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El riesgo de las inversiones en activos financieros

Asumir un determinado grado de riesgo no es intrínsecamente malo si se hace conscientemente y queda compensado por la posibilidad de obtener beneficios más elevados que si nos mantuviésemos en zonas estables

Jorge de Andrés

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Escuela de Empresa es una iniciativa conjunta del MBA de la Universitat Rovira i Virgili (URV) y Economía & Empresas del Diari de Tarragona para construir un espacio de divulgación de contenidos en materia de coyuntura, gestión, liderazgo y emprendimiento.

Cualquier actividad implica asumir riesgos, fuentes de potenciales daño. Como dice Alejandro Sanz, «vivir es lo más peligroso (y riesgoso añadiría yo) que tiene la vida». La inversión en activos financieros obviamente, también genera riesgos. En este ámbito riesgo es la posibilidad de sufrir un quebranto patrimonial o una disminución del beneficio esperado, debido a sucesos desfavorables.

La inversión en activos financieros se focaliza en las acciones, activos de renta fija como los bonos y los depósitos bancarios. Podemos ser inversores directos en estos activos, o indirectos, por medio de activos como los fondos de inversión. La adquisición de activos financieros supone siempre asumir un determinado grado de riesgo, lo que no es intrínsecamente malo si se hace conscientemente y queda convenientemente compensado por la posibilidad de obtener beneficios más elevados que si no se asumen dichos riesgos.

El riesgo de mercado es el principal riesgo de las acciones y consiste en que sus cotizaciones pueden bajar (y mucho) en poco tiempo, por la ley de la oferta y la demanda. Este riesgo es menor en los bonos, para los que se acota esencialmente a las fluctuaciones de los tipos de interés (riesgo de interés); y es inexistente en los depósitos bancarios. Cuando asumimos este riesgo esperamos beneficiarnos de que los precios de los activos sujetos al mismo suben con más y con más facilidad que bajan.

Los bonos están sujetos al riesgo de crédito, que consiste en que el emisor empeore su solvencia para hacer frente a los pagos de los activos de renta fija emitidos, depreciándose en consecuencia éstos. El caso extremo de riesgo de crédito es el riesgo de insolvencia. El emisor pasa a ser insolvente y no es capaz de hacer frente a todas las deudas contraídas. Los depósitos bancarios, aunque en menor grado, también sufren este riesgo, ya que el fondo de garantía de depósitos únicamente garantiza 100.000 euros por titular y entidad.

Un claro ejemplo de este riesgo es el caso de las participaciones preferentes emitidas por determinadas Cajas de Ahorro a principios de esta década. La actuación de los emisores fue fraudulenta porque este producto se comercializó entre clientes de depósitos bancarios como si fueran el mismo activo y, realmente, las preferentes tenían muchísimo más riesgo, entre otras razones, porque no tienen protección del fondo de garantía de depósitos.

Si se adquieren activos nominados en una divisa que no es la propia se sufre el riesgo de cambio; es decir, de que la moneda en que se invirtió pierda valor respecto a la propia. La inversión en activos financieros emitidos por empresas de países con problemas económicos o políticos de cierta importancia genera el riesgo país. Éste viene de la mano del riesgo soberano, consistente en que el estado en que tiene su actividad el emisor tenga dificultades para pagar sus créditos.

Otro riesgo común es el riesgo operativo, imputable a errores humanos, organizativos o tecnológicos. Sistemas automáticos de órdenes de compra-venta, ‘dedos tontos’ que ponen un cero de más en el número de contratos a comprar/vender, etc. generan con cierta frecuencia pánico en los operantes de los mercados.

El caso extremo de riesgo de crédito es el riesgo de insolvencia

También es remarcable el riesgo de liquidez, consistente en no poder convertir el activo financiero en que hemos invertido en dinero, inmediatamente y sin sufrir pérdidas respecto al valor de mercado.

Un ejemplo activo sin riesgo de liquidez sería una cuenta bancaria: de forma inmediata (no más de un día) puede cancelarse y ser convertida en dinero por su saldo. Un inmueble sería el caso radicalmente opuesto ya que difícilmente puede ser vendido en un día, y mucho menos sin sufrir pérdidas respecto a su valor de mercado.

Así, ¿es bueno asumir riesgos en la inversión financiera? Como diría Pau Donés, «depende». Sí cuando somos conscientes de los tipos de riesgos asumidos y en qué grado; y si hemos calibrado correctamente el beneficio adicional que podemos obtener respecto al asociado a menores niveles de riesgo. Desde luego, rentabilidades potenciales superiores son siempre imputables a una asunción de riesgo mayor.

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