemigo. Folch, Garai y, a ratos Guzzo, se relacionaban con cierta felicidad. De forma puntual. Descubrieron que por el carril derecho se dibujaba un paraíso vacacional. Benito había levantado la mano y eso para el Reus son palabras mayores. El lateral quería juerga. Sus despliegues generaron desequilibrio. En uno de ellos, Miramón, con el papel de enganche, mandó la pelota al lateral. No se terminó de creer que ese balón pedía culminación goleadora.

El Reus convivía con el confort. Quizás en exceso. Se olvidó de que el rival posee munición, a pesar de su enfermedad. Javi Guerra visitó el área, su hábitat natural, para encoger el alma reusense. Se movió con cierta destreza para controlar el tesoro. De media vuelta acabó cruzado, con Badia agigantando su cuerpo en el aire. Salió fuera. Guerra inició entonces una tarde de imprudencias en la precisión. Poco habitual en su oficio.

Guzzo asomó por la izquierda cuando los hinchas todavía pedían explicaciones a Presas, bocata en mano. En la calle Payaso Fofó se lleva mucho el bar de taburete y olor a freidora con aceite de dos días. El portugués conquistó el fondo y cedió ante el hambriento desliz de Máyor. No consiguió impactar la pelota el atacante. Por lo menos como él hubiera soñado. Pasó el maltrago el Rayo y se desbocó. A lo séptimo de caballería. Trompeta en mano. Con la ayuda de Bukaneros y miles de tipos con aliento. Se olvidaron rencillas. Se atrincheró el Reus.

El asedio arrancó con un destrozo maravilloso de Ebert que chocó con la cruceta. Resultó mágico ver la curva de la pelota, como cuando los niños contemplan embobados los fuegos artificiales el día de Reyes Magos. Badia sólo pudo mirar. Luego chocó esos cinco con la madera, amiga inseparable. El Rayo también reclamó al juez. Embarba había culminado en el barro una falta lateral, aunque en posición ilegal. No se derrumbó la fe obrera de ese equipo.

Javi Guerra alimentó la esperanza con un movimiento de delantero fetén. Al espacio, a la espalda de los guardianes del Reus, escorado a la derecha. A Guerra se le borró el paisaje para convertir. En esta ocasión con una coartada. Andaba escorada, con el ángulo medio perdido. Badia le hizo pequeña la portería. Sujetó al Reus con una parada de pies. Da igual. El portero del Reus maneja con soltura esa extremidad tanto o más que las manos.

El Rayo perdió la energía, porque la fatiga castiga piernas y también entereza mental. Creció el Reus en los minutos del desenlace. ‘Días de borrasca, víspera de resplandores’ pareció recitar, a los Héroes del Silencio, el equipo de Natxo, que rotó el banco. Sorprendió la posición de Tébar, más ofensivo que Folch en la sala de máquinas. En todo caso, Jorge pudo incendiar Vallecas. Arrancó con exceso de electricidad pero eligió mal en la concreción. Disparó cuando quizás se habría un resquicio para el servicio de la muerte. Folch terminó con el partido con su intento de llegador de cada domingo, con el Reus recuperado del sofocón. En tres cuartos de cancha añadió registros a sus prestaciones. Lo intentó desde el perímetro. Obligó a Gazaniaga a intervenir de urgencia. Así murió una tarde en el barrio, el lugar donde manda el pueblo. También en el fútbol.

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