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Vítor luce esmoquin (CF Reus 1 - 0 Badalona)

El Reus supera por la mínima al Badalona con una convincente actuación colectiva y una maravillosa segunda parte del portugués. Óscar Rico anota el único gol de penalti en el suspiro final. Los de Natxo duermen en la cuarta plaza
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Vitor, en una acción del partido. Foto: Alba Mariné

Vitor, en una acción del partido. Foto: Alba Mariné

Vítor convive con esa pose despreocupada que alimenta prejuicios. Su extrema timidez provoca confusión. Nada de eso se corresponde a la realidad que exhibe en el verde. El talento nunca se le discutió, pero necesitaba agigantar sus pasos. Tomar una decisión firme y capitanear el ejército.

En realidad, nadie le pidió que renunciara a su estilo. No se trata del futbolista más expresivo, porque casi nunca acude al derroche para destacar. Lo suyo es otra cosa. Luce el esmoquin más elegante. Su pequeña pajarita le distingue. Como no posee el físico más imponente decide pensar. Suena fácil pero no lo es. Luego, cuando recibe y toca, su sinfonía deleita a los oídos. Es pura magia.

Hasta este viernes se le había reprochado irregularidad. Intervenía menos de lo que debía. Esta vez, escribió su partitura más maravillosa. El Reus caminaba en el alambre en el segundo tiempo. Combinaba mucho, pero su rival le había plantado un campo de minas difícil de destruir. El Badalona no propuso nada. Se replegó y decidió jugar con el sistema nervioso rojinegro. Le salió mal, porque el Reus, en lugar de caer en la histeria, se apoyó en la madurez. Decisión crucial.

Vítor entendió que el partido reclamaba una dosis de precisión milimétrica. El sistema militar visitante no enseñaba resquicios. Había que generarlos. El luso halló las zonas ideales para sentirse poderoso. A veces en la salida del juego. Otras, entre líneas. Jamás dejó de mostrarse. Andaba confiado. Se sentía feliz. Ofreció un repertorio completo. Sociedades a un toque, cambios de orientación y balones al espacio. Incluso, en él nació el penalti a Edgar. Fue asistente. En una estrategia lateral.

Antes, el Reus se armó de paciencia para enfrentarse al extremo orden del rival. Se organizó el Badalona con diez futbolistas por detrás del balón y fió su cabal ofensivo a las transiciones. No generó peligro. Nunca las halló. Cada vez que recuperaba, sólo Abraham, un extremo supersónico, se atrevía con aventuras individuales kilométricas. La relación del Badalona con el balón fue fugaz. Le duraba nada.

Con Colorado de vuelta al once, los de Natxo regresaron a esa versión más estética que les había distinguido en épocas de bondad. Se asocia más el equipo. Se siente protagonista. Gobierna los partidos. Eso sí, a sus posesiones inacabables les faltó decisiones profundas en el parcial inicial. El dominio acumulaba futbolistas por dentro y carecía de salida por los costados. Sólo cuando Marín y Cassamá querían llegar, el Reus cambiaba lo previsible por lo incontrolable.

Edgar pudo romper el plan visitante a los cinco minutos. Se encontró una pelota que él mismo peleó y encaró a Marcos. Se equivocó a la hora de perfilarse. Dio tiempo a que Amantini, experto en artimañas defensivas, se le echara encima. Poco más crearon los de Natxo hasta el respiro. Un disparo lejano de Colorado completó los méritos.

Entonces, con 45 minutos definitivos en el horizonte, Vítor decidió coger el timón. Se le esperaba en días como éstos. Cuando el Reus se juega el futuro. El pan de cada día. El luso dibujó un pase delicioso a la carrera de Marín, que se desplegó al espacio. Su centro no halló rematador. Cada ataque del Reus tenía origen; Vítor Silva. Además, empezó a emerger la figura de Óscar Rico. Otra bonita noticia.

El mismo Rico disparó desde la frontal a los 55 minutos. Ejecutó con violencia y Edgar se interpuso en el camino del balón. Lo mandó a la red. En posición legal. No lo vio así el colegiado. Lo invalidó.

El paso del tiempo no consumió los nervios del Reus, que recogió premio en el suspiro final. Casi cardíaco. Vítor sirvió una falta lateral desde la derecha hacia Edgar, que cayó fulminado al suelo. Vega forcejeó con él y Navarro Fuentes interpretó castigo. Lo culminó con maestría Rico, que tuvo tiempo de mandar una falta al larguero en la agonía de la noche. No importó. El botín lo guardó Vítor . Con su esmoquin más elegante.

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