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El gran secreto de la comunicación

La comunicación lo es todo, pues sin ella no sería posible la colaboración y la confianza entre las personas.

Salvador Martínez

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Salvador Martínez. Consultor en organización, cambio cultural y personas

Salvador Martínez. Consultor en organización, cambio cultural y personas

En el desarrollo de mi actividad profesional, escucho con mucha frecuencia frases como «tenemos problemas de comunicación» o «nos hace falta comunicarnos mejor». Temática recurrente, donde las haya, la dificultad para entendernos en el mundo laboral es perfectamente extrapolable al inefable mundo de las parejas sentimentales, las familias, las comunidades vecinales, y un largo etc.
Hace unos días, mientras impartía un taller de habilidades comunicativas a un grupo de profesionales, una de las participantes afirmó: «La comunicación lo es todo». 

Y, en cierto sentido, tenía razón, pues sin comunicación no sería posible la colaboración y la confianza entre las personas. Sin embargo, el peligro de crear categorías tan genéricas es que se nos hace muy difícil separar el grano de la paja, de manera que invocamos respuestas también generales, y eso no nos ayuda en absoluto a mejorar la comprensión del acto comunicativo.
Si diseccionamos el galimatías que tenemos entre manos, podemos observar que invariablemente nos encontramos con determinadas barreras que obstaculizan, cuando no impiden, una comunicación franca, clara y eficiente. Algunas de esas dificultades tienen que ver con los espacios físicos, por ello no es baladí el estudio de la arquitectura y diseño de espacios laborales para analizar una concreta cultura organizacional.

Es obvio que, en oficinas abiertas sin obstáculos físicos (llámense mamparas, puertas, paredes, armarios, cortinas, etc.), facilitamos la relación inter e intradepartamental. Los silos nunca sirvieron para compartir y cooperar.

Disponemos de una herramienta tan potente como poco reconocida: Prestar atención

Otro muro es el psicológico. Me refiero a la desconfianza y al temor que se instalan en muchas organizaciones. Cuando todo el mundo evita decir lo que piensa realmente, estamos en el caldo de cultivo favorable para la proliferación de la hipocresía, la falsedad y el postureo. 
Por mi experiencia profesional sé que la falta de autenticidad dentro de una compañía acaba traspasando al exterior, por mucho community manager que se esfuerce por hacernos ver lo blanco negro.

Más allá de otras dificultades que tienen que ver con la falta de competencias técnicas, quiero resaltar la importancia de la voluntad, el interés genuino por los demás. 

Para comunicar bien es absolutamente necesario dejar de mirarnos el ombligo y levantar la vista hacia la otra persona, pues para transmitir se requiere poner en juego las emociones (no solo el raciocinio), despojarse de los prejuicios y sesgos cognitivos para empatizar sinceramente con quien tenemos enfrente. Afortunadamente disponemos de una herramienta tan potente como poco reconocida y utilizada: prestar atención, escuchar.

Por algún motivo la naturaleza dotó a los seres humanos con dos ojos, dos orejas… y una sola boca. Si usted desea comunicar con brillantez, empiece por algo tan simple como interesarse por las motivaciones y las circunstancias de su interlocutor. Observe, escuche, pregunte, entienda antes de dictaminar. 

A mí me pasa que cuando hablo no escucho, así como que cuando juzgo no me pongo en piel ajena. En todo caso, recuerde la sentencia del gran Peter Drucker: «Lo más importante de la comunicación es escuchar lo que no se dice».

Salvador Martínez es consultor en organización, cambio cultural y personas.

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