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Deportes HOCKEY

Reus-Barça (2-6). 'Cruda realidad'

El Reus no puede con el Barça, que termina goleando en el Palau d'Esports en un Clásico muy desigual

Marc Libiano Pijoan

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Marín intenta un disparo durante el partido ante el Barça. Foto: Alba Mariné

Marín intenta un disparo durante el partido ante el Barça. Foto: Alba Mariné

 

El Clásico dejó una realidad irrefutable, muy cruda para el Reus. Quedaron atrás los tiempos de bonanza, en donde los rojinegros miraban a los ojos de su poderoso enemigo histórico. A fecha de enero de 2016, el escenario indica que eso es imposible. Las dos escuadras conviven en el mismo campeonato, pero en esferas distintas. Resulta trascendental observar la inversión en la materia prima. También exageradamente distinta. 
En realidad, el Barcelona no hizo más que reflejar la lógica. No enamoró a nadie, hace también un puñado de años que no lo logra, pero tampoco le importa. En el templo se limitó a mantener un rigor militar cuando necesitó refugiarse y a castigar cada error del Reus, que protagonizó una puesta en escena interesante, pero se consumió a medida que iba recibiendo golpes.
En esa asombrosa capacidad de aniquilar cualquier equívoco, Pablito Álvarez es un especialista. Ni siquiera necesita espacios para generar su alimento. Probablemente estamos hablando del rematador más elegante del momento. No acertó en su primer intento, con Platero encima, sin ofrecerle respiro. En el segundo halló un resquicio entre la cabeza de Molina y el poste. Arrastró de cuchara y abrió el viaje exitoso del Barcelona. Antes, los azulgrana precisaron sujetar el entusiasmo del Reus, que mantuvo la energía y no se descosió. La gasolina le duró mientras expresó su fe en el sistema defensivo. Mientras se arropó en el orden y no en la ansiedad. Recogió el empate gracias a una pena máxima que forzó Salvat y cometió Costa. Platero, con una cuchara exquisita, mandó la pelota al ángulo. En el ramillete de recursos inagotables que maneja Ricard Muñoz, el técnico del Barça no había acudido a la carta de Lucas, un atacante tan anárquico como desequilibrante. De prestigiosos recursos técnicos. Lucas ingresó en el templo con el respiro amenazando. Acabó con el partido. Primero, con un disparo afortunado que se coló tras golpear en el cuerpo de Pascual. Después, al completar una obra de Dalí del incombustible Panadero, con pase entre las piernas incluido.  
Todo lo que ocurrió después se quedó en el quiero y no puedo del Reus, que mantuvo la figura como pudo. El Barça exhibió precisión cirujana para definir cada vez que halló los espacios. De hecho, movió al Reus como una peonza en la reinauguración de la noche. El ataque se hizo eterno, congeló pulsaciones, hasta que Pablito convirtió en el segundo palo. El 1-4 presagió una pequeña pesadilla contra la que Marín quería rebelarse. Terminó desquiciado porque volvió a pelear contra lo imposible. 
Costa, entre disculpas de hermandad, y Lucas cerraron la sagría azulgrana entre los escombros de un Clásico de vuelo bajo, con escasa pasión. Sólo Salvat pudo decorarlo, aunque no escondió el duro presente. La realidad de dos proyectos demasiado antagónicos en relación a lo que indica su historia.

El Clásico dejó una realidad irrefutable, muy cruda para el Reus. Quedaron atrás los tiempos de bonanza, en donde los rojinegros miraban a los ojos de su poderoso enemigo histórico. A fecha de enero de 2016, el escenario indica que eso es imposible. Las dos escuadras conviven en el mismo campeonato, pero en esferas distintas. Resulta trascendental observar la inversión en la materia prima. También exageradamente distinta. 

En realidad, el Barcelona no hizo más que reflejar la lógica. No enamoró a nadie, hace también un puñado de años que no lo logra, pero tampoco le importa. En el templo se limitó a mantener un rigor militar cuando necesitó refugiarse y a castigar cada error del Reus, que protagonizó una puesta en escena interesante, pero se consumió a medida que iba recibiendo golpes.

En esa asombrosa capacidad de aniquilar cualquier equívoco, Pablito Álvarez es un especialista. Ni siquiera necesita espacios para generar su alimento. Probablemente estamos hablando del rematador más elegante del momento. No acertó en su primer intento, con Platero encima, sin ofrecerle respiro. En el segundo halló un resquicio entre la cabeza de Molina y el poste. Arrastró de cuchara y abrió el viaje exitoso del Barcelona. Antes, los azulgrana precisaron sujetar el entusiasmo del Reus, que mantuvo la energía y no se descosió. La gasolina le duró mientras expresó su fe en el sistema defensivo. Mientras se arropó en el orden y no en la ansiedad. Recogió el empate gracias a una pena máxima que forzó Salvat y cometió Costa. Platero, con una cuchara exquisita, mandó la pelota al ángulo. En el ramillete de recursos inagotables que maneja Ricard Muñoz, el técnico del Barça no había acudido a la carta de Lucas, un atacante tan anárquico como desequilibrante. De prestigiosos recursos técnicos. Lucas ingresó en el templo con el respiro amenazando. Acabó con el partido. Primero, con un disparo afortunado que se coló tras golpear en el cuerpo de Pascual. Después, al completar una obra de Dalí del incombustible Panadero, con pase entre las piernas incluido.  

Todo lo que ocurrió después se quedó en el quiero y no puedo del Reus, que mantuvo la figura como pudo. El Barça exhibió precisión cirujana para definir cada vez que halló los espacios. De hecho, movió al Reus como una peonza en la reinauguración de la noche. El ataque se hizo eterno, congeló pulsaciones, hasta que Pablito convirtió en el segundo palo. El 1-4 presagió una pequeña pesadilla contra la que Marín quería rebelarse. Terminó desquiciado porque volvió a pelear contra lo imposible. 

Costa, entre disculpas de hermandad, y Lucas cerraron la sagría azulgrana entre los escombros de un Clásico de vuelo bajo, con escasa pasión. Sólo Salvat pudo decorarlo, aunque no escondió el duro presente. La realidad de dos proyectos demasiado antagónicos en relación a lo que indica su historia.

 

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