Una familia, todas las familias

Alauda Ruiz de Azúa debuta en el largo con una historia que explora las relaciones familiares y firma una película sutil donde todo sucede sin subrayados

| Actualizado a 29 mayo 2022 17:46
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Hacia el final del primer tercio de Cinco lobitos, el primer largometraje de Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978), Amaia, madre primeriza de treinta y cinco años que se acaba de trasladar a la casa de sus padres buscando ayuda para la conciliación de su trabajo de traductora freelance y la crianza, le pregunta a su madre cuándo va a dormir sola la niña, que tiene en ese momento unos cuatro meses. La madre se ríe y le responde con más preguntas: ¿cuántos años tienes? ¿Dónde estás? Es la manera entre socrática y vasca que tiene el personaje de Begoña de decirle a su hija que eso en lo que acaba de iniciarse, la maternidad, no se acaba nunca, solo se transforma.

Cinco lobitos empieza como un retrato fiel de lo que supone el primer hijo: miedos, inestabilidad, soledad, sensación de superación, bomba en la pareja, etc., pero en seguida queda claro que la película es mucho más que contar lo que no nos imaginamos sobre la maternidad, algo así como el hasta que no lo vives no lo sabes. Pronto queda claro que esto es otra cosa, mucho más compleja y viva, mucho más ambiciosa en el buen sentido, más honesta y donde la forma es la clave para la identificación y para lograr una emoción que está basada en la exploración de las relaciones familiares. Cinco lobitos es la historia de dos madres: al convertirse en madre Amaia descubre a la suya, la ve con otros ojos, como si por fin tuviera la experiencia necesaria para comprenderla mejor. La historia de la madre primeriza es un cebo para descubrir la historia de Begoña, cuyos anhelos más que contarse se intuyen. Por otro lado, lo que descubre Begoña con la maternidad reciente de su hija es que a veces uno es feliz y no se da cuenta. Ella lo dice cuando están viendo videos de Amaia de bebé a los que sigue el vídeo del primer baño de la bebé de Amaia.

$!Cartel de ‘‘Cinco lobitos’’.

Cinco lobitos está hecha a base de capas y capas de detalles de historia, no habla solo de la maternidad, habla de que la vida nos arrolla. El guion es estupendo en su sutileza, en la ausencia de énfasis, como lo es la interpretación exquisita de todos los actores, desde Susi Sánchez y Laia Costa al bebé, sin olvidar a los Ramón Barea y Mikel Bustamante. Costa lleva el peso de la película a medias con Sánchez, que con esta interpretación todos los elogios se quedan cortos. La contención de los actores está también en la manera de rodar, en la luz precisa de los interiores, en la manera casi en sordina, en que empezamos a sentir una cierta claustrofobia con Amaia. Está también en el momento clave de la trama, en ese pasillo de hospital cuando la simetría, que planea la película, se hace imagen: hay dos personas que necesitan cuidados y ser llevados y dos personas que llevan.

Las dos protagonistas, Laia Costa y Susi Sánchez, están espléndidas en su interpretación contenida y natural

Al hablar del sorprendente debut de Ruiz de Azúa, se ha citado a Ozu, por los interiores, los pasillos y el placer por filmar lo doméstico, que en el caso de Cinco lobitos va más allá de los lugares: se filma a la madre limpiando anchoas, se cocina muchísimo; también van al mercado o discuten por quién va a hacer recados. Filmar la rutina diaria con naturalidad y sin que resulte cargante requiere mucho oficio. Ruiz de Azúa sabe lo que hace al ponerle esa carga a los interiores: las secuencias exteriores, en la playa o el plano del mar adquieren así una carga liberadora. Bárbara Mingo ha escrito que “aunque no corresponda a ninguna secuencia montada, pienso en el cartel como una clave más de la película. Aparecen, al aire libre de la playa abierta en un día luminoso, los cinco personajes como los cinco lobitos de la nana, en orden de altura descendente”, y tiene razón.

Hay otra cosa que revela el trabajo formal, sutil pero no subrayado: hay algo de espejo. Primero son los padres los que acuden a casa de la hija a echarle una mano cuando nace el bebé; luego serán Amaia y Javi, los padres primerizos, los que se trasladen a la casa de los padres de Amaia. Las dos parejas tienen grietas y discusiones, y la mayor erosión la provoca la falta de comunicación, además de los roces del día a día por la intendencia doméstica. Cuenta todo eso sin caer en la brocha gorda ni en simplificaciones facilonas.

Cinco lobitos es mucho más que una película sobre la maternidad, es otra cosa compleja, viva y honesta

Cinco lobitos es una película emocionante pero que no busca la lágrima, aunque a veces la provoque; es fácil reconocerse en esos personajes sobre todo porque la película deja el espacio suficiente para que nos proyectemos en sus deseos y en la sensación de que la vida les pasa por encima. Y al mismo tiempo, uno sale de la sala pensando que después va a ser capaz de reconocer los momentos en los que está siendo feliz sin saberlo.

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