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Estar de paso

En la Octava Avenida, pensé que ni si quiera le había preguntado su nombre

Marina Pallás

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Sede de The New York Times en Nueva York. Foto: Cedida

Sede de The New York Times en Nueva York. Foto: Cedida

No sé qué día fue el primero, pero sí recuerdo el último. Yo salía de redacción cada tarde cuando ya era de noche. Diciembre: helaba. Salía del ambiente calenturiento y poco ventilado de redacción y me azotaba en la cara un golpe de aire frío. «Buenas noches, señorita». 

Él estaba sentado en el suelo en las puertas del estanco contiguo a la redacción, con una gorra puesta del revés, a los pies, donde brillaban algunas monedas solitarias. «Buenas noches, compañero», le decía yo.

Él sonreía y trataba de darme conversación, a lo que yo respondía vagamente por aquella reticencia a hablar con desconocidos, aunque desde el primer momento le llamé así: compañero. Yo llevaba abrigo, gorro, botas. Él, una cazadora de colores vistosos como las de aquellos videos caseros que gravaba mi padre hace dos décadas. Tres días antes de Navidad me deseó felices fiestas. ¿Era maleducado desearle felices fiestas para él también, dada su situación?, pensé.

Cerraba la redacción, si algunos días era yo la encargada de hacerlo, sabiendo de su compañía ineludible pero invisible para los demás. Echaba la verja bajo su atenta mirada y su «buenas noches, señorita». Nunca le di dinero. 

Faltó una vez. Entre Navidad y Año Nuevo. Pensé en él mientras volvía caminado a casa, en si habría decidido marcharse de la ciudad. Nunca lo veía al llegar a primera hora de la tarde, siempre aparecía con el frío y la oscuridad.

El último día se pasó la tarde lloviendo, pero dejó de hacerlo antes de que yo saliera de redacción. Él se alzó. Sabía que era su último día en la ciudad, pero yo no. «Hola, señorita. ¿Cómo estás?». Le respondí que bien. «¿Y tú?». «Eres rubia, no pareces de aquí. Te pareces a mi hija». Le dije que soy de aquí, y que él hablaba muy bien el español. « No, no. Llevo nueve años fuera de casa. De paso siempre. Francia, Andorra. Ahora, al País Vasco. Mañana cojo un tren». Me tomó la mano, yo le di un apretón, le deseé suerte en su viaje. «¿Tienes dónde dormir hoy? Hay aquí una casa de acogida. Lo digo por el frío», dije. «Sí, he ido una vez. Pero solo se puede una noche al mes. Yo me voy atrás, ahí, en los bancos, y puedo beber». 

Tenía el bigote poblado, los ojos claros que se alzaban y se escapan lejos con la cadencia de cada palabra. Me preguntó mi edad. Le gustaba hablar, porque problemente no lo hacía mucho. «Mi hija tiene veintisiete. El próximo 3 de febrero. Tiene dos niños que no conozco. El lunes empiezo a trabajar y le enviaré dinero. Lleva mucho tiempo enfadada conmigo». Me tomó otra vez la mano. «Mucha suerte», le deseé. «Buenas noches, señorita».

Ocho meses más tarde, el pasado verano, me fui de vacaciones a los Estados Unidos. En Nueva York, en la esquina frente a la sede del  The New York Times que quise ver con creciente emoción me crucé con el vagabundo más vagabundo que he visto en mi vida: era viejo, con barba, hablaba solo, tenía la ropa hecha, literalmente, trizas, y yo jamás había visto a alguien tan sucio. Las uñas de los pies le sobresalían, negras, varios centímetros y su rostro y su torso entrevisto entre los jirones aparecían rebozados de mugre. Fue una escena impactante para mí, más incluso que la vista del The New York Times.

Entonces, ahí, en la maravillosa Octava Avenida, aunque físicamente fueran muy distintos, me acordé del «buenas noches, señorita» y pensé en que ni siquiera le había preguntado su nombre. Recordé su última noche en la ciudad, y cómo yo había echado a andar hacia casa por las calles mojadas de lluvia y de recuerdos. Quería pensar que tras hablar conmigo esa última noche él se habría sentido un poco más joven. Porque yo, al cruzar la puerta de casa derrotada por mi jornada laboral y algo más, me había sentido más vieja. 

La sensación de estar de paso dura, a veces, una vida entera.

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