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«Tuve un ataque de ansiedad, me quería morir y no pude disputar la final»

«Me reflejo en lo que le ha pasado a Biles», dice la ampostina Victòria Cid, que se retiró del remo en abril por una depresión: «Igual que nos ayuda un fisio, ¿por qué no un psicólogo?»

Raúl Cosano

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Victòria Cid, ayer en Amposta, junto al río Ebre. Foto: Joan Revillas

Victòria Cid, ayer en Amposta, junto al río Ebre. Foto: Joan Revillas

Fue un ataque de ansiedad la noche antes de competir en la final B del Campeonato de Europa de remo, en Varese (Italia). «Fue horrible. Tenía ganas de vomitar, me quería suicidar, no controlaba nada. Ese fue el detonante. Ahí fue cuando decidí parar. Vinieron los entrenadores y me dijeron que lo primero era la salud y que tenía que parar y ponerme bien», se sincera Victòria Cid (Amposta, 23 años), en estos días en los que su vivencia de hace cuatro meses toma una especial vigencia: «Yo no soy nadie, pero en cierto modo me veo reflejada en Simone Biles, es una situación parecida, de renunciar a competir porque estás mal».

Las causas son parecidas. «Son presiones y más presiones, externas pero también propias, porque tú misma te exiges. No sé si Biles tiene depresión, como es mi caso, en que el deporte ha sido un agravante más. En este mundo de elite, mundiales y juegos olímpicos la exigencia es máxima. La televisión, el propio país en el caso de Biles... todo se suma, sientes que si no ganas se acabará el mundo», recuerda Victòria, que dejó el remo hace cuatro meses, cuando se rompió mental y emocionalmente después de haber estado un año diagnosticada con depresión, medicándose e intentando mantener el ritmo de vida con entrenamientos, estudios y competición, hasta que en abril su cuerpo y su cabeza dijeron basta.

«El problema de la enfermedad mental es que va por dentro. Parece que estés bien, pero no. No comía, me pasaba el día llorando, me quería morir» 

Decidió no competir en aquella final continental. Remó una palista suplente. También renunció a sus opciones de ir a la repesca olímpica, todo ello para intentar poner fin a su calvario. En las redes fue cruda: «Un día antes de la final B del Europeo, compitiendo con un barco de equipo, notas que viene el monstruo de la ansiedad. No puedes respirar, tienes pánico a subirte en un barco. Lo pensaba y solo quería vomitar hasta que llegué al punto de querer morir. La realidad de una enfermedad».

Ahora las cosas han cambiado. «Estoy mejor. En la última visita al psiquiatra me ha dicho que la depresión ya no está, o está en un segundo plano, pero tengo que estar muy atenta todavía. Voy a entrar en una fase para quitarme la medicación. He mejorado pero aún estoy muy débil. Por ejemplo, me fui de viaje dos semanas y a los cinco días tuve que volver porque me empezaron a dar ataques de ansiedad. Es una de las consecuencias de la depresión».

Victòria, campeona de España en 2018 y 2019, y habitual de las citas internacionales –quinta en el Mundial sub 23 en 2019–, sufrió las primeras señales hace cuatro años. «Hacía mucho tiempo que no era yo. La gente me lo decía, que no era la misma, que no sonreía tanto, y yo era muy risueña y bromista. Pasé a no hablar, estaba siempre de mal humor, la relación con mis padres era muy mala, no les explicaba nada. Me encerré mucho en mí, me maltrataba». Todo se fue degradando, a pesar de que la rueda nunca dejaba de girar: estudios, prácticas, entrenamientos, competición. «Sentía que tenía como un demonio dentro que me maltrataba, hasta querer tener pensamientos suicidas. Tenía ganas de salir corriendo. Y pensaba: ¿Y dónde voy? Cuando respondes ‘no lo sé’, es que hay un problema. Pensaba que, para acabar de sufrir, me cortaría la cabeza y se la pondría encima a otra persona un rato».

«Me diagnosticaron depresión pero aun así quise seguir. Yo misma me presionaba hasta que no pude más»

Victòria fue sobrellevando todos esos problemas, hasta que hace algo más de un año llegó otro punto de inflexión. Tampoco ayudó el confinamiento por la pandemia, que hizo de desencadenante. «Después de estar en casa es cuando tengo más ataques de ansiedad y me diagnostican la depresión. Pero aun así seguí con el ritmo de vida, porque pensaba siempre que podía. Era una lucha constante. Subir a un avión era horrible. Cuando llegaba a un sitio a competir me pasaba dos o tres días llorando, no podía, hasta que no encontraba una estabilidad en ese lugar». Por entonces, ya estaba en tratamiento. «La psiquiatra me medicaba para el día a día, simplemente para poder llegar a la noche y dormir. No tenía que haber empezado el curso en septiembre pero lo hice. Yo era la que se ponía presión. Cuando me marco un objetivo, me dejo la vida, literalmente».

Una día a día frenético

La exigencia máxima de la elite fue solo un ingrediente de ese cóctel tóxico. «Creo que en un 50% influyó todo lo que venía arrastrando y la otra mitad fue el estilo de vida de un deportista. Si no hubiese llevado ese ritmo de vida, habría sido distinto», cuenta Victòria, durante muchos años entregada a una agenda extenuante: despertarse a las 7 horas, primer entrenamiento, una hora de clases; a las 11 horas, segundo entreno; luego comida, una hora de descanso y, a las cuatro de la tarde, un nuevo ejercitamiento para, a las 18 h., volver a estudiar y, dos horas más tarde, cenar y dormir.

La vorágine era aún más frenética si había que afrontar materias prácticas en la universidad. Se levantaba a las 5.30 horas, toda la mañana en el campus y, por la tarde, a recuperar los entrenamientos. «Cualquier hora libre que tenía la dedicaba a estudiar», admite Victòria, que aguantó hasta que no pudo más y lo dejó todo.

«El problema de las enfermedades mentales es que van por dentro. Tú me veías y te parecía que estaba súper bien en ese momento, pero no, yo no podía comer, me pasaba el día llorando, me quería morir, me sentía una carga para los demás», cuenta ella.

«La psiquiatra me medicaba para intentar llegar al final del día

Su caso, como el de Biles, pone sobre el tapete la cuestión de la salud mental en el deporte de elite. «Mucha gente critica a Biles por no apoyar al país, pero antes que todo somos personas. Yo digo: ‘Ya que piensas que estoy defraudando a la gente, ¿por qué no lo haces tú?’ Creo que los psicólogos y el equipo reaccionaron rápido pero entonces yo me pregunto: ‘¿Dónde están los psicólogos en el equipo español?’. Al menos en remo no había nadie. ¿Qué habría hecho yo si hubiera ido a los Juegos? Me habría muerto directamente. Mi hermana (Aina, diploma olímpico en estos Juegos tras acabar sexta en el dos sin timonel), después de competir en Tokio, también habría necesitado un psicólogo, que es tan importante como lo puede ser un fisioterapeuta y no se le da relevancia. Cuesta mucho que se lo planteen en las federaciones».

«Me sentí arropada»

Tras su denuncia pública solo encontró apoyo y buenas palabras. «Me sentí arropada, incluso por gente que no conocía. Creo que eso agilizó el proceso. Yo me retiré sin saber cuánto iba a tardar en curarme. Creo que he avanzado bastante pero aún estoy en ello».

Victòria volverá en septiembre a Banyoles, donde seguirá con sus estudios de Biotecnología y probará a coger otra vez las palas, aunque con toda la cautela posible. «Intentaré volver pero a la mínima que vuelva a estar mal, daré un paso atrás. El remo es mi vida y no lo acabé odiando, como le ha pasado a algunos deportistas con su disciplina. Aún lo he querido más, pero debo ir poco a poco».

«Un psicólogo en un equipo es tan importante como un fisioterapeuta»

Le ha hecho muy bien alejarse del agua este tiempo. «He visto que podía hacer otras cosas, he hecho triatlón, salgo a correr, hago crossfit. He seguido haciendo deporte porque no puedo estar parada y me gusta esa adrenalina. Me ha venido muy bien ver que tengo una vida más allá del remo y que puedo hacer otras cosas», indica Victòria, que empieza a ver la luz al final del túnel, y más rápido de lo que pensaba, cuando en abril, como ahora Biles, se confesó en las redes: «Pensaba que podría seguir pero no. Una enfermedad mental necesita su reposo como otras enfermedades». Eso mismo hace ahora, regresar a casa, dedicarse a ella y saber que la puerta para volver siempre estará abierta.

«Entrenaba tres veces al día y estudiaba la carrera. Quise seguir pensando que podía pero me rompí»

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