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Un rey de Copas con alma (FC Barcelona 2 - 0 Sevilla)

El Barça vence al Sevilla tras un duelo que se tuvo que decidir en la prórroga

Rodrigo Errasti

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Jordi Alba celebrando su gol, el 1-0 ya en la prórroga, junto a Neymar y Messi que abría el camino de la victoria del Barça. Foto: EFE

Jordi Alba celebrando su gol, el 1-0 ya en la prórroga, junto a Neymar y Messi que abría el camino de la victoria del Barça. Foto: EFE

El Barcelona refrendó su condición de rey de copas al sumar su título vigésimoctavo título ante un Sevilla que le obligó a demostrar que no sólo es un conjunto de estrellas que elaboran buen fútbol. El de Luis Enrique es un equipo con corazón, que ya superó su vértigo en Liga para salir campeón, y que rindió mejor en inferioridad haciendo buena la leyenda de Helenio Herrera de que se juega mejor con diez que con once.

Le puso a la final lo que le exigió cuando los obstáculos (en forma de expulsión o lesión) aparecieron. Derrochó casta y valentía, para resistir y conseguir en la prórroga una victoria épica ante un Sevilla que, por momentos, no tuvo la determinación que le exigían los ánimos de su afición.

En el Calderón, en pleno debate por banderas e himnos, el Barça demostró que no sólo es el rey de la Copa por títulos sino por efectividad cuando se planta en las finales. Compareció decidido a superar fiel a su estilo frente al rival que esta campaña le había puesto en más complicaciones durante las tres veces que se habían medido.

Saldadas las ligueras con una victoria local por cada bando, estaba presente la de la Supercopa de Europa en Georgia, donde sólo la prórroga desequilibró un duelo apoteósico, trufado de goles (hasta 9) y que sirvió de pistoletazo de la campaña.

La voluntad azulgrana era una pero la noche no estaba para eso. El ritmo de las piernas le condujo a otra realidad bien distinta. Enfrente, el Sevilla tenía el plan claro. Tapar la línea de pase de centrales a los medios con Iborra, replegar, asentarse en la precisión de Banega y buscar las carreras de Gameiro, una pesadilla con espacios.

No debieron tener en cuenta los protagonistas que se regó en los instantes previos porque hubo muchos resbalones. Buscó Emery repetir éxito con el doble lateral en la derecha, una buena manera para frenar a Neymar que tampoco ayudó a Jordi Alba cuando lo necesitó. En uno de esos dos contra uno tuvo la opción Coke pero a diferencia de Basilea no acertó en el remate. Después Ter Stegen se empeñó en demostrar que tiene manos. El duelo no provocaba las taquicardias veraniegas del mencionado de Tiflis.

El Barça, algo desconectado y sólo con Iniesta ofreciendo detalles, tenía la pelota y, quizá por el recuerdo reciente de lo vivido ante el dueño del estadio, estaba muy concienciado de la necesidad de recuperar tras pérdida. El duelo no terminaba de adquirir emoción, pero entonces, un balón aéreo modificó todo. El saque de puerta de Rico lo prolongó Iborra anticipándose a Piqué, Gameiro ganó la espalda a Mascherano y provocó la roja del argentino, que trabó al galo en la media luna.

El soberbio golpe franco posterior de Banega lo despejó de modo plástico Ter Stegen. Piqué, enorme en las dos áreas, asustó al sector sevillista a balón parado antes del bocadillo. En la caseta, Luis Enrique optó por sacrificar al que fuera capitán sevillista. Quería evitar seguir con Busquets de central improvisado e Iniesta, de mediocentro. Por eso se fue Rakitic, el más débil y menos habilidoso, para que la entrada de un central (Mathieu) dejase ordenado al equipo en 4-4-1 con Messi de interior y sólo Suárez arriba.

El plan duró menos de diez minutos. Se fue llorando lesionado el uruguayo, quizá por tanto partido consecutivo para prolongar su momento anotador. Y el ‘10’, que se llevó un golpe en la cabeza, adelantó su posición al ocupar Rafinha la suya.

Sin bajar los brazos

En el ecuador del segundo acto, daba la sensación de que un gol bastaría para tumbar al Barça, que se resistía a un Sevilla que no encontraba el modo de golpear a un rival que se tambaleaba. Emery reaccionó con Konoplyanka, un anárquico que podría agotar la batería vital de Alba. Asentado en la pausa de Iniesta, que completó eslaloms de sus mejores épocas y que generan esperanza para el desafío de la selección en Francia, el campeón liguero no parecía temer a la prórroga. Dos esprints de Neymar provocaron dos faltas, una que se saldó con dos amarillas para los culés por protestar y en otra una roja a Banega.

Al igual que en Inglaterra, Portugal, Alemania e Italia nuestra final copera alcanzó el tiempo extra. El Barça mostró más determinación y aprovechó que Messi, tras unos minutos de baja participación, se activó. Como si fuese un mediocentro buscó la espalda de la zaga viendo que Alba corría con más fe que Vitolo. El remate, suficiente para que la genialidad no cayese en saco roto. El argentino quiso finiquitar el asunto, pero Rico estuvo soberbio ante Piqué, Alvés, Busquets y Neymar.

Los más noctámbulos soñaban con los penaltis, pedían a Emery que agotase sus cambios. El guipuzcoano al fin rescató al olvidado Llorente soñando que podría aprovechar una pelota en el área. No sucedió porque este Barça fue el que golpeó aprovechando que Carriço se fue a la caseta cuando ya se celebraba. Neymar aprovechó un balón filtrado por Messi para confirmar que este Barça ha aprendido a sufrir, a luchar y a gestionar sus ventajas. Ya tiene todo para ser un campeón de leyenda.

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