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Roger Molina, el adiós de un romántico

El arquero reusense anuncia su retirada del hockey de máxima exigencia después de que el Moritz Vendrell no le renueve el contrato para la próxima temporada

Marc Libiano

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Roger Molina, durante un partido. Foto: Cedida

Roger Molina, durante un partido. Foto: Cedida

En un mundo de egos y de competencia abundante ha sobrevivido Roger Molina, un arquero que nunca figuró entre los elegidos al estrellato. Sus condiciones no correspondían a la élite, pero esa pasión desmesurada por el juego, para llevar la esencia hockística en la vena sentimental, le permitieron conquistar lo que nadie imaginó sobre él. Fue portero de postín por su pasión romántica, por su capacidad para llevar el hockey a un lugar de disfrute. Ganó Molina. Hasta hoy.

Este romántico reusense anunció ayer que abandona la exigencia de la élite. El Moritz Vendrell ha decidido no renovarle el contrato para la próxima temporada. Molina ha preferido apartarse hacia un costado y dejar paso. A los 32 años va a consumir su tiempo a la formación de talentos, la tarea que le mantiene en vilo y que realmente le fortalece. Su reto pasa por convertir la creación de porteros en una labor esencial en la planificación de cualquier club con intenciones de progreso. En el presente, esa figura todavía no se ha consolidado. En su proyecto OK  Porters, los niños no sólo reciben bolazos en las guardas. Aprenden a adivinar situaciones, a anticiparse a los acontecimientos. Se comprometen con el juego. Molina ha llevado ese ideario, su ideario, hasta las últimas consecuencias en su época en activo.

Alumno aventajado de Guillem Trabal, del que aprendió todos los secretos, la mejor decisión de su vida fue buscar aventura lejos de casa, en Italia, en la bella Forte dei Marmi. Allí comprendió la crueldad del puesto y las mieles de cada halago en los días de sol. Una temporada le bastó para el regreso a casa. Guillem Cabestany le ofreció su confianza para formar parte del mejor proyecto de la historia del Moritz Vendrell. Cabestany es probablemente el técnico que más le ha marcado. Mantienen rasgos comunes. Viven el hockey las 24 horas, son detallistas y creen en la formación y en el diálogo más que en la mano dura. Molina levantó una Copa del Rey y una CERS en aquel doblete histórico de 2013. 

Su paso por el Reus no resultó un camino idílico. Probablemente, el Reus le educó, le formó y casi le retiró. Tres temporadas de idas y venidas, de reproches por parte de algún sector de la hinchada, le mermaron la psicología. En todo caso resistió y cumplió hasta el último día de su vinculación. Decidió salir del club el pasado verano, a pesar de que el Reus le ofreció quedarse. Vendrell le abrió de nuevo acomodo. Ya nunca fue lo mismo. El irregular trayecto del Moritz y el cambio de rumbo en el plantel que pretende Garcia para el futuro, le han apartado de la élite. La decisión de Roger ha resultado tan natural como su forma de ser. Se va sin deber nada a nadie. Seguramente el hockey le debe más a él.

En un comunicado breve y con aroma melancólico, el portero cierra el ciclo más deslumbrante de su vida con una llamada a la diversión, esa forma de expresarse que siempre ha defendido en una cancha. Sin la presión y la crueldad del resultado, Molina invertirá minutos en la educación y la gestión de futuras estrellas. Siempre con el legado que ha dejado. El arquero no sólo defiende su arco, también juega.

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