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Sólo faltaba el árbitro

El Reus empata en El Molinón cuando tenía el partido ganado (1-1). Un penalti inexistente a Neftali en el minuto 90 permite a los asturianos rascar un punto. Badia había parado otro que tampoco fue en el primer tiempo 

Marc Libiano

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El Reus sentía la plenitud, en su fase más dominante de la noche. Manejaba la gestión de una mínima ventaja con jerarquía y sin apenas temblar. Se topó con el exceso de valentía de un colegiado, Varón Aceitón, que no acertó ni una sola decisión crucial durante la tarde. Se había alcanzado el 90 y en la épica, Neftali tiró un desmarque entre Gonzalo y Olmo, chocó con los dos guardianes del Reus y besó el suelo. Dentro del área. Nadie pensó en el penalti, sólo el juez, que lo decretó incluso ante la sorpresa del delantero local. Anotó Carmona y el punto pareció una derrota, por lo injusto de la decisión y por el terrible acoso de Varón Aceitón.

El Molinón es un teatro de culto, un lugar donde el respetable anda acostumbrado al fino paladar. No se negocia el esfuerzo. Si el equipo no gusta, el estadio lo expresa con un murmullo alucinante, impone miedo. Los silbidos al viejo Sporting incluso antes del pitido inicial denotaban cierto aire de amenaza. También los gritos incesantes al palco. El clima no invitaba al optimismo ni a la fiesta, ni mucho menos. Sólo los chicos de Baraja podían cambiar la bronca por aplausos, siempre y cuando el Reus lo permitiera. Ni siquiera la mala espina que ofrecía la previa impidió, eso sí, que los hinchas dejaran la fidelidad por el tapeo del sábado por la tarde. Acudieron a su templo bufanda al cuello. Como una tradición romántica. 20.000 almas por una causa.

El escenario para el Reus tampoco andaba sobrado de luz, más bien se abrazaba a la pena. Bartolo diseñó una estrategia que protegió al equipo. Lo blindó con tres centrales. Se postuló en el once otro chico del B, Gonzalo, y además Guerrero se apoderó del carril diestro. Más jovialidad. Sacrificaron protagonismo los dos laterales, Shaq y Borja, de inicio en el banco. El plan resultaba antagónico a la propuesta de salida, pero la dinámica invitaba a un ejercicio de realidad, más allá de los sueños estéticos de los puristas.

En realidad, el Reus necesitaba sujetar la energía inaugural del enemigo, que caminaba en tierra movediza. O proponía disfrute o le iban a llover piedras incluso de su propia gente. El Reus consiguió mandar el partido al congelador, apenas ocurrieron incidencias, pero mantenía una deuda consigo mismo. No progresaba con la pelota. No asomaba y su naturaleza, su esencia, no está hecha para correr durante toda una tarde detrás del balón. No podía permitirse un acoso y derribo en contra.

El Sporting se abandonó en una rutina insoportable. Con la posesión era demasiado previsible Su traslado de la pelota se arropaba al cansancio. Hasta daba pereza. Sólo se le recuerda un remate a Djurdjevic con cierto peligro. Lleva ocho partidos sin gol el punta que costó más de 2 millones de euros en el mercado loco de verano. El precio le empieza a pesar, también las sospechas de sus adeptos. Mientras, el Reus ni amaneció por el área de Mariño. Sólo se le suma un disparo deficiente de Linares, tras un despliegue coral del equipo que murió en la orilla. Cuando el primer tiempo pareció caer en un hastío deprimente, el caprichoso fútbol le cambió el destino. También el juez.

Varón Aceitón invalidó un gol al Sporting tras un remate poco natural de Álex Pérez, que pareció darle con el brazo, después de una estrategia. Se habían consumido 42 minutos. La repulsa del estadio, a voz en grito, asustó al colegiado, que en la acción siguiente castigó al Reus con un penalti surrealista que sólo él observó. La compensación fue una broma de mal gusto, Guerrero había escupido la pelota con la testa.

Entonces Supermán cobró cuentas pendientes por su propio pie. Le adivinó la intención al encogido Djurdjevic y dejó al Reus con la vida intacta. Edgar Badia ha acostumbrado a tantos  milagros por domingo, que lo suyo parece normal, pero no lo es. No existe arquero que conquiste más puntos que él.

El Reus pareció disfrazarse de ejército italiano en el desenlace. Si el mundo va contra nosotros, nosotros vamos contra el mundo. Sobrevivió porque ha entendido de qué va su rol hasta que se sumen jugadores al proyecto. Apretó los dientes, se juntó en el refugio y esperó hallar una grieta si es que ésta comparecía. Planas avanzó tras una aventura que parecía utópica. Él y Linares en un desierto. Disparo cuando conquistó la cal. Mariño no pestañeó.

La fatiga consumió al Sporting, arrollado por el peso del partido y por la exigencia sin desmayo de sus devotos. Fue entonces cuando Mario controló una pelota en tres cuartos de cancha y no olvidó el manual. Alzó la cabeza, analizó el horizonte y contempló un movimiento venenoso al espacio de Linares. La escuadra y el cartabón se instalaron en su pierna zurda. Mandó un servicio puntual y elegante. Del resto se encargó Linares, control orientado y remate sin respuesta. Incendió El Molinón Linares. No sólo le otorgaba ventaja al Reus a los 72 minutos. Lanzaba un guiño a sus socios de Oviedo, como excarbayón declarado. Para más morbo, el Reus actuó de azul.

Curiosamente, el Reus gestionó la agonía con una personalidad abrumadora. No se permitió despistes ni concedió apenas lagunas. Sólo un remate de Neftali en plena agonía de la tarde obligó a otra obra de arte de Badia. Esta vez con la pierna mandó al limbo el remate. Sólo el descaro de un juez, terriblemente generoso con el Sporting, le impidió firmar otra gesta.

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