Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

El bar en el que bebería George Best

El Panenka, en la Part Alta, reúne a nostálgicos amantes del fútbol de antaño. La conversación es friki e impredecible. Filias rarunas y amor a las leyendas crápulas. Hasta se está gestando una peña del Crystal Palace

Raúl Cosano

Whatsapp
Fernando e Íñigo, en el bar Panenka, en el 12 de la calle Cuirateries de Tarragona.  Foto:  Pere Ferré

Fernando e Íñigo, en el bar Panenka, en el 12 de la calle Cuirateries de Tarragona. Foto: Pere Ferré

El bigotazo de Antonin no es un bigote cualquiera. Ese mostacho, que preside el altar de mitos de la nostalgia en el bar Panenka, ilustra otras cosas: el amor por el fútbol de barro, la fidelidad a unos colores, el odio a Pitermans y los petrodólares, el olor a reflex y sudor  y la aversión por la gomina que embadurna hoy en día los vestuarios. «Nos mueve el amor al pasado, y también esa época en la que el fútbol era guay, la 'working class', cuando no estaba en manos de los jeques», explica Fernando García (40 años), un bilbaíno afincado desde pequeño en Tarragona. 

Quiso montar un pub y la revista 'Panenka' fue inspiradora, pero también esa enfermiza pasión futbolera compartida con su hermano Íñigo (36), que es ahora quien lleva las riendas de este negocio en la Part Alta de conversación impredecible y filias rarunas, que espantan al no iniciado. Ellos son del Athletic a muerte, y a partir de ahí manda el apego a escudos y leyendas. «Aquí hemos formado una peña del Crystal Palace. Nació por una tontería pero hemos acabado viendo los partidos y la queremos hacer oficial», cuenta Fernando. Íñigo asiente, aunque «yo soy más del Southampton». 

Alrededor de esta barra se ha formado cierta comunidad que sabe valorar el fútbol de siempre, el que huye de la SAD y rebrota con las iniciativas de accionariado popular. El derrape friki es inevitable. Tan pronto se pueden enzarzar en una conversación sobre el Mundial de Alemania 74 como glosar las maravillas de Le Tissier, aquel delantero desgarbado que hacía maravillas. A Íñigo le encandiló su magia y su fidelidad: toda la vida en el Southampton, un club pequeño, y desechando ofertas de los grandes.

«Yo me quedo con Mágico González», asegura Fernando, y da pie a otro tipo de futbolista que aquí sería bienvenido: el jugador crápula, hasta borracho, capaz de beber hasta las tantas la noche anterior y cascarse dos goles al día siguiente. En el santuario junto a la barra también hay genios noctívagos irredentos como Paul Gascoigne, Sócrates o George Best, de quien es mítica la frase: «Gasté mucho dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto lo malgasté».  

Reivindican el fútbol como un viaje al pasado y un recorrido por la memoria sentimental

Aquí el lema de ‘Odio al fútbol moderno’, de éxito de un tiempo a esta parte, se adopta con ánimo, pero también cierto recelo. «Hay mucha pose. No puedes ser del Barça y luego del Sankt Pauli. No encaja. Muchos hacen eso para aparentar y tener un club molón entre sus aficiones», denuncia Íñigo, en referencia a ese equipo alemán antifascista, de izquierdas y contracultural.

El West Ham también es un club amigo. Hay suficiente con que algún parroquiano muestre amor por unos colores para que otros se aficionen. «Yo soy de la Lazio por cómo chutaba los penaltis Signori, sin carrerilla», dice Fernando. Alguna vez han venido hinchas del Pescara o del Inter

¿Cómo definirse? «Somos nostálgicos, románticos... o más bien es que nos gusta un fútbol más de verdad, más auténtico», añaden, junto a otras enseñas: una foto de Iribar, otra de Mario Alberto Kempes y otra del dúo teutón formado por Gerd Müller y Paul Breitner, flamantes campeones del mundo con Alemania en 1974. 

Ambos son fans de Bielsa. «Nos gustan los zumbados, los personajes distintos», admiten. ¿Acaso no fue un loco Panenka por inventarse el célebre penalti de cuchara en una final de la Eurocopa? Se rinden también a las historias de ese fútbol pequeño, a veces plasmado en publicaciones casi de culto, o en libros periodísticos que huyen del hooliganismo mayoritario.

«Para mí el fútbol es un recorrido por la memoria sentimental. Hay gente que asocia momentos importantes de su vida a una canción o una película. Yo lo hago con un partido de fútbol, con un jugador, con algo que pasó», confiesa Fernando. Aseguran que, aunque sea con un granito de arena, han contribuido a cambiar algo de mentalidad. «Viene gente que ha dejado de ser del Barça, porque empieza tener en cuenta otros valores», cuentan. 

No sólo de fútbol se vive aquí. También acuden expertos imbatibles en cuitas ciclistas o eruditos en boxeo: «Abrimos y quedamos para ver el combate entre Mayweather y  Pacquiao. Eran las seis de la mañana y el bar estaba lleno».

Temas

Comentarios

Lea También