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El joven de Porrera que diseña los bolsos de hombre de Prada

Salustià Alvarez se ha hecho un hueco en Milán, una de las cunas mundiales de la moda,y desde hace dos meses crea accesorios masculinos para la prestigiosa firma italiana

Javier Díaz Plaza

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Salustià Álvarez, de 27 años, reside desde hace tres en Milán, donde ha trabajado en diversas firmas antes de llegar a Prada. Foto: Cedida

Salustià Álvarez, de 27 años, reside desde hace tres en Milán, donde ha trabajado en diversas firmas antes de llegar a Prada. Foto: Cedida

Con las monedas de 25 pesetas (de las agujereadas) que le daba su abuelo compraba a escondidas revistas de moda en el kiosko de su pueblo, Porrera. Su preferida era Vogue España. Pasaba horas mirándola y soñando con formar parte algún día de ese mundo. Era sólo un niño. Ahora, con 27 años, Salustià Álvarez se ha hecho un hueco en una de las cunas mundiales del glamur, Milán. Trabaja en la prestigiosa firma Prada. Diseña toda su línea de accesorios de hombre: bolsos, carteras, cinturones, guantes, gorros, mochilas o maletas de viaje.

Aterrizó en el gigante de la moda hace dos meses. Prada fue a buscarle... pero, en un primer momento, Salustià le dio calabazas. Cuando hizo la entrevista trabajaba en Furla, marca de bolsos de Bolonia con sede en Milán. «Estaba muy bien, me daban muchas oportunidades y cada día aprendía cosas nuevas. La colección de hombre que actualmente está en las tiendas fue un trabajo muy personal con el que encontré los elementos que me identifican como creativo». No quería abandonar ese proyecto, pero Prada insistió y no se pudo resistir a su segunda oferta.

«Por ahora quiero aprender y crecer en la escuela Prada, una empresa con una visión de la moda vinculada al arte y el futuro tecnológico. Luego espero poder viajar, que es lo que más echo de menos, y una de las ciudades que más me atrae profesionalmente es París. Con facilidad me veo viviendo allí», afirma Salustià, que señala que su sueño es «trabajar en la dirección creativa de una empresa de moda».

Guiado por el amor

Llegó a Milán hace tres años sin tener ni idea de italiano. El amor fue una de las razones que le llevó hasta allí. Al principio usaba la plataforma Couchsurfing (redes sociales que ofrecen alojamiento gratis bajo ciertas condiciones) para vivir en casas de otras personas. Hasta que alquiló un piso pequeño en el centro de la ciudad.

Le costó encontrar un empleo. Quizá por la falta de experiencia laboral, por no disponer de estudios especializados de moda o por desconocimiento del idioma. Estuvo varios meses sin nada, hasta que Louis Vuitton le abrió las puertas: ganó un concurso de diseño de moda convocado por la firma francesa de marroquinería y el Instituto Marangoni de Milán y como premio accedió a un master de diseño y gestión de accesorios de lujo.

«A la vez que hacía el master realicé prácticas para Alessandro Oteri como diseñador de zapatos de mujer y cuando lo acabé entré a formar parte del equipo creativo de hombre de Salvatore Ferragamo», recuerda.

Camarero en su pueblo

Fue el inicio de una carrera meteórica. «Cuando echo la vista atrás me acuerdo de ese niño que leía el Vogue. Ahora estoy en una de las mejores marcas de moda del mundo y con una posición profesional llena de responsabilidades», dice.

En Porrera, municipio de menos de 500 habitantes de la comarca del Priorat, empezó todo. «Siempre ha sido y será un punto de referencia para mí porque es donde he crecido y me he formado como persona. Pero se me quedaba pequeña porque mis sueños no formaban parte de su realidad». Las inquietudes creativas de su madre le acercaron al dibujo y las manualidades de un modo constante. Ella le animó a estudiar en la Escuela Universitaria de Diseño e Ingeniería de Barcelona. Allí comenzó a construir su camino. Luego realizó cursos para aprender a coses y elaborar bolsos.

«Pasé muchas horas ayudando a un zapatero para aprender su oficio. El primer par de zapatos que hice fueron unas bailarinas a medida para mi madre», relata.

Para costear su formación y poder vivir en Barcelona, Salustià echaba una mano todos los fines de semana en el Café Antinc, bar de Porrera propiedad de su familia –ahora lo lleva su tía. Tampoco se perdió una vendimia hasta que se mudó a Italia. «Vengo de una familia de agricultores y el contacto con la tierra y la naturaleza ha sido una parte importante en mi vida», comenta.

Su padres y hermanos siguen vendimiando y han puesto en marcha la bodega Álvarez Duran. «Es un proyecto que, aunque estoy lejos físicamente, me permite estar cerca de mi familia, ya que me encargo del diseño de las etiquetas, entre otras cosas. Estoy muy feliz por ver cómo el esfuerzo de mis padres y de mi infancia están teniendo sus frutos», concluye.

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