Interés por las fincas rústicas

Aumenta la demanda de urbanitas que buscan un terreno con una pequeña casa de herramientas donde ‘evadirse’ ante la posibilidad de nuevos episodios de confinamiento

Rafael Servent

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Zona de olivos en Terres de l'Ebre. Foto: DT

Zona de olivos en Terres de l'Ebre. Foto: DT

«Tienen un presupuesto de entre 25.000 y 150.000 euros y buscan un refugio en fincas de entre media hectárea y cuatro hectáreas, que tengan una casita aislada y en contacto con la naturaleza. Si siempre habíamos hablado de una tendencia a la concentración hacia las grandes ciudades y una despoblación de los entornos rurales, ahora sucede lo contrario», explica Juan José Aguilera, vocal de la junta de la Associació d’Agents Immobiliaris de Catalunya (AIC).

La pandemia de la Covid-19 y el confinamiento de la población durante los meses de estado de alarma han despertado un interés sin precedentes por estos ‘refugios’ aislados en terrenos rústicos, a los que acudir para airearse, pasar fines de semana e incluso plantearse vacaciones.

«Con la Covid-19, la demanda de los clientes que buscan un ambiente rural se ha incrementado» (Isabel Sucarrats, Finques GES)

Antonio Garrido, administrador de Agrocat, agencia inmobiliaria con sede en El Vendrell y oficina en Tarragona, especializada en fincas rústicas, masías y casas de pueblo en la demarcación de Tarragona, coincide en que «la finca rústica de una hectárea con una pequeña casita se está demandando mucho, como segunda residencia e incluso como primera: hay gente que nos pregunta si pueden empadronarse en la barraca».

La respuesta es que no. Aunque los terrenos rústicos permiten pequeñas construcciones auxiliares, tienen la calificación de casetas de herramientas o almacenes, nunca de vivienda. A la práctica, sin embargo, muchos de estos compradores de terrenos con fines recreativos acaban adapatándolos para esos usos, con un baño o un espacio para cocinar y comer.

Una hectárea de terreno suele ser suficiente para las aspiraciones recreativas de estos compradores

Sin stock
Garrido describe el patrón de lo que se está buscando hoy: «Una finca rústica de entre 8.000 metros y una hectárea, con agua, luz y una casita de no más de 40 metros cuadrados, con un presupuesto que va de los 70.000 a los 100.000 euros».

«Todo el stock que teníamos de fincas de estas características -prosigue- lo hemos agotado. Y si tuviésemos cien más, venderíamos cien más. Nunca habíamos tenido una demanda tan alta».

«Hay familias que han pasado el confinamiento en un piso de 40 metros cuadrados» (Antonio Garrido, Agrocat)

La Covid-19 es la explicación a este fenómeno. «Hay familias -argumenta Garrido- que han pasado el confinamiento en un piso de 40 metros. A eso se le añade un tema de miedo social al contagio y la cuestión de la autosuficiencia, que ahora está muy de moda, y tienes como resultado que la gente quiere hacerse su arca de Noé».

«Nos encontramos con un mercado de mucha movilidad -corrobora Juan José Aguilera, de AIC-, con una afluencia brutal de compradores y demanda. De hecho, están surgiendo API (Agentes de la Propiedad Inmobiliaria) que están recogiendo esta demanda, muy ligada también a las vías de comunicación y a la proximidad del ferrocarril. Es muy apreciado el acceso a Internet».

Acceso a agua (de pozo o de riego) y luz son dos requisitos fundamentales para este comprador. Internet es un plus

En otra escala se sitúa una demanda por fincas rústicas con edificaciones que permitan vivir en ellas todo el año, donde la opción del teletrabajo, después de la experiencia masiva que ha llevado a cabo medio mundo durante estos meses, cobra aquí gran importancia. En este punto, iniciativas como las del Departament de Polítiques Digitals i Administració Pública para hacer llegar la fibra óptica a todas las capitales de comarca de Catalunya cobran relevancia.

«La tendencia a la concentración hacia las grandes ciudades ahora va en sentido contrario» (Juan José Aguilera, AIC)

La pasada semana, el Govern anunció una inversión de 1,2 millones de euros para el despliegue de la fibra óptica de la Generalitat entre Valls, Montblanc y El Vendrell. Con estas obras se calcula que a finales de agosto se habrán desplegado 52 kilómetros nuevos de fibra entre el Baix Penedès, el Alt Camp y la Conca de Barberà para conectar las tres capitales de comarca, nueve municipios y ocho polígonos industriales.

Isabel Sucarrats es administradora de Finques GES, en La Masó (Alt Camp), donde están «especializados en suelos rústicos, masies, masets y fincas» en la zona del Alt Camp, la Conca de Barberà y el Tarragonès. «Con la Covid-19, la demanda de los clientes que buscan un ambiente rural y en contacto con la naturaleza se ha incrementado. Buscan fincas con maset o casa de herramientas, o bien casas de pueblo con salida exterior, que satisfagan su necesidad de estar al aire libre, de escaparse. Es una demanda con precios muy ajustados, de hasta 50.000 euros», explica.

Teletrabajadores
Pero a este perfil se le añade ese otro que busca un cambio de vida radical, aprovechando la posibilidad que ofrece un buen ancho de banda para teletrabajar desde estos entornos rurales. «Está habiendo un interés creciente por parte de ese perfil que busca una vivienda de cara a, en un futuro, cambiar de residencia gracias al teletrabajo. Son presupuestos que oscilan entre los 150.000 y los 200.000 euros, en propiedades de al menos una hectárea», explica Isabel Sucarrats.

Menos de 40 metros cuadrados es lo que suelen tener las edificaciones que hay en estas fincas rústicas

«En nuestro caso -prosigue Sucarrats-, en este perfil tenemos gente de Barcelona, de Tarragona y también extranjeros, como belgas, ingleses y algún francés. Suelen ser familias con niños, con padres entre los 35 y los 45 años, que buscan estas viviendas para trabajar desde casa».

«Si están a no más de una hora de ciudades como Barcelona o Tarragona -añade Juan José Aguilera, de la AIC-, la demanda de este tipo de propiedades es brutal». Pero alerta: «La gente no es conocedora de toda la normativa, y somos los profesionales los que les tenemos que asesorar».

Legalidad
«Es importante -explica- aclarar si la caseta que hay en esa finca está consolidada, si hay que declararla... Estamos insistiendo mucho en la transparencia y la legalidad. Lo que no puede ser es que se compren un terreno rústico y digan: ‘Aquí haré una masía’. Eso hay que estudiarlo caso por caso».

De la misma opinión es Isabel Sucarrats, de Finques GES: «Hay gente que nos está pidiendo un almacén para ir a vivir. Y hay que explicarles que eso no es una vivienda. Si es casa, es casa. Si es maset, es maset». Lo que no quita que pueda usarse para esos fines recreativos, en busca de ese ‘aire’ que muchos han echado de menos en sus pisos urbanos durante estos meses de confinamiento.

El presupuesto mínimo de uno de estos compradores es de 25.000 euros, aunque los precios llegan hasta los 150.000 euros

«En el registro de la propiedad ha de constar como casa de campo -prosigue Sucarrats-, porque si consta como almacén agrícola, entonces no puede ser considerado vivienda. A no ser que se demuestre que tus ingresos provienen de la tierra...».

Excepciones que dan la razón a quienes aseguran que cada caso es único, y que por ello es necesario contar con un profesional que pueda asesorar sobre él. «Hay gente que sabe que una casita de 15 metros está permitida -coincide Antonio Garrido, de Agrocat-, pero hay otros que pretenden hacerse un chalet. Todo eso hay que explicarlo, acompañar el pozo con los papeles del ACA (Agència Catalana de l’Aigua), poner en contacto con un zahorí profesional si no hay agua...».

¿Terminará todo en un momento efervescente que se diluye con la autorización de acceder a playas y terrazas? «Al final -concluye Juan José Aguilera, de AIC-, en este tipo de necesidades que surgen por impulso habrá consumidores en los que quedarán en nada, pero habrá otros que aprovecharán este momento, porque están concienciados y ven en él la oportunidad de hacer un cambio de vida y acercarse al mundo rural sin que sea una moda».

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