Viaje iniciático

| Actualizado a 26 noviembre 2022 06:00
Josep Moya-Angeler
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«Todo viaje es iniciático», me dijo en cierta ocasión una persona sabia. Me amplió que en el viaje uno se traslada también hacia dentro de sí mismo. Yo añadiría que ese era más su deseo que la realidad, porque la pasada semana, volviendo de un viaje en barco desde Malta, le pregunté a mis compañeros de cena, mientras atravesábamos el mar Tirreno, en qué habían pensado durante el viaje y una dama me soltó que no había pensado en nada. Tampoco sabía qué era el mar Tirreno.

En Malta, yo perseguía la sombra dejada por los Caballeros de la Real Orden Hospitalaria de San Juan de Malta, que fue inmensa y decisiva en el devenir de la isla. Esos caballeros caritativos, no guerreros, que construyeron una fabulosa ciudad –La Valetta– que hoy es íntegramente Patrimonio Mundial, ni han desaparecido ni su espíritu se ha desvanecido, pues siguen en su afán de ayudar, curar y tener atención a los necesitados, en especial en Italia. Tenemos a algunos en Catalunya y recuerdo a uno de ellos, José Antonio Linati, que dejó la dirección de Aguas de Barcelona para ir a un hospital romano a curar enfermos.

Esos caballeros, de origen nobiliario, entendieron que la caridad, hija del respeto y del amor al prójimo, es la clave de nuestra incomprendida existencia. Son más de ochenta mil

Esos caballeros, de origen nobiliario, entendieron que la caridad, hija del respeto y del amor al prójimo, es la clave de nuestra incomprendida existencia. Son más de ochenta mil miembros y se elevan espiritualmente en su trabajo diario, sin perder su condición de ‘estado sin país’, pues están en la ONU, y tienen embajadores en 103 estados que los reconocen como una organización que regentó un país, Malta, hasta la ocupación británica en 1800, en que la codicia británica los expulsó y viven sin un territorio propio.

He estado en la enfermería de La Valetta, en cuya inmensa nave se atendía a más de mil enfermos a la vez, y allí he comprobado dos cosas: que en Malta el aluvión de turistas –unos veinte mil diarios– no está interesado en estos caballeros, sino en comprar baratijas («cuando un dedo señala la luna, el necio mira el dedo»), y que el espíritu de esa Orden hace meditar sobre nuestra misión en esta vida que no es otra que mejorar como personas siendo generosos para que los menos afortunados puedan soportar mejor los reveses de sus vidas. Eso me dijeron las piedras de aquella enfermería. Una lección iniciática.

En Malta, yo perseguía la sombra dejada por los Caballeros de la Real Orden Hospitalaria de San Juan de Malta, que fue inmensa y decisiva en el devenir de la isla

Aquella misma noche vi en la televisión italiana a Mogol, el autor de canciones que ha vendido nada menos que 523 millones de discos, más que Sinatra, ABBA y los Stones juntos. Mogol dijo que si la vida se nos ofrece gozosa, la muerte no tiene por qué ser dramática, además de abrir la puerta hacia lo desconocido, que tampoco puede ser dramático. Una visión poética que enlaza con lo que me soltó el veterano periodista Josep Faulí hace unos años, como expresión de su fe cristiana: «No sólo tenemos el derecho a ser felices, sino que también tenemos la obligación de serlo».

Si eso que llamamos ‘cielo’ existe –«esa es mi esperanza» me dijo un anciano sacerdote de la Franja de Ponent– es lógico pensar que será en consonancia con el bagaje que hayamos acumulado en la vida. Es decir, que si hay otra dimensión, todo será según lo que llevemos en nuestra mochila. Eso sería lo justo, aunque nunca se sabe. Y ante tal perspectiva sólo nos cabe arrepentimiento por nuestra infinidad de fallos, y espíritu de mejora para aprovechar lo que nos queda por delante.

Mientras mi nave navegaba en busca del puerto de Civittavechia, en este viaje, me telefoneó mi viejo amigo Ramón: «Te llamo porque dentro de un mes habré muerto, me dicen los médicos». Ramon ha sido un hombre bueno y de él aprendí buenas cosas, aparte de la felicidad que me aportó en mi adolescencia, pues fue con él y nuestro tercer amigo, Miguel, que creamos a los catorce años una sociedad literaria, en un húmedo internado. Sí, treinta años antes del Club de los poetas muertos nosotros habíamos hecho lo mismo, y cuando lo descubrieron los curas del internado nos abroncaron como si fuéramos delincuentes. No entendían que la literatura podía hacernos más humanos y soñadores que algunos rezos. Ramon sigue siendo un hombre bueno y una referencia de la que aprender. Su resignación al decirme adiós es admirable. No morirá nunca.

Los caballeros de Malta, Mogol y Ramón han enriquecido este viaje en el que me han ayudado a hacerlo algo iniciático. Es una forma de viajar, porque persigo aquello que dijo un poeta de que «no hay grandes viajes, sino grandes viajeros».

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