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El legado de los monjes callados en el Priorat

La Cartuja de Escaladei se levantó en el siglo XII en el lugar por donde, según la leyenda, los ángeles subían al cielo. Subsistió hasta la desamortización de Mendizábal

Javier Díaz

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Entrada a la Cartuja de Escaladei

Entrada a la Cartuja de Escaladei

Los recortes llegaron a la Cartuja de Escaladei por voluntad propia. La vida de los monjes era austera, simple. Sólo rompían el silencio para rezar y apenas hablaban unos con otros. Escribían notas para comunicar sus peticiones desde sus celdas. Dicho así suena a cárcel, pero nada de eso. Eran espaciosos ‘miniapartamentos’ para hombres solos, con un camastro, escritorio y hasta chimenea en algunos casos. En ellas vivían los llamados padres, dedicados a la lectura y la oración. Su vida transcurría lentamente y sin sobresaltos entre esas cuatro paredes. Los hermanos y los donatos estaban fuera. 

Los encargados de preparar la comida la repartían por las celdas a través de una trampilla con forma de zigzag para evitar cualquier contacto visual. No era un lugar que destacara por su alegría ni por su diversión. Estos ermitaños rezaban a horas intempestivas y comían lo justo. Los ayunos eran habituales. Su dieta era a base de verduras. Nada de carne. Como mucho, sopa de tortuga –criaban a estos animales en una alberca cercana–. Sólo podían saltarse este menú e ingerir proteínas aquellos que enfermaban y estaban débiles. 

La Cartuja de Escaladei, situada en el término municipal de La Morera de Montsant, se fundó en el siglo XII. Dice la leyenda que el rey Alfonso II de Aragón decidió hacer donación de unas tierras a la Orden de los Cartujos para que construyeran un monasterio. La casa madre envió unos monjes a buscar el lugar más adecuado a sus necesidades. 

 

Durante la investigación, encontraron a un pastor que les explicó que en sueños veía unos ángeles que subían al cielo por unas escaleras apoyadas en el tronco de un pino que había en el lugar donde él pastaba sus rebaños. Los monjes, que procedían de Provenza, lo interpretaron como una señal de Dios y allí mismo construyeron un pequeño claustro que sería el origen de la Cartuja de Santa María de Escaladei, que significa «escalera hacia Dios».

En 1990 sus propietarios, la familia de viticultores Peyra, la donaron a

la Generalitat de Catalunya y se puede visitar desde 1993. El cenobio, declarado bien cultural de interés nacional, fue el primero de la orden de San Bruno en la península ibérica.

La cartuja subsistió hasta la desamortización de Mendizábal en 1835. Durante siete siglos, los monjes hicieron poblar campos, construir molinos y difundieron el cultivo de la viña. Gozó de un gran prestigio. Fue un punto de referencia para los monasterios en el proceso que, en el siglo XVIII, condujo a la creación de la Congregación Nacional de Cartujas Españolas independiente de la Grande Chartreuse, casa central de la orden en Grenoble (Francia). 

Participó activamente en la fundación de las cartujas de San Pol de Mar (1269) y Vall de Cristo (1385) en Catalunya; Nuestra Señora de las Fuentes (1507) en Aragón y El Paular (1390) y Miraflores (1442) en Castilla. También contribuyó al nacimiento de otra denominada Escaladei (1585), cerca de Évora, en Portugal. 

Visistas:

Hasta el 30 de septiembre: de 10.00 a 19.30 horas

Entrada general: 3,5 euros
Con visita guiada: 6,5 euros

Consulta horarios y tarifas especiales en:
www.turismepriorat.org
977 827 006

El alcalde de todos 
El Prior, de aquí el nombre de la comarca, podía ejercer justicia y era el alcalde general de todos los pueblos de la zona, que coinciden aproximadamente con los de la Denominación de Origen vinícola Priorat. El territorio actual es menos extenso que los dominios originales de la cartuja.

Con la desamortización de Mendizábal, los monjes se vieron forzados a huir, privados por decreto de sus tierras, y abandonaron celdas y claustros, la iglesia y la hospedería. En tan sólo dos años la majestuosa cartuja quedó convertida en un montón de escombros debido a los saqueos y expolio constante.

Actualmente se pueden visitar sus ruinas recorriendo el exterior de los tres claustros, la iglesia y el refectorio, así como una celda reconstruida con todo detalle. El recorrido empieza en el patio de la entrada y finaliza en la huerta, situada detrás del edificio del servicio. Pasa por la capilla de Sant Bru, la hospedería que acogía a aquellos que necesitaban un techo, el patio del Ave María o la fachada de Santa María.

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