Víctor Amela y el recuerdo de la Quinta del Biberón

El periodista rescata la memoria de los 27.000 críos reclutados a la fuerza en 1938 y masacrados en la Batalla del Ebro

01 marzo 2020 07:50 | Actualizado a 01 marzo 2020 08:10
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Solo viven siete de los 27.000 adolescentes reclutados a la fuerza en 1938 como combatientes republicanos de nuestra cruenta e incivil contienda. Fueron la Quinta del Biberón, unos críos nacidos en 1920 y a quienes la guerra hurtó sus mejores años, cuando no la vida. El periodista y escritor Víctor Amela rescata su memoria en Nos robaron la juventud (Plaza & Janés), un libro en el que ha trabajado durante 15 años y en el que rehace el puzle vital y emocional de 25 de aquellos ‘biberones’, siete de los cuales serán centenarios este año.

«El título resume el sentir de casi todos aquellos chicos enviados a una carnicería. Sobrevivieron apenas la mitad, condenados luego a cinco años de mili franquista o reclusión. Los mejor parados volvieron a casa con 25 años y la juventud arrasada», dice Amela. Los masacraron en las batallas del Segre y del Ebro, un infierno con más de 200.000 combatientes, con 35.000 muertos y 100.000 heridos. «Soportaron 115 días de bombas italianas y cañoneo franquista: son 305 muertos diarios, una bestialidad». Amela tenía 17 años cuando su tío Josep le mostró la cicatriz que le dejó en el pecho la bala que le hirió en el Ebro el mismo día que cumplía 18 y vio morir a su mejor amigo. Supo así de la Leva del Biberón que ordenó Azaña. Quiso averiguar más, pero su tío Pepito alzó un muro de silencio que solo pudo derribar tras su muerte con las cartas y fotos que halló en 2005.

Se puso manos a la obra y localizó a unos supervivientes «que lejos de sentir odio o resentimiento, reclaman respeto, algo de reconocimiento y comprensión». Cuando cumplieron 80 años alzaron el Monumento a la Paz, pagado por ellos, en la cota 705 de la Sierra de Pàndols, en la Terra Alta. Allí suben cada 25 de julio para conmemorar el aciago día de 1938 en el que se desató el infierno. «Se juntaron supervivientes de ambos bandos, -algunos habían cambiado de trinchera-, en un verdadero ejercicio de reconciliación», dice Amela. Les acompañó al paraje desde donde se divisa el escenario de la batalla más cruenta de la Guerra Civil. «Cuando lo inauguraron en 1989 acudieron un millar: el verano pasado eran cinco», explica Amela, que no ha podido entregar el libro al octavo superviviente, Jaume Vallés, fallecido recientemente.

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