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«Cuesta asimilar que les vendí material para hacer bombas»

Tres comerciantes ebrenses narran cómo suministraron a los yihadistas agua oxigenada y acetona para elaborar los explosivos en Alcanar: «Nos dijeron que era para una lavandería»

Raúl Cosano

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Son restos de la explosión de la casa de Alcanar que voló por los aires: garrafas vacías de acetona y peróxido de hidrógeno, material empleado para preparar las bombas. foto: DT

Son restos de la explosión de la casa de Alcanar que voló por los aires: garrafas vacías de acetona y peróxido de hidrógeno, material empleado para preparar las bombas. foto: DT

«Te sientes un poco mal cuando ves que has formado parte de eso. Pero todo fue una casualidad. Te ves involucrado en algo pero sin querer. En ningún momento nos dimos cuenta de nada», sostiene un empleado de una empresa del Polígon Industrial Baix Ebre, en Campredó (Tortosa).

Nada sospechó cuando a las 18.17 horas del 2 de agosto de 2017 Mohamed Hichamy, abatido 15 días después por los Mossos en Cambrils, compró en su tienda una garrafa de 25 litros de acetona. Pagó en metálico y recibió la correspondiente factura. «Vino como un cliente normal. Le preguntamos pero no nos dio mucha información, nos dijo que era para un trabajo. Es normal vender esa sustancia y en esa cantidad a clientes», relata este vendedor natural de Amposta.

En el Polígon Industrial Baix Ebre, en Campredó (Tortosa), las compras fueron habituales

Sin saberlo, estaba suministrando a los terroristas una sustancia con la que iban a fabricar explosivos en la casa de Alcanar que luego voló por los aires. No hay remordimiento ni culpa, pero sí malestar.

Varios comerciantes ebrenses tuvieron contacto con los miembros de la célula. Así lo refleja un informe de la Guardia Civil incorporado al sumario: «La célula comenzó a adquirir el 12 de julio cantidades importantes de acetona y peróxido de hidrógeno industrial, ambos necesarios para la fabricación a gran escala del explosivo, en varias tiendas de las provincias de Castellón, Tarragona y Barcelona».

Fue el mismo Mohamed Hichamy quien compró ese mismo día, 2 de agosto, más acetona. Se hizo con 25 litros más, y días después adquirió cinco garrafas de 25 litros. Lo hizo en otra tienda del mismo polígono de Campredó. Joan Audí es uno de los propietarios, que tuvo que ir a prestar su declaración ante los Mossos, añadida al sumario de los hechos del 17-A.

«Al principio impacta mucho, porque lo ves por la tele y piensas que, sin querer, has colaborado a eso», cuenta Joan al Diari. A él, como a otros compañeros de negocio, aún les sobrecoge pensarlo, a pesar de que ha pasado un año de aquello: «Cuesta asimilar y no te haces a la idea. No te puedes imaginar nunca que te vas a encontrar con eso».

Ninguno de los empleados sospechó nada hasta que pasados unos días empezaron a atar cabos. ¿No le causó sorpresas la compra de esa cantidad de acetona por parte de una misma persona?, le preguntaron los Mossos. «No, porque es algo habitual que vengan empresas de fuera de la zona a comprar», respondió otro de los propietarios y empleados. 

«Nunca asociamos una cosa con la otra, hasta que un día escuchamos por la radio a un experto que mencionaba a la acetona como material para fabricar las bombas. Y nos preguntamos: ‘¿Te imaginas que lo hubieran querido para eso’?», se cuestionó Joan. 

«Supieron explicarse bien»

Una llamada de los Mossos les requirió para que fueran a declarar y ya la conexión de los hechos fue completa. El trabajador rememora el encuentro con los terroristas: «Les preguntamos para qué querían la acetona y ellos se explicaron bien. Nos dijeron que eran de una empresa que limpiaba piezas de aluminio. Y la acetona sirve para eso. Sólo servimos en cantidades grandes a dos empresas naúticas pero ellos nos explicaron eso y nos pareció creíble».

La investigación, a la que ha podido tener acceso el Diari, relata las semanas previas a la fabricación de aquel explosivo. «En el lapso entre el 12 de julio al 16 de agosto de 2017, la célula terrorista habría conseguido confeccionar entre 80 y 120 kilos de explosivo Triperóxido de Triacetona (TATP), altamente utilizado por el grupo terrorista Daesh en sus acciones en Iraq, Siria y también en Europa, en las acciones terroristas de París y Bruselas», narran los informes policiales. Se trata de la conocida como madre de Satán, cuyo uso está comúnmente asociado al islamismo más radical. 

Hay un tercer establecimiento ebrense que recibió la visita de los terroristas para conseguir otra sustancia fundamental para sus macabros planes: el peróxido de hidrógeno, nombre químico para un compuesto tan habitual y doméstico como agua oxigenada. «Fue una casualidad, pero no es algo muy agradable», cuenta ahora uno de los dueños de la compañía dedicada al mundo de la limpieza y ubicada en Tortosa, especializada en productos como detergentes y jabones. 

El yihadista no quería pagar IVA

Como el resto, se muestra todavía en shock por la coincidencia infausta. «Nunca puedes llegar a suponer algo así. Nos dijeron que necesitaban la sustancia para una lavandería que tenían en Marruecos. Es producto que se emplea para blanquear la ropa». En esa tienda son reconocidos posteriormente, «sin ningún género de dudas», dos de los yihadistas.

Se trata de Youssef Aalla y Mohamed Hichamy. Sobre las 18.39 horas del 12 de julio adquieren 100 litros de agua oxigenada. Lo hacen mostrando al dependiente el permiso de residencia a nombre de Said Ben Iazza, detenido en Vinaròs y ahora en prisión por su colaboración con la célula. 

El yihadista intentó que la venta se hiciese sin IVA pero se le informó que la empresa no procedía así. Eso queda plasmado en las facturas correspondientes, reflejadas en el sumario. Siguieron el mismo protocolo el 27 de julio, cuando los dos yihadistas volvieron al establecimiento para adquirir 240 litros del mismo líquido.

Se agenciaron en unos días centenares de litros de estas sustancias sin levantar la más mínima sospecha. Una de las tarifas: casi 100 euros por 25 kilos de agua oxigenada. Aquellos encuentros reiterados y totalmente fortuitos son solo ahora un recuerdo lejano, pero aún pesado y amargo. «Queremos olvidarnos ya y pasar página», admiten todos los dependientes. 

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