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El pianista de Falset que tocó tres años en una iglesia del Bronx

Lluís Capdevila se fogueó como músico en Nueva York actuando en misas góspel y locales nocturnos

Javier Díaz Plaza

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El pianista de Falset que tocó tres años en una iglesia del Bronx

El pianista de Falset que tocó tres años en una iglesia del Bronx

Las parroquianas entraditas en años de una de las tradicionales iglesias negras del Bronx, el barrio con peor fama de Nueva York, no daban un centavo por Lluís Capdevila el día que le vieron entrar por la puerta. El pianista de Falset tenía la ardua misión de acompañar al coro de góspel al teclado de un órgano Hammond. Era 2013. El estreno fue complicado, pero enseguida se soltó con las partituras y se hizo con el ritmo. Fascinó a las parroquianas y estuvo casi tres años tocando para ellas. Cada domingo, en misa de diez de la mañana a doce del mediodía. Como en las películas.

Capdevila se enteró de que el órgano de la iglesia estaba vacante porque su anterior inquilino, un músico zaragozano al que conocía, puso un anuncio en Facebook. «Vi que lo dejaba y le llame para hacer una prueba». El puesto fue para él. Le sirvió para sacarse un dinero extra, aprender más de su oficio y hacer nuevos amigos. «Me despedí llorando de la gente de la iglesia», recuerda. «El Bronx no es tan peligroso como lo pintan y hay sitios baratos donde se come muy bien», añade.

La despedida fue hace cinco meses. El falsetense, de 35 años, decidió marcharse de Nueva York y volver a casa. Atrás dejaba casi nueve años inolvidables y enriquecedores en la Gran Manzana. «Fui en 2007 con una beca para formarme en el Aaron Coplan School of Music, en Queens. Mi intención era estar sólo dos años, pero la ciudad me sedujo y me quedé», dice. Completó sus estudios con un doctorado en Artes Musicales en la universidad de Stony Brook (en Long Island) y se instaló de alquiler en un pequeño apartamento en Harlem. Era un blanco en territorio de negros. Sufrió racismo. «Me llegaron a gritar que qué hacía un blanco en Harlem, pero en general me trataron muy bien», comenta.

Tenía de vecinos a una pareja de homosexuales que vendía droga en la tercera planta y a un esquizofrénico que se paseaba con un cuchillo en la primera. De buenas a primeras, un judío adinerado compró el edificio entero y le echaron del piso. Tuvo que buscarse otro.

Cada día, sin descanso

Capdevila se hizo un hueco en el panorama musical nocturno de Nueva York. Se ganaba bien la vida con el jazz, en solitario o con banda. Durante dos años tocó cada día, sin descanso. En salas, restaurantes o en la iglesia. «Los músicos son muy entregados allí. Les preocupa más tocar que el dinero. Y su nivel técnico es muy alto». Compartió escenario e improvisaciones con figuras como Philip Harper, James Cammack o Elliot Zigmund. «La experiencia fue increíble, pero llegó un momento en el que dije ‘ya he tenido suficiente’».

Ahora vive en Reus. Actúa en locales de la zona y está planteándose dedicarse también a la docencia. Su idea es ir a a Nueva York un par de veces al año para mantener vivos los contactos que ha hecho. Y conserva el trío que formó allí y con el que este año ha grabado su primer disco.

La música es la pasión de este pianista, que antes de conocer su vocación se licenció en Derecho y trabajó en una agencia de la propiedad intelectual en Barcelona.

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