Desconsuelo sin remedio

| Actualizado a 29 octubre 2022 07:00
Josep Moya-Angeler
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Una legión de psicólogos apoya, sin que muchos no acabemos de entender los motivos, la teoría de Elisabeth Kübler-Ross, sobre los cinco estadios de superación de la muerte de un ser querido. Algunos que han querido evidenciar que se han estudiado el tema hablan de varios momentos emotivos. Ya se sabe, se llaman Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación. Conozco a unos cuantos amigos que han perdido a sus seres más queridos y he vivido en mi piel varias experiencias, amargas, brutales y castigadoras, circunstancias muy comunes en todos ellos y en todos los humanos. Y somos muchos los que no reconocemos las teorías de Kübler-Ross.

No trato de desacreditar a nadie y menos de convencer a un solo lector, pero sí quisiera reflejar otra visión de lo que supone la muerte de un ser realmente querido, al que uno está ligado con sentimientos, convivencias y verdadero amor, ese amor ‘agapi’ de los griegos que tiene hondura y no está necesariamente ligado al ‘eros’, la otra expresión de lo que sin demasiado acierto sintetizamos en la palabra ‘amor’.

La primera impresión que nos produce una de esas muertes brutales es el sufrimiento. Sufrimos porque ese ser ha dejado de vivir, no puede recibir nuestro amor ni nosotros el suyo. Nunca más. Si la muerte ha sido traumática para él, nuestro sufrimiento es mayor porque creemos que nadie es merecedor de un sufrimiento tan atroz.

La primera impresión que nos produce una muerte es el sufrimiento. Sufrimos porque ese ser ha dejado de vivir, no puede recibir nuestro amor ni nosotros el suyo. Nunca más

La segunda reacción es la incomprensión. No entendemos –excepto los creyentes que tienen la virtud de la esperanza en un más allá– el profundo sentido de la vida desde el punto de vista de para qué sirve el esfuerzo por avanzar en la vida, si se acaba y todo desaparece. He mencionado a los creyentes; pues bien, hasta ellos tienen sus dudas, incluidos santos y religiosos y así lo han reflejado en actos de sinceridad, uno de los cuales, el de la Madre Teresa de Calcuta, es estremecedor. Quedamos anonadados al no hallar explicación alguna no ya al sentido de la vida (quizás el único sentido no es universal, sino es el que nosotros queramos darle) sino el sentido de la muerte. Nuestra mente se abre, una vez más, a la búsqueda sin respuesta de ese sentido de la muerte.

El tercer estado sería el de la absurdidad, consecuencia del devaneo en que nos nueve la incomprensión. Tal vez el sentido de la vida es que resulta absurda. Y nos replanteamos toda nuestra propia existencia, una herencia no deseada, quizás, de quien nos ha dejado. Sí, la vida es absurda, dicen los psiquiatras, pero hay que aceptarla tal como es y como nos rodea. Suele venir a continuación el rechazo del mundo, incluso de la propia vida. O estamos equivocados en nuestra forma de vivir o estamos todos locos. Todo ello, mientras la tristeza no nos abandona. Nos desprendemos de todos los convencionalismos y nada nos interesa ni preocupa.

No hay aceptación de la muerte, de la separación. Está ahí, arrancándonos jirones de vida y esperando a que ese momento nos llegue. Y sin embargo, hemos de seguir adelante

Por último, todos estos sentimientos, ideas y situaciones anímicas y del pensamiento, están bañados por la tristeza. La tristeza golpea y derrumba todas nuestras anteriores convicciones para cambiar nuestra manera de pensar. Es incurable, insuperable. Nada ni nadie sustituirá al ser querido. Nunca lo olvidaremos y lo seguiremos amando en la amargura de no poder compartir nada, pues estamos solos, huérfanos de su amor que no recibimos. Podremos, más o menos, acostumbrarnos a ese dolor, pero nunca rebajará su intensidad. Es perenne.

No hay, pues, aceptación de la muerte, de la separación. Está ahí, arrancándonos jirones de vida y esperando a que ese momento nos llegue a cada cual. Y sin embargo, hemos de seguir adelante, acaso engañándonos, acaso siendo cada vez más realistas, o tal vez entendiendo las reflexiones de tantos filósofos, uno de los cuales escribió que vivir era un constante estar en las cimas de la desesperación. Difícil reto.

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