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El móvil en el aula, a debate

Expertos, psicólogos y padres de la provincia reflexionan sobre el uso de los teléfonos en las clases

Gloria Aznar

Whatsapp

Móvil sí, móvil no. Esta es la cuestión que ha vuelto a salir a la palestra con la vuelta al colegio. El debate, no obstante, se remonta a finales de julio, cuando la Asamblea Nacional francesa aprobó la prohibición del teléfono móvil en las escuelas, incluso en el recreo, a propuesta de La República en Marcha (LREM), el partido del presidente Macron.

Bajo la influencia de la decisión francesa, pocos días antes de iniciarse el curso escolar, la ministra de Educación, Isabel Celaá, anunció que se estudia hacer lo propio aquí. 

Una hipotética prohibición del móvil en las aulas divide y aúna a partes iguales a la comunidad educativa. Así, algunas asociaciones de padres y docentes apoyan la medida y otras son partidarias de que sean los centros los que decidan, como ocurre ahora, que no existe regulación a nivel estatal ni autonómico. 

La pregunta es ¿distrae el móvil en las aulas? ¿Es una herramienta educativa útil? Opiniones hay para todos los gustos. Argumentos también. En cualquier caso, la cuestión tiene dos vertientes claras: el uso del teléfono dentro del aula y fuera de ella pero en espacio escolar.

En este sentido, la profesora de la Universitat Rovira i Virgili (URV) y Directora General de Educación Infantil y Primaria de la Generalitat de Catalunya, Mar Camacho, es partidaria de «impulsar acciones que favorezcan el aprendizaje a partir del uso del móvil» y en ningún caso prohibirlo «ya que es positivo al 100% y un aliado, no un enemigo».

Camacho, experta en tecnología educativa y autora de varias publicaciones sobre las TIC en los procesos de enseñanza, defiende su uso en clase con una finalidad siempre educativa ya que posibilita actividades «que con el ordenador son más complicadas». Además, apunta, «no todos los centros tienen los ordenadores en las aulas y prácticamente todos los alumnos llevan el móvil en el bolsillo». 

Este es precisamente uno de los puntos de controversia ya que muchos padres se preguntan para qué necesitan sus hijos el móvil en el aula si el centro ya dispone de computadoras. Al mismo tiempo, declaran que se ven «obligados» a comprar este aparato tecnológico aunque no compartan la decisión.

La tarraconense María Dolores Díaz, madre de una preadolescente que cursa este año primero de la ESO, manifiesta que «es algo que no necesitan pero si en el centro se utiliza como una herramienta para buscar información, aunque no te obliguen a comprarlo de manera explícita, te condicionan». 

Al margen de los pros y los contra del móvil en clase, la psicóloga reusense y experta de Doctoralia, Olivia Sacristán (www.oliviasacristan.com), destaca que «están surgiendo estudios sobre sus relaciones con el déficit de atención o sobre los problemas de conducta como la agresividad».

Sacristán explica que «los aíslan de los compañeros y dificultan la interacción, tan necesaria en los humanos y aún más en edades tempranas».

Esta profesional aboga por que cada centro busque su gestión, aunque incide en que «si las medidas no pasan por una concienciación de los padres, que los hagan ejercer de modelos hacia sus hijos, será muy complicado para estos centros cambiar la manera de relacionarse con los móviles».

En la misma línea se pronuncia Mar Camacho, quien sostiene que el proceso «debe ir acompañado de las familias ya que se trata de una responsabilidad compartida».

Camacho hace hincapié, asimismo, en que el móvil forma parte de la competencia digital que se pide a todos los ciudadanos de la Unión Europea, competencia «tipificada para vivir en el siglo XXI» y recuerda que las primeras directrices de los dispositivos tecnológicos relacionados con la educación llegaron de la Unesco y que en 2015 el Consell Escolar de Catalunya aprobó un documento de apoyo a su utilización.

Para Mar Camacho, «los jóvenes deben ser conscientes de que tienen que saber utilizar el móvil de forma correcta» y manifiesta que hay que «proteger al profesorado para que se sienta cómodo con su uso, siempre para la práctica pedagógica». Sin embargo, mientras sigue la polémica, padres y madres ya se han puesto manos a la obra y han buscado estrategias para «seguir» los contenidos que visitan sus hijos e hijas -muchos de ellos de solo 11 y 12 años-.

María Dolores comenta que «muchas madres cortan las descargas mediante diferentes aplicaciones» de manera que desde el aparato de los progenitores se vigila el del menor.

El debate continuará y las posibles soluciones no parece que vayan a contentar a todos los colectivos implicados. Pero mientras llegan, los propios centros seguirán estableciendo unos límites que faciliten su convivencia.

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