Con el rigor del idioma

23 marzo 2023 18:16 | Actualizado a 24 marzo 2023 07:00
César Muñoz Guerrero
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Me pareció tan noble, tan cuidado y estilizado el manejo del idioma que esgrimía Jorge Edwards que me costó lamentar los minutos que perdí en releer una de sus obras. Se trataba de El museo de cera, que apareció en 1981 y no debe de ser una las suyas más vivas en la actualidad.

En esta ocasión la lectura la hice en un volumen prestado de biblioteca pública, parte de una colección de novelas en castellano del siglo XX, puesta por un periódico nacional en los quioscos del milenio recién estrenado y con un prólogo que redactó a tal efecto César Antonio Molina, que luego sería ministro de Cultura.

En la novela se cuenta la vida del Marqués de Villa Rica, un personaje algo atrabiliario, amable y venido a menos, que cae en desgracia por la inestabilidad que genera en su matrimonio una cuestión de infidelidad. Buscando para su vida el hieratismo de las estatuas de hielo, y nunca mejor dicho, en este caso se propone perpetuarse en el instante previo a la desdicha y encastillarse así en un pasado inmóvil.

La metáfora cuadra con el Marqués, que pertenece a una generación de coordenadas ideológicas no ya extremas o puritanas, sino desfasadas.

En la novela se cuenta la vida del Marqués de Villa Rica, un personaje algo atrabiliario, amable y venido a menos, que cae en desgracia por la inestabilidad que genera en su matrimonio una infidelidad

Molina nombra en el prólogo diversas influencias, entre las que destaca Valle-Inclán, quien recordemos puso algunos cimientos del género que se llamó novela de dictadores. Aparte de otros rasgos, estos personajes se caracterizaban por vivir fuera del tiempo.

Después García Márquez llevó el invento hasta el límite de sus posibilidades, e incluso con posterioridad escritores como Vargas Llosa fueron capaces de urdir tramas que se mantenían a la altura en cuanto a innovación y surrealismo del argumento.

Lo llamativo de todas estas obras es algo que también pone de relieve Jorge Edwards, cuya escritura es en sí misma quintaesencia de una elegancia en el lenguaje y el estilo que muchos añoramos hoy. La riqueza del vocabulario, sin alcanzar el barroquismo ni la confusión; giros que, lejos de opacarlo, lo hacen universal, léase en América o España; y en el contexto de El museo de cera, una brevedad y una concisión que la revisten del atractivo que me hizo recuperarla con motivo de la muerte de su autor.

Lo llamativo de todas estas obras es algo que pone de relieve Jorge Edwards, cuya escritura es en sí misma quintaesencia de una elegancia en el lenguaje y el estilo que añoramos hoy

Emitir una opinión contrastada exigiría revisitar sus libros, comprenderlos y situarlos en sus respectivas coyunturas, algo nada fácil, pues la carrera del chileno se extendió durante setenta años, en los cuales ha pasado de todo en el mundo y en su escritura. Con el rigor del idioma, habría que juzgar las observaciones que la crítica literaria haya apuntado a lo largo de ese más de medio siglo.

Y a la luz de sus dos tomos de memorias, que se han quedado incompletas, pues se hallaba en plena tarea de redacción del tercero, revisar las oportunidades con las que una personalidad de su talla se ha ido encontrando en su trayectoria.

No era un cualquiera, sino miembro de una familia de posibles, en lo personal; del cuerpo diplomático de su país, en lo profesional; y en lo artístico, partícipe de revoluciones sociales y culturales que le pillaron en el momento justo.

El pulso narrativo de Jorge Edwards no merece menos.

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