Salir de la caja

Debemos reinventarnos, renacer y, como decimos muy a menudo, ‘salir de la caja’ para alcanzar la felicidad que todos deseamos, dejar atrás los patrones de la sociedad

Diari de Tarragona

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Salir de la caja

Decía Ken Robinson, el famoso profesor y erudito de la enseñanza, que nacemos llenos de capacidades creativas que la sociedad se encarga de moldear a base de patrones preestablecidos, ahogándola. Es por ello por lo que hoy muchos debemos reinventarnos, renacer y, como decimos muy a menudo, ‘salir de la caja’. Pero yo me pregunto, ¿en que caja nos han metido que debemos salir de ella para ser mejores? 
Siempre que oigo esa frase, salir de la caja es mejor que estar dentro, que fuera hay un mundo mejor, nuevo, deslumbrante y lleno de sorpresas.

¿Quién nos ha metido en esa caja? Me gusta contar anécdotas sobre la sociedad victoriana en el Reino Unido, porque las apariencias se convirtieron en una imperiosa regla del juego. Si alguien quería estar cerca de esa sociedad, profundamente seducida por la aristocracia, debía cumplir estrictas reglas de todo tipo que afectaban no solo a lo exterior sino también a lo más profundo del ser humano. 

Nuestra felicidad debe ser nuestra prioridad, debemos explorar y vivir la vida que deseamos

Los gestos relajados y parsimoniosos, el decoro, el vestido, el tocado, la forma de andar, el tono de voz… todo tenía sus reglas escritas o supuestas. Recuerden la novela Pigmalión de Bernard Shaw que dio lugar a la fantástica película My Fair Lady (1964) con Audrey Hepburn y Rex Harrison. «The rain is Spain falls mainly in the plain» (La Lluvia en Sevilla es una maravilla) es una de las escenas maravillosas donde ella debe imitar a su profesor de fonética para poder convertirse en una dama. Escucharla chafar, pisotear y degradar un idioma que Henry Higgins venera, nos hace desear que Liza Doolittle vendedora de flores en el Covent Garden de Londres, logre olvidar su pasado y se convierta en una nueva Lady según las reglas. Acabó metiéndose en la caja de la que solo salió cuando chilló «mueve ese culo» a un caballo al que había apostado en el hipódromo, lo que provocó un enorme desconcierto en esa sociedad envarada. (Si no la han visto, no se la pierdan, es extraordinaria).

Nos parece mentira hoy que tales reglas tan estrictas imperasen en todo un imperio, pero así fue. Hasta que empezaron a resquebrajarse con personas que se rebelaron contra lo establecido.

Recordarán a los Beatles cuando lanzaron el 'Twist and Shout' (Contornéate y grita), ambas cosas eran claramente actos de mala educación. Pero el mundo ya había empezado a no creer a ciegas en todas las conveniencias impuestas. Vimos como la gente más estrafalaria se convertían en líderes de los jóvenes y no solamente los músicos. Einstein también.

Pero lo que más debería preocuparnos de lo que nos enseña el profesor Robinson es que muchos de los convencionalismos no afectaban solo a las formas, sino al fondo. Ser feliz no era apropiado y en cambio, llorar era piadoso. Cuando era pequeño, recuerdo a mi madre decirme: ¡por la calle no se corre! En cuaresma no podíamos reír ni cantar y la actitud frente a los mayores era la seriedad, nunca tutear a nadie sin permiso para mantener las formas de estricta etiqueta. Una época llena de personas que adoptaban un papel del que hoy probablemente se reirían.

Porque hoy somos más naturales y espontáneos, transparentes y directos. Quizás sea porque hemos aprendido a sacar la cabeza de la caja o quizás solo la nariz…

Hoy ser feliz no es un problema y reconocemos que uno de los fines que perseguimos es conseguirla. Para muchos, la felicidad es imprescindible para hacer felices a quienes nos rodean. Si creen en ello, practíquenlo inmediatamente porque seguro que el mundo será mucho mejor. 

¡Salgan de la caja y ríanse, alegren la vida de los demás!

Xavier Oliver, IESE Business School 

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