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UCAM Murcia-CF Reus. 'Leyenda intacta'

El CF Reus cae en la tanda de penaltis de la final de Segunda B ante el UCAM Murcia, en un partido que debe ganar mucho antes, aunque carece de puntería. El traspié no empaña la mejor temporada de la historia del club rojinegro

Marc Libiano Pijoan

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El reusense Ramon Folch conduce un balón durante el partido de hoy. Foto: Xavi Guix/CF Reus

El reusense Ramon Folch conduce un balón durante el partido de hoy. Foto: Xavi Guix/CF Reus

El incendio de 38 grados que abrasó la vieja Condomina, ese campo de tradición fetiche que vivió las mejores aventuras del Real, no del UCAM, no pareció acalorar al Reus, que se olvidó del insomnio y de la melancolía vacacional para interpretar el último tetris con el balón. Rápido lo secuestró, con ese dibujo de triángulos equilibristas que Natxo diseñó para las tardes de conquistas épicas, con Rafa a la vera de Garai y Folch liberado, por detrás de Edgar. Enfrente se topó con un campamento militar de eterna resistencia, porque el UCAM, en su esencia, vive de competir, no de la belleza. Si el mundo se vuelve contra él, se une y va con todo. Es de esos enemigos silenciosos que huye de las oleadas. Jamás se desangra. Se expresa esperando y adivinando la transición. Hace de la organización una virtud milimétrica. Del balón parado, un oficio casero eficaz.
El Reus se asomó a Biel en la inauguración elitista que exhibió. Generó poco, pero por lo menos mandó avisos de amenaza. Primero con un disparo de falta de Vítor que el mismo Bart Iaccarino, coach de los Imperials, hubiera aprobado. Pateó con el cuerpo mal perfilado el portugués y le regaló la pelota al vecino del tercero, ese privilegiado vip que anima al UCAM desde la terraza. Fútbol a cambio de hipoteca. Cassamá se animó poco después, enseñó esa zancada de medio fondista africano que distingue su anatomía hasta agotar los espacios en el carril derecho. A Eliseu no le importa adelantar por él, cuando el cuaderno de circulación lo prohibe. En el fondo ejecutó dispuesto a hallar la precisión cirujana. Emergió de carambola. El balón chocó con el imponente Marcelo y obligó a Biel a una estirada de chicle. Providencial. En cambio, al otro lado de la orilla, Edgar Badia sólo vio pasar un remate cruzado de Tekio. 
El consumo del tiempo favoreció al tedio y no al vértigo. La pereza coronó el juego y los presagios invitaban a la anestesia. El fútbol pero resulta tan caprichoso que te lleva a escenarios misteriosos. Ocurrió con la expulsión por doble amarilla de César Remón, a los 50 minutos, tras una disputa en los cielos con Vítor. Se abrió la veda. Se descubrieron resquicios para el Reus, más ágil en sus ataques. Folch ejerció de anfitrión. Dominó registros insospechados para él hace apenas un rato. Primero se animó a armar la pierna desde el límite del área. Obligó a Biel, rápido de reflejos. Acto seguido, el canterano del Reus se elevó para culminar con la testa. Biel le maniató de nuevo.
El espíritu de supervivencia del UCAM resultó extraordinario. Es experto en el arte de sufrir con el cuchillo entre lo dientes. En la puerta de su vestuario el ‘luchamos como hermanos’ da todas las mañanas los buenos días. Los murcianos obligaron a la prórroga con su sobredosis de esfuerzo. El Reus era capaz de descoser la telaraña rival por los costados, aunque casi siempre con últimos pases estériles. El añadido provocó que el UCAM se abrazara a la épica, aunque en realidad solo un remate de Colorado advirtió a Biel. El andaluz se relamió, pero cuando se acercaba al éxtasis, la pelota le cambió la suerte. Mejor, la madera. Nono II, que había ingresado en esa desmesurada prórroga se excedió con una entrada a destiempo a Moyano y penalizó a sus compañeros con un final cardíaco, con nueve guerreros sin descanso.
Entre calambres, los dos protagonistas se lo echaron a suertes en los penaltis, cada vez menos lotería y más academia. David Haro fue el único que se equivocó y en Murcia, mejor dicho, en las entrañas de la Universidad Católica, celebraron el campeonato de Segunda B
En Reus, mientras, no hay nada que reprochar a un equipo que ya ha escrito su leyenda. Los hinchas, seducidos por un trayecto fascinante, sienten un vacío temporal quisquilloso con la llegada del verano sin balón. Como cuando esa persona crucial en tu existir decide desaparecer y desconoces ni cómo ni cuándo va a regresar.

El incendio de 38 grados que abrasó la vieja Condomina, ese campo de tradición fetiche que vivió las mejores aventuras del Real, no del UCAM, no pareció acalorar al Reus, que se olvidó del insomnio y de la melancolía vacacional para interpretar el último tetris con el balón. Rápido lo secuestró, con ese dibujo de triángulos equilibristas que Natxo diseñó para las tardes de conquistas épicas, con Rafa a la vera de Garai y Folch liberado, por detrás de Edgar. Enfrente se topó con un campamento militar de eterna resistencia, porque el UCAM, en su esencia, vive de competir, no de la belleza. Si el mundo se vuelve contra él, se une y va con todo. Es de esos enemigos silenciosos que huye de las oleadas. Jamás se desangra. Se expresa esperando y adivinando la transición. Hace de la organización una virtud milimétrica. Del balón parado, un oficio casero eficaz.

El Reus se asomó a Biel en la inauguración elitista que exhibió. Generó poco, pero por lo menos mandó avisos de amenaza. Primero con un disparo de falta de Vítor que el mismo Bart Iaccarino, coach de los Imperials, hubiera aprobado. Pateó con el cuerpo mal perfilado el portugués y le regaló la pelota al vecino del tercero, ese privilegiado vip que anima al UCAM desde la terraza. Fútbol a cambio de hipoteca. Cassamá se animó poco después, enseñó esa zancada de medio fondista africano que distingue su anatomía hasta agotar los espacios en el carril derecho. A Eliseu no le importa adelantar por él, cuando el cuaderno de circulación lo prohibe. En el fondo ejecutó dispuesto a hallar la precisión cirujana. Emergió de carambola. El balón chocó con el imponente Marcelo y obligó a Biel a una estirada de chicle. Providencial. En cambio, al otro lado de la orilla, Edgar Badia sólo vio pasar un remate cruzado de Tekio. 

El consumo del tiempo favoreció al tedio y no al vértigo. La pereza coronó el juego y los presagios invitaban a la anestesia. El fútbol pero resulta tan caprichoso que te lleva a escenarios misteriosos. Ocurrió con la expulsión por doble amarilla de César Remón, a los 50 minutos, tras una disputa en los cielos con Vítor. Se abrió la veda. Se descubrieron resquicios para el Reus, más ágil en sus ataques. Folch ejerció de anfitrión. Dominó registros insospechados para él hace apenas un rato. Primero se animó a armar la pierna desde el límite del área. Obligó a Biel, rápido de reflejos. Acto seguido, el canterano del Reus se elevó para culminar con la testa. Biel le maniató de nuevo.

El espíritu de supervivencia del UCAM resultó extraordinario. Es experto en el arte de sufrir con el cuchillo entre lo dientes. En la puerta de su vestuario el ‘luchamos como hermanos’ da todas las mañanas los buenos días. Los murcianos obligaron a la prórroga con su sobredosis de esfuerzo. El Reus era capaz de descoser la telaraña rival por los costados, aunque casi siempre con últimos pases estériles. El añadido provocó que el UCAM se abrazara a la épica, aunque en realidad solo un remate de Colorado advirtió a Biel. El andaluz se relamió, pero cuando se acercaba al éxtasis, la pelota le cambió la suerte. Mejor, la madera. Nono II, que había ingresado en esa desmesurada prórroga se excedió con una entrada a destiempo a Moyano y penalizó a sus compañeros con un final cardíaco, con nueve guerreros sin descanso.

Entre calambres, los dos protagonistas se lo echaron a suertes en los penaltis, cada vez menos lotería y más academia. David Haro fue el único que se equivocó y en Murcia, mejor dicho, en las entrañas de la Universidad Católica, celebraron el campeonato de Segunda B

En Reus, mientras, no hay nada que reprochar a un equipo que ya ha escrito su leyenda. Los hinchas, seducidos por un trayecto fascinante, sienten un vacío temporal quisquilloso con la llegada del verano sin balón. Como cuando esa persona crucial en tu existir decide desaparecer y desconoces ni cómo ni cuándo va a regresar.

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