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Una carrera para ganarle a la vida

Maite Montaña ha sentido la necesidad de volver a correr como terapia para superar un cáncer. 17 años después de su última prueba hoy volverá a calzarse las zapatillas en la San Silvestre
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Maite Montaña, en la pista de Torredembarra, con las zapatillas y el pañuelo que lucirá hoy. Foto: Pere Ferré

Maite Montaña, en la pista de Torredembarra, con las zapatillas y el pañuelo que lucirá hoy. Foto: Pere Ferré

Cuando en julio de 1997 se bajó del podio del Campionat de Catalunya de los 1.500 metros, en Campclar, lo tuvo clarísimo. Se acercó a su marido, Pep, le entregó las zapatillas de clavos y le anunció que había llegado el momento de ser madre. Maite Montaña, entonces con 30 años, ponía el punto y final a dos décadas en las que fue un referente en el atletismo. Le avalaban la conquista de varios títulos de Catalunya y de España, la mayoría en los 1.500 metros, su especialidad, y la internacionalidad en todas las categorías. Una trayectoria entre la élite en la que sólo le faltó alcanzar los Juegos Olímpicos que tenía asegurados en 1992, de no ser por una polémica decisión técnica que se lo impidió pese a haber ganado aquel año el estatal.

Desde su retirada ni tan siquiera el running le había llamado la atención. Es más, aborrecía salir a rodar cuando alguien la había intentado animar, por sorprendente que parezca. Desde entonces había dedicado las energías a su familia; a criar a sus dos hijos, Nil y Asier; a compartir buenos momentos con sus amigos; a formarse; y a volcarse en sus alumnos de la escuela de educación especial SOLC.

Es cierto que durante todo ese tiempo había pasado algunos momentos en la pista atlética de Torredembarra que la vio crecer, en los campus y actividades que ella misma organizó para discapacitados junto a la UDT. Su misión era que también ellos pudieran hacer deporte.

Pero Maite ha sentido de nuevo la necesidad de volver a correr. Y hoy se calzará unas deportivas para tomar parte en la San Silvestre de Tarragona. En el cuello lucirá orgullosa un pañuelo rosa. Uno de los que han cubierto su cabeza durante varios meses. Símbolo inequívoco del cáncer, en su caso de pecho, con el que ha convivido durante el último año. Hace tan sólo quince días finalizó con éxito la última fase del tratamiento. Atrás han quedado dos intervenciones y una medicación agresiva.

Por eso la de hoy va a ser la carrera más importante de su vida. A sus 47 años ahora no busca ninguna marca como antaño. Simplemente estar en la línea de salida, junto a Pep, se convertirá desde esta tarde en el principal éxito de su trayectoria. «Podía haberme dado por tocar la guitarra, o por cualquier otra cosa, pero en mi interior surgió esa necesidad. La de regresar a mis orígenes, la de correr. Por eso correré esta San Silvestre, para cerrar un círculo», asegura.

Habla muy segura de sí misma, convencida de que su elección es la correcta, pero consciente que no puede bajar la guardia. Lo hace tras reconocer que le ha costado muchísimo coger la forma durante las últimas semanas: «Empecé con cinco minutos de carrera, pasándolo muy mal, casi arrastrándome, pero volver a correr era una válvula de escape para mí. Ahora aguanto 45».

Todo empezó las pasadas Navidades. Fue la propia Maite quien detectó la enfermedad. «Me noté un pequeño bulto en el pecho y enseguida me puse en manos del doctor Sentís», narra, para subrayar que «disponemos de un magnífico sistema público sanitario y oncológico en el que confié desde el inicio».

Durante este último año ha tenido momentos de todo tipo. «Soy muy positiva y he tratado de llevarlo lo mejor posible. Sabía que era fundamental que mi entorno estuviera bien. Mi familia, mis amigos... todos han sido puntales, aunque es inevitable que en el procedimiento de una enfermedad como ésta también te encuentres sola. Acabas padeciendo. Y ahí aparece ese yo existencial. Te das cuenta que somos pura energía», se sincera. «Te das cuenta de lo que has hecho en la vida, de lo que nos has hecho, de que debes vivir el presente, de que no puedes hacer planteamientos de futuro... en mi caso volví al camino que tracé en mi vida, sentí la necesidad de volver a correr, para sentirme bien, para ganarle a la vida».

Capacidad emocional

Además de su carácter positivista, su formación en el programa neurolíngüistico y su larga experiencia con alumnos de educación especial, que le obliga a convivir con situaciones diarias muy duras, le han ayudado a salir adelante. «Trabajamos con una capacidad emocional casi al límite, y eso me ha hecho fuerte. Quizás tiempo atrás no lo hubiera podido llevar como ahora», admite la torrense, que hace cuatro años perdió a su padre por un cáncer de pulmón.

Maite asegura que sólo ha luchado, como haría cualquiera a quien le tocase vivir una situación similar. «He tenido la suerte que era un cáncer curable y no irreversible como otros», asevera. Pero su coraje y su contagioso optimismo son tan modélicos como ejemplar fue ella en su época de atleta para generaciones posteriores.

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