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Naltros Playas

Altafulla: la playa del turista fiel

La vida de esta playa urbana, limpia y cuidada, está marcada por el paseo marítimo y las bonitas casas que están en primera línea de mar

Norián Muñoz

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Imagen general de la playa de Altafulla.

Imagen general de la playa de Altafulla. Pere Ferré

Primero, lo primero; si va en coche, piense que incluso en días de afluencia moderada toca tener paciencia si quiere aparcar en los alrededores de la playa de Altafulla. 

Pero una vez liberados del coche, la playa ya bulle de vida. Nada más llegar nos encontramos con José Guisado, de Barcelona, oteando el horizonte. Cuenta que viene a Altafulla desde el año 66 y le gusta esta playa «por la tranquilidad, porque no hay discotecas ni cosas de esas».


Sus palabras van en la línea de lo que comentan el resto de bañistas con que nos vamos topando por el camino y entre los que, curiosamente, no encontramos a nadie de Altafulla. «Familiar, tranquila, limpia, cuidada...» son los adjetivos que más se repiten.

Adriel Perea, que se encarga del alquiler de las tumbonas (3,50 €) y las sombrillas (5€) coincide: en los tres veranos que lleva trabajando aquí, son muchos los rostros que repiten y se trata, sobre todo, de un público familiar. Eso sí, a él que no le pregunten de playas favoritas, trabajando aquí de 10 de la mañana a 7 de la tarde, ya tiene cubierto el cupo.

Pero si algo marca esta playa urbana es, justamente, el paseo que transcurre al lado y las casas que están en primera línea de mar, la inmensa mayoría de las cuales se ofrecen en alquiler. Buscamos por internet  y los precios para cuatro personas, en julio, rondan los 100 euros por noche

En una de esas casas Montse, de Manresa, le unta protector solar a Jan (7 años). Vienen aquí sobre todo porque valoran justo lo que acaba de hacer el niño: se despide impaciente y sale corriendo al agua. Ella puede verle desde la casa  «y no pasan coches»... La playa está llena de niños.

Cuenta Ariadna, de una tiendecita de ropa y complementos justo al lado, que la mayoría de los turistas que pasan a comprar son extranjeros. En años anteriores eran sobre todo rusos, ahora son especialmente franceses y alemanes. A ella le gusta «que la playa está limpia, cuidada, y hay mucha seguridad». Dicho y hecho, a los pocos metros nos encontramos con un policía local.

En lo que se refiere a naturaleza no habrá mucho que buscar, aquí sólo hay casas, paseo y arena, muy fina, eso sí. 

Buscando la foto perfecta

No obstante, las vistas tienen su encanto, tanto si se fija en las casitas que están en primera línea, como en el perfil del castillo de Tamarit  que se ve en un extremo. También se encontrará con el perfil de algún velero porque en un extremo de la playa está el  Club Marítimo de Altafulla, donde se han disputado  campeonatos nacionales e internacionales.

Opciones para comer también hay unas cuantas, en el mismo paseo, o internándose un poco en calles adyacentes. 

Además, si a pesar del calor se atreve con la bicicleta, justo detrás de la playa hay un recorrido de carril bici y un skate park.

Y si lo que quiere es una buena foto de esta playa lo mejor es esperar al atardecer para retratar las fachadas de las casas desde el mar sin perderse el característico arco del Carrer Pescadors

Finalmente, esta es una de esas playas de las que merece la pena acordarse también en invierno para darse una caminata.

La casa del arco es del s. XVIII y fue una fábrica de jabones. Foto: Pere Ferré
La casa del arco es del s. XVIII y fue una fábrica de jabones. Foto: Pere Ferré

El ‘Hort de les bombes’ y más de una historia que contar

Si de algo puede presumir la playa de Altafulla es de historia.  Si es de quienes se fijan en los carteles habrá visto que el paseo peatonal lleva por nombre ‘Botigues de mar’. Y no es gratuito: se debe a que en el siglo XVIII en estas casas, en primera línea de mar, compartían espacio comerciantes y pescadores. Le sorprenderá saber, por ejemplo,  que el hermoso arco que une el Carrer Pescadors con el paseo pertenece a una casa que en aquel siglo era una fábrica de jabones. 

Pero tal vez uno de los aspectos más desconocidos es por qué la zona donde se encuentra el Club Marítimo de Altafulla, así como una de las calles que desembocan en la playa se llaman ‘Hort de les bombes’. El historiador Salvador Rovira nos saca del error más frecuente: pensar que el nombre tiene que ver con las bombas disparadas durante alguna guerra. Lo cierto es que esta zona era, también en el siglo XVIII,  propiedad del ilustre químico nacido en Altafulla  Antoni de Martí i Franquès.  Fue él quien instaló allí las primeras bombas hidráulicas que se vieron en el municipio. De allí el nombre.

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