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Amor en tiempos revueltos

El Festival de Cannes celebra unas jornadas históricas con las últimas películas de Joa Zhang-ke y de Jean-Luc Godard

Violeta Kovacsics

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En una de las escenas más bellas de Ash is the Purest White, una pareja se reencuentra en la habitación de un motel tras años de separación. Fuera brilla la luz de un neón verde, como sucedía en la célebre escena de la reencarnación de Vértigo, de Alfred Hitchcock. Dentro, la pareja discute sobre el amor que terminó, sobre una separación de cinco años durante los cuales ella estuvo en la cárcel y él no la esperó.

El director, Jia Zhang-ke, filma la escena en una larga toma, que va reencuadrando en función del instante de la discusión.

Emerge así el tiempo, el de la duración del plano y el de los años transcurridos hasta el reencuentro; y emerge también la emoción del amor quebrado.

En cierta medida, la escena recuerda a la trifulca entre los protagonistas de Antes de medianoche, la última entrega de la trilogía de Richard Linklater, otro orfebre del tiempo, y otro cronista del desgarro amoroso.

Jia Zhang-ke, el director chino más importante de este siglo, ha labrado una obra que desgrana los fulgurantes cambios que se han producido en su país.

Con Ash is the Purest White, regresa a algunos de los lugares que han poblado su cine, como la presa de las Tres Gargantas del Yangtsé, que, en 2006, cuando Jia filmó Naturaleza muerta, amenazaban con desbordar e inundar las casas que están a orillas del río.

Ash is the Purest White vuelve a ese lugar y a ese momento, pues la película comprende todo lo que llevamos de siglo XXI, desde 2001 hasta el presente, siguiendo a Qiao, que vive en un pueblo minero donde maneja una mafia de poca monta junto a su novio Bin, y que verá como el romance y la prosperidad se ven truncados.

Ash is the Purest White se divide en tres tiempos: un tiempo de prosperidad y amor; otro de desengaño y distanciamiento; y finalmente una posibilidad truncada de reencuentro. El tiempo fluye así, imparable como las aguas del Yangtsé.

Las imágenes revelan las mellas del paso del tiempo, desde la violencia coreográfica de las escenas mafiosas, al desgarro amoroso relatado anteriormente, hasta la irrupción imparable de las nuevas tecnologías. La actriz, Zhao Tao, brinda una actuación magnífica, pues su rostro también refleja los años transcurridos.

Ash is the Purest White ha supuesto la culminación de una serie jornadas en las que el festival de Cannes se ha volcado al relato amoroso en tiempos revueltos con películas como Cold War, Plaire, aimer et courir vite y de Leto.

En Le livre d’image, la última película de Jean-Luc Godard, también se revela el tiempo, el de la historia y el del presente.

Godard, que no viajó a Cannes pero que sí que ofreció una rueda de prensa a través de FaceTime, ha sabido reelaborar las maneras expuestas en una de sus obras magnas, Histoire(s) du cinéma.

Le livre d’image se abre con una mano con el dedo alzado.

La idea de la manipulación en el montaje (hermosa inquietud de Godard desde su juventud como crítico) se impone con fuerza: la película se arma de fragmentos de películas, de pinturas y de clips de internet, sin que apenas ninguna de estas imágenes aparezca tal como es, pues Godard satura los colores y extrema las texturas. Ha hecho de la imagen digital un lienzo que puede parecer un óleo.

A la manera del historiador Aby Warburg, que creó un atlas de imágenes que mediante sus correspondencias desprenderían una reflexión, Godard propone planos que riman: desde la llegada de un tren, a un cuerpo que cae en el agua.

De fondo, retumba la voz del director, a veces, como si fuese un susurro. Y mientras dice adiós ahondando en un presente determinado por el desconocimiento del mundo árabe, Godard retoma uno de sus temas favoritos: el del lenguaje.

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