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Dividendos bancarios

La prohibición de repartir dividendos ha puesto en alerta a los inversores

Rafael Sambola Puig (Economista, profesor de Eada Business School)

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Hace tan solo unos días el BCE pedía a los bancos que consideraran no repartir dividendos o efectuar recompras de acciones hasta el 30 de septiembre de 2021. Si estos lo hacían, debían ser extremadamente prudentes con su importe y tener en cuenta las limitaciones previamente establecidas por la entidad reguladora. 

De este modo se ponía fin a una pausa en su reparto de casi diez meses debido a la crisis del coronavirus. La medida que había tomado el BCE en el mes de marzo pretendía reservar, según algunas estimaciones, más de 40.000 millones de euros en forma de dividendos que hubieran pagado más de 70 bancos europeos.

Desde entonces la industria bancaria ha estado insistiendo en la necesidad de volver a reanudar su pago, generando también un debate entre los reguladores financieros europeos.

Por lo general las alteraciones en la política de dividendos proporcionan información al mercado de valores. En este caso, la prohibición de repartirlos ha generado una señal negativa y de alerta a los inversores sobre los riesgos latentes y el impacto que la situación económica actual puede tener en los balances bancarios. Tan solo hay que ver la pérdida de capitalización que ha sufrido la banca en estos últimos meses.

También la medida pone en riesgo la capacidad de obtener financiación por parte de los bancos si acude a futuras ampliaciones de capital. La intervención del regulador bancario no deja de ser una advertencia a los inversores del sector de que decisiones similares pueden repetirse en el futuro.

Sin embargo, también es cierto que hay motivos que aconsejan seguir una política más prudente al respecto. Es evidente que los bancos afrontan esta situación económica con mejores niveles de capital si lo comparamos con la crisis financiera que se inició en 2008. Sin embargo, las entidades de crédito deberían continuar conservando colchones de capital ante un aumento incierto de los incumplimientos de pago por parte de las empresas.

Esto puede producirse si los gobiernos reducen sus garantías de préstamos y minimizan las políticas para proteger a la economía de la pandemia. Este escenario aflorará un riesgo potencial que puede implicar que los problemas de liquidez, que actualmente padecen muchas empresas se conviertan en un problema de solvencia, con un impacto evidente en las provisiones y resultados de los bancos.

La congelación de dividendos debería ser una medida para favorecer la capacidad crediticia de los bancos, teniendo en cuenta la incertidumbre de esta crisis pandémica.

Pero finalmente uno de los aspectos más relevantes es la preocupación por el modelo de negocio bancario y los grandes retos a los que debe enfrentarse, como la disrupción tecnológica, la optimización de su eficiencia, los requerimientos de capital, o la mejora de la resiliencia ante las ciberamenazas, entre otros.

Por tanto, aquellos que hayan apalancado sus balances o prevean hacerlo para recomprar acciones o pagar dividendo, siguiendo una política cortoplacista, tendrán menos flexibilidad para afrontar los desafíos que se plantean. Una visión miope que podría afectar a la capacidad futura de generar valor al accionista.

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