¿Qué aporta un campus presencial?

La adaptación de la enseñanza superior presencial a formatos en remoto abre el debate sobre el futuro de los modelos físicos

Rafael Servent

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La transición hacia modelos de educación superior híbridos es imparable. Foto: Getty Images

La transición hacia modelos de educación superior híbridos es imparable. Foto: Getty Images

Hace poco más de una semana, el presidente de los EEUU, Donald Trump, intentó que los estudiantes universitarios internacionales con visados tuviesen que regresar a sus países de origen si las universidades en las que estaban inscritos optaban por organizar el próximo semestre online, tal y como han decidido Harvard y, con un modelo híbrido, el MIT (Massachusetts Institute of Technology).

La oposición de estos dos centros (secundada después por otras universidades estadounidenses) hizo dar marcha atrás a Trump en sus pretensiones. Los estudiantes internacionales podrán seguir en los campus con clases en remoto.

Pero esta situación ha abierto no pocas preguntas. La primera de ellas es qué aporta un campus presencial a la educación de un estudiante. ¿Es lo mismo cursar un máster en Harvard si se reside en su campus o se siguen las clases desde la India? ¿Estaría justificado el pago de toda la matrícula si se le quita a ese estudiante indio la ‘experiencia’ del campus? ¿Qué valor aporta un campus presencial?

La transición hacia modelos de educación superior híbridos es ya imparable

«La primera cuestión -reflexiona Albert Sangrà, profesor de los estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC y director académico de la Cátedra UNESCO de Educación y Tecnología para el Cambio Social- es saber cuál es el motivo que hace que un estudiante decida cursar una carrera o un máster. Si lo hago para conocer a gente nueva, para hacer contactos fuera de las clases... un espacio de relación [presencial] me puede atraer mucho. Si lo que quieres es profundizar y conocimiento, entonces eso es relativo, porque el aprendizaje no es necesariamente tener grandes campus».

«Yo creo que hay público para todo», añade Eduard Prats, director general de ESIC Business & Marketing School en Catalunya, centro adscrito a la URV. «Gracias al sistema que pusieron en marcha universidades exclusivamente online hay mucha gente que se ha podido sacar una carrera, y que de no haber sido así no hubiese sido posible. Bien porque viven en zonas en las que no hay universidad, bien porque trabajan o son mayores de 25 años y no hicieron estudios universitarios en su momento... Este mercado existía y seguirá existiendo. Luego está el modelo presencial, que es el nuestro y por el que seguiremos apostando».

«Si el programa no está bien pensado y con un profesorado competente, da igual si es presencial u online» (Joan Ramon Alabart, MBA URV)

Una apuesta, como demuestran todos los movimientos que está dando el sistema presencial de educación superior, fuertemente condicionada por la pandemia de Covid-19. «La no presencialidad -explica Eduard Prats- viene afectada por la crisis sanitaria; pero la presencialidad, para nosotros tiene todo el sentido porque hay una parte de experiencia y de dinámicas de grupo donde el ser humano, que es relacional, necesita contacto e interacción».

Un contacto y una interacción que desde modelos nativos digitales como el de la UOC reivindican también, sin que la enseñanza online tenga por qué ser un factor excluyente. La diferencia está en los límites de esa interacción. «En línea -explica Albert Sangrà, de la UOC- interaccionas con otros, pero cuando apagas estás en tu casa. En estas otras universidades, en cambio, no solo haces formación, sino que vives allí. Es uno de los valores que las distinguen y les hace tener costes muy elevados».

«Quien plantea que una carrera, por el hecho de ser online, debe ser más barata, se equivoca» (Albert Sangrà, UOC)

«Tú en Harvard -prosigue- vas a estar con una serie de personas con una capacidad económica altísima, y te relacionarás con ellas. No pongo en duda un muy buen modelo de aprendizaje de Harvard pero, desde esta perspectiva, queda en un segundo plano».

Joan Ramon Alabart, director del MBA de la Universitat Rovira i Virgili (URV), defiende que «lo importante y principal es que el programa esté bien pensado y con un profesorado competente, preocupado por los estudiantes; y si no tienes eso, da igual si es presencial como online, que no funcionará».

«En nuestro caso -explica-, el MBA es presencial, pero el programa de liderazgo es semipresencial. Alguien que quiere un programa presencial, lógicamente buscará que lo sea. Pero lo mismo sucede con los programas online. Cada cual es como es, y después están sus circunstancias».

La distinción entre formación online y presencial remoto es un elemento clave

«Luego -añade Alabart-, todo eso del campus está obsoleto. En los EEUU hay programas muy buenos que son online, donde el networking, si está bien hecho funciona incluso mejor que presencial, porque los contactos hoy se pueden hacer perfectamente de forma virtual».

El reto de la valoración
¿Dónde está el valor entonces, y cómo se justifican determinados precios? «Aquí está la polémica, en los precios», reconoce Eduard Prats, de ESIC. «Pero es que nosotros -prosigue-, y hablo de las universidades presenciales, no hemos cambiado el modelo. A la que podamos, volveremos a hacer todo en presencial. ¿Tiene sentido que no cambien los precios? Pues sí. Porque si decidiésemos hacerlo todo 100% online, siempre podríamos prescindir de campus e infraestructuras físicas, y ajustar precios. Pero tampoco está tan clara la relación del online con los precios».

Joan Ramon Alabart, de la URV, opina: «Yo diría que la formación online incluso tendría que ser más cara, porque hay mucha inversión en una buena experiencia, con un profesorado 7 días a la semana, 24 horas».

«¿Cuánto estaría dispuesto a pagar alguien -añade Eduard Prats, de ESIC- por un segundo diagnóstico médico por videoconferencia desde un hospital de Boston? Lo que vale es el conocimiento y la capacidad de la otra persona. Lo que pagas no es una silla, sino la capacidad de transformarte y evolucionar. Las clases se han de preparar igual, no estamos dando menos valor por hacerlas en presencial remoto».

Albert Sangrà, de la UOC, coincide en que «el aprendizaje tiene un coste, y quien plantea que una carrera, por el hecho de ser online, tiene que ser más barata, se equivoca. Las clases se tienen que preparar igual».

«No pagas una silla, sino la capacidad de transformarte y evolucionar» (Eduard Prats, ESIC)

Joan Ramon Alabart, de la URV, abunda en ello: «Hay quien necesita tener a otra gente a su lado, y hay quien no. Al final, lo importante es que sean programas buenos. Pero si miro al futuro, diría que, en la parte presencial, hay mucha cosa que es muy ineficiente y que, con la tecnología, muchas universidades irán cerrando. ¿Por qué he de pagar un dineral en alojamiento si puedo estar en casa con un programa top?».

«Poder ir a comer juntos -añade Alabart- claro que añade valor, pero el online y el presencial remoto también ofrecen valor. Es encontrar el equilibrio, pero poniendo siempre en primer lugar la calidad de los programas».

La distinción entre online y presencial remoto es importante  aquí. Mientras que en los modelos online la asincronía es uno de los elementos que le dan valor (puedes conectarte cuando más te convenga, a tu ritmo, conciliando con tu vida personal y profesional), quienes apuestan por modelos presenciales destacan el valor del presencial remoto en tanto que se trata de un modelo sincrónico (todos los alumnos siguen la clase al mismo tiempo, conectados a través de Internet, con un horario que empieza y acaba).

«Educación en remoto no es educación online», recalca Albert Sangrà, de la UOC, que alerta de los peligros de un mal diseño en propuestas formativas en presencial remoto: «Tener seis clases consecutivas solo a través de la pantalla es insostenible. Ha de haber una combinación de momentos síncronos y asíncronos. Una buena educación online se basa en un buen diseño: quien piense que todo se reduce a coger todo lo que hacemos y ponerlo en pantalla, y que llevando un nombre de universidad ‘top’ ya lo valida, se equivoca».

Foto: Getty Images

«Cuando un modelo virtual -prosigue- quiera entrar en la presencialidad, tendrá carencias. Del mismo modo, pretender entrar en el online no es tan fácil, y no se puede hacer de un día para otro. La inercia de las universidades presenciales es preservar su esencia de ser presencial. Nadie pretende que seas solo online, pero creo que nos encaminamos hacia modelos de carácter híbrido, siempre con una mirada presencial. Cada sistema es adecuado para el tipo de estudiante que tienes, y cada modelo es bueno para el tipo de personas a las que te diriges».

Del mismo parecer es Eduard Prats, de ESIC, que explica que «la presencialidad aporta cosas, y no es lo mismo el presencial remoto que poder disponer de los cinco sentidos, pero el punto importante aquí es que se trata de una situación que tiene fecha de caducidad».

«Lo que no quita -añade- que se programen acciones de refuerzo para compensar esta pérdida. Por ejemplo, si tenemos limitaciones de aforo, habrá sesiones plenarias que se harán en remoto para no perder esta experiencia. Si no tienes presencialidad pierdes cosas, pero también ha habido cosas positivas. Por ejemplo, si un alumno se encontraba mal o de viaje, perdía una clase que luego tenía que recuperar. Con un modelo híbrido, esto ya no pasará».

Las adaptaciones que han tenido que hacer las universidades presenciales hacia esos modelos híbridos están hoy en fase de consolidación. «Tenemos un modelo presencial que temporalmente puede estar limitado -resume Prats-, pero que después se quedará como híbrido. Es un modelo evolucionado: el modelo presencial con las ventajas del modelo online». 

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