Trial running/Alpinismo
Edurne Pasaban: «El trail me da la adrenalina que sentía en el Himalaya»
La alpinista vasca fue la primera mujer en alcanzar los catorce ochomiles de la Tierra en 2010. Ahora le apasionan las carreras de montaña, y tomó parte en la reciente Muntanyes de Prades

Edurne Pasaban, con su medalla de finisher del 25k, en la meta de la Muntanyes de Prades.
Edurne Pasaban (Tolosa, 1973) es todo un referente del alpinismo a raíz de convertirse en la primera mujer en conquistar los catorce ochomiles, las montañas más altas de la Tierra. Culminó su reto el 17 de mayo de 2010, en el Shisha Pangma. Cerrada aquella etapa el trail running es ahora la nueva pasión de esta ingeniera y conferenciante. El pasado domingo tomó parte en el 25k de la Muntanyes de Prades Epic Trail Costa Daurada.
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Francesc Joan
Para muchos ha sido una sorpresa encontrarse con Edurne Pasaban en Prades.
Vine aquí hace un tiempo a ver las estrellas, hice una bajada de cañones... un montón de cosas que a veces no te imaginas que hay en este territorio; está muy de cerca de casa, porque ahora vivo en la Vall d’Aran. Luego, cuando vi que había una carrera de trail decidí regresar.
¿Qué te parece la Muntanyes de Prades Epic Trail Costa Daurada?
Vinimos el año pasado a correrla y me sorprendió el lugar, el terreno y el ambiente. Es una prueba que mantiene la esencia, por eso hemos vuelto. Otros lugares la pierden cuando viene mucha gente de fuera, como pasa aquí, y se convierten en carreras grandes.
¿Qué te aporta el trail running?
He empezado a correr ahora. Y tengo 52 años, con unas rodillas que están más para la retirada que para otra cosa. Pero soy una persona que necesita retos. Antes solo entrenaba cuando me preparaba para ellos. En la Vall d’Aran, sin embargo, hay muchas opciones de salir de casa e irte al monte a correr. Y al descubrir el trail resulta ideal para entrenar. Corriendo y entrenando consigo nuevamente esa libertad que sentía en las grandes montañas del Himalaya.
Estás en una nueva etapa de tu vida…
Sí, ahora tengo un hijo de ocho años; y no me apetece irme dos meses y medio al Himalaya a escalar. El riesgo lo mido de otra manera. Por eso digo que vivo dos vidas, la de antes y la de ahora. Me faltaba esa adrenalina que ahora me da el trail, en estos lugares, con gente que ama las montañas y con estos pequeños retos.
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Han pasado ya 15 años desde que completaste los 14 ochomiles. ¿Qué es lo primero que recuerdas de aquel desafío?
Cuando me traslado a aquella otra vida la echo de menos, un montón. Las expediciones, lo que vivíamos, hasta la presión que teníamos por conseguir los catorce ochomiles, porque era lo que nos gustaba… Y pienso que fuimos afortunados de vivir aquella época en el Himalaya, en los años noventa e inicios de los 2000. Estabas solo tú, quizás con alguna otra expedición, con 4.000 metros de pared por delante... Ahora han cambiado mucho las cosas allí

La alpinista vasca Edurne Pasaban, durante un tramo de la segunda edición de la prueba de Prades.
A peor.
Ahora todo es comunicación, redes sociales, a ver quién se saca la mejor foto ahí arriba. Antes te ibas al Himalaya y en tu casa no sabían qué había pasado hasta que volvías. Eso era la aventura de verdad. Veo aquella época nuestra con nostalgia.
Habrás visto esas escenas del Everest masificado…
Ponemos el foco en esas grandes masificaciones, en esa gente que tiene muchísimo dinero para subir, donde todo vale…. Es una pena, porque aún existe el Himalaya de verdad, de 7.000 y 6.000 metros... en el que aún se abren rutas de esas duras, para quitarse el sombrero… Pero muy poca gente sabe que se hacen estas cosas deportivamente punteras. Y lo nuestro era esa vida.
Tu experiencia con las grandes cimas empezó en el Dhaulagiri, en 1998.
Sí, fue mi primera expedición a un ochomil. La organizó el club de montaña de mi pueblo; yo tenía entonces 24 años; éramos cinco amigos a los que nos gustaba el monte, pero no sabíamos ni tan siquiera ubicar en un plano donde estaba Nepal. Y de los ochomiles nos decidimos por el Dhaulagiri.

Edurne Pasaban, durante una de sus ascensiones a los ochomiles.
¿Por qué?
Conocíamos a unos navarros que habían ido allí en 1979. Fuimos a hablar con ellos y de ahí que nos decidiéramos por esta montaña. No llegamos a la cumbre, pero ni tan mal ehhh… que pese a ser principiantes, de Tolosa, y sin tener ni idea llegamos a 7.500 metros.
¿Y luego?
Hice dos intentos al Everest: en 1999 por la cara norte con un grupo de tres italianos, llegamos hasta 8.000 metros; y en 2000 volvimos de nuevo por la cara norte, y llegamos hasta 8.300 metros.
Hiciste cumbre en el Everest en 2001. La más alta (8.848 metros) y además tu primera gran cima.
Era mi tercer intento al Everest. Volvimos por la cara sur, en Nepal. E hicimos cima, pero me decepcionó. Me había hecho a la idea de subir a la cumbre, abrazarme con mis amigos, llorar…. Y no fue así; fue muy frío. Llegamos, nos sacamos la foto y rápido tuvimos que bajar. Había mucha gente aquel año.
O sea que no es tu mejor recuerdo?
No, de todos mis ochomiles me quedo con el K2 del año 2004.
¿El K2? Pero si fue dramático para ti, estuviste al límite y te costó una larguísima recuperación…
Por aquel entonces llevaba ya seis ochomiles. El Everest de 2001, el Makalu y el Cho Oyu en 2002; y el Lhotse, el G-1 y el G-11 en 2003. En 2004 ‘Al Filo de lo Imposible’ y Sebastián Alvaro, que era el director del programa, me invitaron a ir al K-2. Aquel año no estaba en mis planes ni yo tenía en mi cabeza completar todos los ochomiles. Las estadísticas decían que de cada cinco personas que subían al K-2 solo bajarían con vida tres. Y cuando Sebas me dijo que el equipo estaría formado por Juan Vallejo, Ferran Latorre, Juanito Oizarzábal y Mikel Zabalza, la ‘crème de la crème’ del himalayismo en España, yo le contesté que ¿cómo voy a ir con ellos, si van a pasar de mí a la primera de cambio?. Era como ridículo... Pero fui.
¿Y qué pasó?
Fue una ascensión complicadísima. Llegamos a la cumbre muy tarde. Se dice que en un ochomil tienes que llegar a la cumbre antes de la una del mediodía, porque luego queda todo el descenso. Y nosotros alcanzamos el K-2 a las cinco de la tarde. Supertarde, porque en la última parte había tramos donde la nieve llegaba por encima de la rodilla. Pero hacía tres años que nadie subía a la cumbre. Y aquel era el momento, porque difícilmente alguien podría hacer cima aquel año si no era aquel equipo con los mejores alpinistas de nivel mundial.
La conseguisteis.
Sí, pero se nos hizo de noche a las siete de la tarde, y bajando nos perdimos. Nos quedamos cuatro personas los últimos; yo y Juanito Oiarzábal, que éramos los que estábamos más cansados, Juan Vallejo y un alpinista italiano. Nos encordamos para bajar Juan y Juanito y yo con el italiano. Cuando el italiano y yo llegábamos a 8.400 metros, en un punto para rapelar una pared vertical, nos desencordamos. Él bajó primero y al llegar abajo me dijo que tenía muchísimo frío y que se iba directo al campo III, que lo encontraría un poco más adelante. Pero cuando yo fui a rapelar se me cayó el frontal, y claro me quedé sola ahí, a oscuras, enmedio de la nada en el K-2, esperando a que llegaran Juan y Juanito que venían más despacio por atrás. Les esperé, pero lo que yo creía que serían 15 minutos fue hora y pico. Y con el cansancio, la altura y sin oxígeno, me quedé dormida. Juan y Juanito me despertaron, pensando que yo ya estaba más allá que aquí.
Merodeaste con la muerte dulce, entonces.
Sí, totalmente. Allí ni te enteras. Te abandonas porque a causa del cansancio no sientes ni frío ni nada. Desperté gracias a Juan y Juanito.
Sufriste las consecuencias.
Aquel fue un descenso caótico; salimos por los pelos. Sufrí congelaciones y me tuvieron que amputar dedos de los pies. Estuvimos 26 horas sin comer ni beber entre el ascenso, la cumbre y el descenso.
Fue tu episodio más complicado junto al Kanchenjunga, en 2009.
En aquella otra expedición pasé también muchos apuros. El día del ataque a cumbre no tenía que haber subido. Empecé a tomar ibuprofeno porque tenía dolor de garganta y no me encontraba bien. Si hubiéramos tenido un médico en el campo base no me hubiera dejado subir. Pero entonces no lo teníamos. Éramos unos frikis. Éramos gente que habíamos empezado con la bota de vino y el bocata en el monte.

Edurne Pasaban, en plena ascensión a uno de los ochomiles.
¿No medíais el riesgo?
Subí, pero de bajada mi cuerpo explotó, se agotó. Iba tomando ibuprofeno; y tenía un principio de edema pulmonar. No habíamos tomado nada en 24 horas. A 7.900 metros no me podía mover, me quedé con mi cuerpo tirado en la nieve. Mis amigos me decían levántate, tenemos que bajar de aquí. Pero me pudo todo. Era tanto el agotamiento que te abandonas; les dije que me dejaran ahí, que mi historia había acabado ahí, que no podía bajar.
Pero bajaste.
Lo mejor de mi vida es esa gente que te coge a 7.900 metros y te arrastra hasta los 4.000 m. durante dos días por la pared del Kanchenjunga, como me sucedió a mí. Por eso siempre digo que lo mejor que he tenido es la gente de mi alrededor, el compañerismo; eso no se puede perder nunca. Aunque en el kilómetro 55 de una carrera veas a alguien tirado, párate, y ayúdale, que la meta ya llegará. Siempre digo: rodearos de buena gente.
Llevabas algo más de la mitad de los ochomiles, ocho, cuando estuviste a punto de dejar el reto a raíz de una depresión… y estuviste año y medio sin escalar.
Era 2006, y estaba enmedio de mi carrera por alcanzar los ochomiles. Fue el único año que no fui al Himalaya y no escalé ningún ochomil. Viví una depresión muy fuerte, causada por problemas que posiblemente ya arrastraba. Empecé a hacerme muchas preguntas que no tenían respuesta. Tenía 31 años, y yo no me dedicaba profesionalmente al alpinismo; nunca lo he hecho. Yo cuando no estaba en el Himalaya escalando estaba en el restaurante de montaña que teníamos; allí servía mesas, y en una casita rural con ocho habitaciones hacía camas y limpiaba los baños. Ese era mi curro. Y cuando podía, entrenaba. Me di cuenta que no me ganaba la vida con el alpinismo, pero que en cambio me la jugaba en las expediciones. Y veía a mis amigas de siempre con una vida totalmente diferente a la mía. Yo me sentía sola como mujer en aquel mundo. Todas habían empezado a casarse, a tener hijos... la presión social me pudo. Y caí en una depresión muy grande, existencial. Estuve cuatro meses en un hospital psiquiátrico.
¿Cómo te recuperaste?
No tuve vergüenza en pedir ayuda; creo en los hospitales, en la medicina... Al principio culpé a la montaña de que no tuviera novio, de que todos me dejaran... Y no era así;gracias a mis amigos me di cuenta de que eso era lo que me daba la vida, aunque no fuese lo que hacían mis amigas. Me costó darme cuenta. También mis padres me apoyaron en eso, nunca me han juzgado.
El Everest es el único de los catorce ochomiles que no pudiste completar sin oxígeno artificial. ¿Te planteas regresar para cerrar ese reto?
No, eso no va a ocurrir, aunque sé que encontraría patrocinador para el Everest y sería más complicado conseguirlo para poder organizar una expedición con la que abrir nuevas rutas o afrontar montañas más interesantes. Es así de penoso.
¿Entonces las grandes cimas del Himalaya son una etapa que das por cerrada o no descartas volver algún día?
No digas nunca jamás. No voy a decir que no.