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Reforma incompleta

Merino echó mano de los cuatro fichajes de invierno en su debut en el banquillo del Nàstic pero el equipo cayó en los mismos errores de antaño. Cristo adelantó al Tenerife e igualó José Carlos

Jaume Aparicio López

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Juan Merino ordena a sus hombres durante el partido de este domingo en el Nou Estadi. FOTO: Pere Ferré

Juan Merino ordena a sus hombres durante el partido de este domingo en el Nou Estadi. FOTO: Pere Ferré

Mejor cara, mismo resultado. El Nastic ha cambiado en esencia. Se nota. Le acompaña otro aire. La renovación de plantilla le ha venido bien. Achille, Manu Barreiro, Luismi y Bruno, los cuatro refuerzos, aportaron frescura para enfrentarse a los obstáculos que deparó el partido. El gol del Tenerife y la expulsión de Barreiro.

La puesta en escena también sufrió una importante modificación. El Nàstic de Merino es una búsqueda intransigente de la profundidad. Del camino directo al éxito a través del atajo constante. Esa es la premisa. Puede gustar más o menos, pero queda claro desde el principio. No es una sencilla práctica del balonazo. La táctica requiere filamentos que unidos forman un tapiz muy ‘british’, tal vez, pero efectivo cuando se domina.

Ni la actitud, menos sufridora y algo más confiada, ni los nuevos conceptos, aún por pulir, sirvieron para sumar el triunfo.

Merino se estrenó con empate. Desplegó las características que quiere convertir en virtudes pero topó con los vicios de antaño. Y eso que los rehusó desde el minuto uno. Formalizó un once de salida renovado. Ya advertía de defectos en el software. «Errores de bulto», los llamó, con un componente mental/psicológico importante. Que solo se disipan con cambios profundos. Estableció un borrón y cuenta nueva en toda regla.

55 minutos de Emaná

El gaditano ya había advertido que no iba a reservar a nadie. Si los fichajes tenían falta de minutos, lo mejor, recuperar esa carencia rápido. En el césped. Donde deben estar los mejores. De ahí, las prisas por conseguir a tiempo el transfer internacional de Achille Emaná y Bruno Perone tenían fundamento. Merino los quería ya.

Tejera, Suzuki, Mossa y Uche fueron los únicos que mantuvieron su status. El japonés, eso sí, reubicado en el lateral derecho.

¿Cómo juntar a Uche, Manu Barreiro y Emaná?, se preguntaba la hinchada. La respuesta del entrenador del Nàstic fue apostando por un 4-4-2 con el camerunés partiendo desde la izquierda.

Emaná puede actuar donde quiera. Su presencia es imponedora en cualquier parcela. Inquietante para el adversario. Su primer balón, un control orientado con el pecho que se le escapo largo, ya introdujo un pensamiento diferente al resto.

Le falta físico. Ritmo. Aguantó lo que pudo. 53 minutos de reencuentro con una grada que lo adora. Lo idolatran aunque sus primeras acciones resultaron más vistosas que eficientes.

El equipo desplegó un juego vertical. Un fútbol directo e intuitivo. Tan veloz y profundo como arriesgado. El rapidísimo delantero del Tenerife Amath se relamía ante los espacios que le ofrecía el Nàstic a la espalda de los centrales. No contó con una disposición segura de Bruno en su estreno.

Mismos vicios

Todo el sentimiento rejuvenecedor, alegre y esperanzador se diluyó con el primer saque de esquina del Tenerife. Merino se topó con los viejos vicios en las jugadas a balón parado. Indecisión defensiva y gol de Cristo. Nada, ni metiendo a los once futbolistas en el área para defender en zona. La estrategia sigue siendo una herida que supura.

La historia parecía repetirse. El mejor juego local no se traducía en el marcador. Producto del maldito farolillo rojo. Esa desdicha que provoca efectos devastadores con un sencillo suspiro e impide el acierto incluso en las fotografías de gol más nítidas. El paradón de Dani Hernández al remate de Manu Barreiro fue ciencia-ficción. Ni la plasticidad de Mr. Fantástico de los Fantastic Four.

Luismi concibió un estreno de Óscar. Fue el centro de gravitación sobre el que reposó todo el sistema táctico del equipo. Su inteligencia posicional deslumbró. Estaba siempre donde tocaba para recuperar el esférico. Reaccionaba a los rebotes como un resorte y adelantaba su posición con premura para presionar al rival en su propio área.

La actitud del equipo en general fue irreprochable. No bajó los brazos. Mantuvo la confianza y no expresó ni rastro de la pesadumbrez de finales de 2016. Aguantó incluso a la expulsión de Barreiro.

Roja ridícula y absurda. Al delantero gallego le dio por jugar sin espinilleras, un elemento indispensable para el reglamento. Con la ayuda de sus compañeros, intentó solventar su error cuando habían transcurrido 15 minutos del segundo acto. Pero Figueroa Vázquez le pilló. Amarilla. Segunda. A la calle.

El 2017 tampoco trajo un mejor trato arbitral. El criterio de Figueroa Vázquez siguió los mismos parámetros que finales del 2016. Penalizó con mayor rigor al Nàstic que al Tenerife y como su colega De la Fuente Ramos en el Nàstic-Mallorca, pitó el final cuando los locales iban a gastar su último cartucho en un saque de esquina.

Antes de todo eso, José Carlos había igualado la contienda. Mareó a su pareja de baile con un caracoleo infinito que culminó con un latigazo que tuvo premio.

El Nàstic pudo ganar incluso con diez. Luismi filtró un pase a Muñiz al espacio categórico. Dani Hernández salió al paso. Se agigantó ante el asturiano que estrelló el esférico contra el meta.

Los viejos vicios ganaron a los aires de reforma.

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