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¡Ave, okupas!

Javier Díaz

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Tres veraneantes saliendo del estación del Camp. Foto: Lluís Milián

Tres veraneantes saliendo del estación del Camp. Foto: Lluís Milián

Vivir en una ciudad con playa no mola. En verano se te acopla en casa todo quisqui. Quien no tiene pueblo tiene a algún pringado con piso en la costa. Oye, que si molestamos nos vamos a un hotel. Claro, cualquiera les dice que se larguen a una habitación doble con cama supletoria a, con suerte, setenta u ochenta euros la noche. 

Que uno ya va cumpliendo años y los amigos no vienen con ganas de cachondeo, que todavía tendría un pase, vienen con uno o dos hijos, carrito y caliéntame el biberón en el microondas que el niño tiene hambre. Y si se te meten los suegros en casa una semana, que siempre acaban siendo quince días, adiós intimidad. Pijama de cuello vuelto y nada de ir en gayumbos por el pasillo. 

Encima, cada vez que me ‘okupan’ la casa me pilla currando y la única arena de playa que veo es la que me dejan esparcida por el suelo del salón cuando suben de darse un baño. Ellos se duchan para quitarse la sal y a mí me toca barrer y poner la mesa. Que la playa abre el apetito. En el frigorífico que no falte de nada, mejor una cerveza que un vaso de agua. ¡Que están de vacaciones! Sólo me falta decir: «¿Toman café los señores?».

Vivo en Tarragona, cerca del mar y las olas, de ahí que en julio y agosto tenga más inquilinos que la cueva de Alí Babá. Cuando me viene visita de Madrid me toca ir a buscarla a la estación del Camp. Coge el coche y pégate casi veinte kilómetros a pleno solo hasta la nada. Porque la estación del Ave está allí, en medio de la nada. Menudo lumbreras el que decidió ponerla allí. 

La única arena de playa que veo es la que dejan esparcida en mi salón

Cuando por fin llegas, con el coche más caliente que un chorizo a la parrilla, aparca si puedes. Nunca hay sitio. Me la juego y lo dejo en doble fila. Total, en cinco minutos llega el tren. ¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII! El del autobús tocándome el pito (nunca mejor dicho). Dice el conductor que me quite que no pasa. Por el hueco que he dejado cabe hasta un trailer, pero no tengo ganas de bronca. Arranco y me piro a por otro sitio ilegal. Legales no quedan. Bueno, está el parking de pago, pero no estoy para sablazos. 

Paso de dar vueltas porque con el calor que hace ya me sudan hasta las pestañas y la novia de mi primo, a esa que solo he visto una vez en la boda de otro primo, va a pensar que soy un tío raro. Porque hoy viene un primo que no me llama ni para felicitarme por mi cumpleaños, pero que se va a pegar unas vacaciones a mi costa que ni Luis Bárcenas. 

Al final me meto en la calle de los taxis, giro saltándome una línea continúa, avanzo unos metros en dirección prohibida y paro en una zona con una franja bien amarilla pintada en el suelo. Ahí se queda el coche. Total en tres minutos llega el tren. Me meto en la estación que tiene aire acondicionado, pero no le quito el ojo al automóvil. Una vez fui a buscar a una amiga y un guardia me dijo que o quitaba el coche del paso de cebra o llamaba a la grúa. Me puse chulo y le contesté «pues llámala». Y vamos si la llamó. Me libré de la multa porque el tren llegó antes. 

Ya está aquí mi primo con la parienta y un niño con una gorra. Llevan un maletón que ni el macuto de la mili. Ya lo cargo yo en el maletero si eso. Ni ademán de ayudarme hacen. «No veas como aprieta el calor aquí ¿no? Con lo fresquitos que hemos venido en el Ave». Pues subid al coche, que se os va a pasar el frío rápido. A cincuenta grados se tiene que estar dentro con la solana que cae. Que me he dejado el parasol en el trastero. «¿Esto es Tarragona o el infierno?». 

Aquí recibimos a los turistas en un secarral inhóspito. Con servicio de bar y bocata y refresco a precio de menú. Y menos mal que no vivo en Mont-roig del Camp, si no el trayecto hasta casa sería más largo casi que un viaje a Madrid en Ave.

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