Soledad

| Actualizado a 22 octubre 2022 06:00
Josep Moya-Angeler
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«La solitude, ça n’existe pas», cantaba Gilbert Bécaud, en un empeño optimista cargado de razón. Y sin embargo, la soledad tiene mala reputación, produce amargura y se tiene como un castigo. En consecuencia, la gente en general se lanza a buscar pareja a sabiendas de que el empeño es harto difícil y está cuajado de más fracasos que de éxitos. Quizás lo que se necesita no es una pareja, sino un mundo de relación social.

Somos seres sociables, es cierto. E incluso la naturaleza, para que se perpetúe la raza humana, exige que haya parejas, al menos durante el período reproductivo. Y la soledad, para quienes huyen de ella, se entiende como algo antinatural. No se piensa que las obras de nuestros grandes pensadores se han concebido en soledad y que el arte, la gestión de nuestras vidas y nuestros asuntos más importantes se suelen gestionar desde la soledad, que no es más que una expresión desacertada de la intimidad, la profundidad del ser. Todos tenemos derecho a la intimidad, pero hay quien se empeña en que no tengamos derecho a la soledad. No entiendo por qué no se habla de soledad enriquecedora en sus largos y necesarios silencios, de la soledad que permite la exigencia de pensar, meditar y descubrir los rincones más ocultos de nuestra existencia, que no tenemos necesariamente por qué compartir.

Todos tenemos derecho a la intimidad, pero hay quien se empeña en que no tengamos derecho a la soledad. No entiendo por qué no se habla de soledad enriquecedora en sus necesarios silencios

A muchas personas la soledad les ha venido impuesta por una separación del ser que les acompañaba. La mayoría huye de ella, en el convencimiento de que una nueva oportunidad puede y debe resultar fabulosa, muy superior a la anterior, aunque también los hay que descubren que esa soledad les sienta bien, mientras la mayoría cree que pese a que fue impuesta por la vida, se debe huir de ella para reafirmarse como persona, esa empresa de la que tantos se escabullen porque temen mirarse en el espejo y no gustarse. Y eso, en épocas de egocentrismos, del «quiérete mucho» y otros disparates, suele romper esquemas. Puestos a citar a otro cantante en francés, recordaremos al belga Jacques Brel que gritaba «la verité, qui nous évite», ese escurrirse la realidad por entre los dedos y que a veces nos libra de conclusiones con desagrado.

Me temo que se ha creado un cliché por el cual un solitario es un fracasado. Fracasado es el que no sabe aprovechar sus ratos de soledad, por largos que sean, para encontrarse consigo mismo

Admiro la soledad de María Kodama, fiel a su esposo Jorge Luis Borges, a quien amó y admiró como sabio que fue. Para Kodama no puede haber en el mundo otra experiencia comparable a la vivida con su esposo, experiencia que muchos consideran un perfecto amor platónico jamás consumado. Kodama es la expresión de un convencimiento íntimo: la vida es una sucesión de episodios irrepetibles. Tratar de reiterar formas felices es al mismo tiempo renunciar al futuro, excepto cuando el amor pretérito fue un fracaso. En tal caso, es admisible una lucha por una compañía feliz, pero me temo que hay un desbordante optimismo al creer que no se volverá a errar, porque tal vez el amor perfecto es esquivo con casi todos los mortales.

Me temo que se ha creado un cliché por el cual un solitario es un fracasado, cuando la historia está llena de anacoretas sabios. Fracasado es el que no sabe aprovechar sus ratos de soledad, por largos que sean, para encontrarse consigo mismo. Y si se quiere que sean ratos breves, no hay como salir a la calle, hablar con los que nos rodean y aprovechar la oportunidad para transmitir ideas, inquietudes, reflexiones y experiencias positivas, a la vez que aprender de los demás. Hacerlo desde el negativismo es no haber entendido las posibilidades que nos brinda la soledad. A fin de cuentas, para escuchar sandeces es mejor refugiarnos en el bello aislamiento del que sabe meditar y sentirse a gusto consigo mismo.

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