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El pueblo

Sin el pueblo no hay política, y  los políticos solo pueden gobernar para el pueblo

Xavier Oliver

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Xavier Oliver. Profesor del IESE Business School

Xavier Oliver. Profesor del IESE Business School

Sobre las elecciones a la Comunidad de Madrid, podría hacer muchos comentarios, pero me interesaría centrar este artículo en los votantes, es decir en el pueblo: ni en los políticos, ni en los comentaristas y periodistas, ni en los tertulianos. Solo en el pueblo. Y parece una palabra despectiva, porque suena a poco o a casi nada. Quienes mucho hablan de política tienen títulos rimbombantes y miran al infinito cuando les preguntamos: ¿y tú cómo lo ves? Aparentan saber mucho y se lanzan a la arena de la discusión sin pensar que quien realmente sabe lo que quiere es el pueblo.

¿Y el pueblo siempre acierta? Pues no. Como nosotros, que también erramos muchas veces porque escuchamos poco, no reflexionamos lo suficiente o no dejamos que el corazón -además de la razón- nos guíe. Hemos tenido y todavía tenemos políticos desastrosos a quienes faltan o conocimientos, o porque se creen los herederos de su dios en la tierra o porque se invisten de aquella sabiduría de quien cree saberlo todo. Recordemos a Trump -de funesta memoria- que fue elegido pero casi olvidado en muy poco tiempo dejando solamente una efímera huella.

Otros muchos políticos no son así: son naturales, espontáneos, optimistas, positivos y piden perdón cuando se equivocan. Tienen la voluntad de ayudar a los demás y no solamente de ‘gobernar’.

Cuando se antepone el gobierno a las personas me recuerda a quienes anteponen los beneficios económicos a los empleados, cuando todos sabemos que sin empleados no hay beneficios. Las personas son la clave de nuestras vidas y de todo lo que pasa en el planeta Tierra.

Sin el pueblo no hay política y solo se puede gobernar para el pueblo, no para los intereses de un partido, para la oligarquía, para la derecha o para la izquierda. Hay que escuchar, ayudar, transformar, modernizar, pero nunca creerse que uno sabe más que los demás, nunca dejar de estar conectado o vivir en una burbuja imaginaria de autocomplacencia.

Hay que bajar al ruedo y entender lo que está pasando y los sentimientos de la gente. Porque estoy seguro de que, en Madrid, se ha votado a una persona, a su equipo y a sus decisiones del día a día, más que a un partido o una ideología.

Los resultados son muy interesantes: un partido que ya no tiene ni un solo diputado, habiendo sido la esperanza para muchos. Otro partido que hace tiempo que entiende poco al pueblo y pone, al frente del proyecto de liderar la comunidad de Madrid, a quien no es capaz de convencer a casi nadie de su programa porque aspira a otro puesto. Otros que, frente al triunfo de la actual presidenta de la comunidad, confunde esa victoria con la de su partido o su ideología. Otros que confunden Madrid con España y augura el cambio general sin tan solo preguntarle a la gente lo que piensa y siente.

La política va perdiendo, poco a poco, sus dos funciones prioritarias: liderar y gestionar. El liderazgo ideológico cada vez está más degradado porque lo que dicen no es lo que hacen. En la empresa sabemos que, si no hacemos lo que decimos perdemos toda la credibilidad de quienes nos rodean y la historia acaba normalmente mal: falta de reputación, críticas constantes a los directivos, pesimismo, falta de creatividad e innovación y frustración.

La gestión es lo que parece que han votado en la Comunidad de Madrid. No es una gestión ideológica sino muy cercana al ciudadano, comprensiva y me atrevería a decir poco arrogante. Y tiene mucho valor lo que ha pasado porque demuestra que un buen gestor no es simplemente esencial, sino que crea adeptos. La realidad es siempre muy tozuda: quien lo hace bien (o mejor que los demás) triunfa.

Un buen ideólogo precisa de un buen gestor que aterrice todo lo que se va creando. He conocido a muchos directivos geniales en la estrategia y no tanto en la ejecución y, al contrario, otros extraordinarios en la ejecución, pero con mayores dificultades en la visión.

Y las empresas más admirables que he conocido, tienen una cúpula en la que se combinan ambos perfiles de forma natural y con mutuo respeto. En política, eso es mucho más complicado porque nos empeñamos en ensalzar a uno en detrimento del otro: hablamos mucho de los presidentes y muy poco de los vicepresidentes. Nos olvidamos de que las sinfonías e incluso los conciertos son obra de grupo, no de un talento único.

Me encantaría invitarles a reflexionar más allá de los tópicos y de su propia ideología política, sobre lo que ha pasado en Madrid, porque me parece un maravilloso ejercicio para poner cada cosa en su sitio y darnos cuenta que el pueblo, nosotros, votamos en función de lo que hacen y no de lo que dicen.

Xavier Oliver es profesor del IESE Business School

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