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'Vida de perrodista'

En el perrodismo hay perrodistas de todos los tipos, como distintos perros hay en el mundo

Marina Pallás

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Jack Lemmon y Walter Matthau en 'The front page'. Foto: Filmoteca de Catalunya

Jack Lemmon y Walter Matthau en 'The front page'. Foto: Filmoteca de Catalunya

He oído fuertes críticas hacia los periodistas con relación a los atentados yihadistas en  nuestro país. Que Mossos, médicos, psicólogos, taxistas… habían estado a la altura de las circunstancias pero no así nosotros,  al acecho de morbo y todo eso, o incluso siendo detenidos por dificultar los trabajos de los cuerpos de seguridad. No voy a hacer ahora una apología del periodismo que les vaya a aburrir, buscando frases célebres en Google. Claro que defiendo el periodismo: me dedico a él. Porque quizá no sé hacer otra cosa. Por ahora, no he ganado un solo céntimo en esta vida que no fuera como periodista. 

Pero ya les he dicho que no acudo a estas líneas para hablar de eso. Quiero, con el permiso de mi gato Gatsby, hablar de perros. «Ningún ser humano vale lo que un buen perro. Cuando desaparece un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro. Más triste y más sucio». Esto dice Arturo Pérez-Reverte en su libro Perros e hijos de perra, una recopilación de artículos de opinión que resulta una auténtica apología de estos animales de compañía.

Pérez-Reverte fue reportero de guerra durante muchos años y un ‘perrodista’ como pocos. Aunque la mayoría de perrodistas no valen lo que un buen perro, en eso también estamos de acuerdo. Sin embargo, sí que tienen muchas cosas en común. En el perrodismo hay perrodistas de todos los tipos, como distintos perros hay : pobres y ricos, grandes y pequeños, sucios y cuidados, gordos y flacos, elegantes o hechos un asco, de pelo largo, liso, ondulado o rizado.

Y su trabajo, ojo, es muy similar al del auténtico perro: los hay que son como auténticos perros guardianes que están al acecho de que todos cumplan con su deber, que vigilan, que critican, o, en el lado opuesto, perritos falderos del poder. Hay perros de caza a la búsqueda de nuevas presas, sabuesos que olfatean y buscan noticiones, galgos a la carrera detrás de la exclusiva como si fuera un conejo, perros jefes como el del hortelano, perros que rebuscan entre la basura, perros de escotes de color rosa, perros que lamen y relamen, perros intrusos que se cuelan por las puertas, perros adoptados en la profesión o perros con pedigrí, de raza y verdadera vocación. 

Perros asesinados, torturados, secuestrados, presos. Buenos perros, de los que quedan pocos y que están en peligro de extinción, perros aventureros que no dudan en lanzarse a las guerras, que salvan vidas. Y también los perros lazarillo, que guían, que ayudan, que enseñan, que iluminan el camino.

Y perros y perrodistas también tienen aficiones similares como perrear, hacer el perro o llevar una vida de perro. Y se tienen muchos días de perros en este trabajo, días con humor de perros y, desde luego, lo primero que aprendes: de pasar más hambre que el perro de un ciego. Días de escarbar en la tierra, de callejear, de aprender, de pasarse el día corriendo, de sacar la lengua por el esfuerzo, de ir tras la pelota una y otra vez, o de rebelarse o de morder. Días de esconder el hueso y volver a él cuando no hay otro. Perros que alzan el morro y gimen implorando un pedazo de carne. ¡Dame un tema! ¡Échame algo! O los que proponen y proponen sin resultados. ¡A otro perro con ese hueso! 

Y perros que, cuando las cosas se tuercen, les echan fuera. A la calle. Miles de perros abandonados, en el paro… Hala, muerto el perro se acabó la rabia… Y a buscarse la vida: perros sin casa, perros vagabundos, perros callejeros… 

Ah, pero al final los buenos perrodistas comprenden que es en la calle donde están las salchichas, y no en la redacción… Y los hay que no saben hacer otra cosa. Porque quien nace perrodista, como quien nace perro, lo es para siempre. 

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