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Engancharse al Tour y otras miserias del verano

Denme una tele, un amistoso y llámenme tonto

Raúl Cosano

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En las siestas estivales es inevitable dejarse captar por la tele. Foto: DT

En las siestas estivales es inevitable dejarse captar por la tele. Foto: DT

Uno se engancha al Tour de Francia como se embobaba con el Grand Prix del Verano, con la vaquilla Revoltosa y Ramonchu, o como se inicia la chavalada en las drogas en los pueblos pequeños o en 'Trainspotting': de puro holgar y aburrimiento

Yo he consumido tanta tele como para considerarme un adicto, y en verano tengo la guardia baja, muy baja, tanto que en vacaciones se me podía ver, yaciendo postrado y haciendo zapping, preocupantemente absorto en insondables abismos catódicos

Cribo poco. Me he tragado verdadera bazofia. El otro día, limpiando el piso antes de bajar a la piscina, le iba echando un ojo a un Los Ángeles Galaxy-Manchester United mañanero (viva el fútbol a deshoras), porque ya se sabe que en verano no hay nada más importante que un partido que ni te va ni te viene. Que tire la primera piedra quien no se haya enganchado alguna vez a un Honduras-Suiza, para su sonrojo a veces, o haya vibrado con alguna tanda eterna de penaltis de la Copa de África

A falta de Juegos Olímpicos y Mundial (ni una triste Copa América que echarse a la boca para descubrir a la última perla colombiana), hay que aferrarse a cualquier amistoso de mierda para mantener la pulsión futbolística y de paso la fe en el ser humano. A lo que iba: aquella mañana vi, con toda la bajona pegajosa del calor, a un tal Marcus Rashford, un delantero altísimo y desgarbado que no conocía, que se cascó dos goles con el United y que me hizo sentir viejo con sus 19 años atléticos, insultantes. 

Ya lo dijo David Trueba en su libro 'Cuatro amigos': la juventud acaba el día en que tu jugador favorito de fútbol es más joven que tú. Por eso habrá que seguir idolatrando a Buffon hasta la retirada. Yo veo pasar la vida y asumo la vejez cuando detecto que un futbolista del que no tengo ni idea es buenísimo para los demás, o cuando me entero (viendo 'Pasapalabra', ya ven el verano de riesgo que estoy teniendo) que la 'Bomba', de King África, tiene ya 17 años. Échense a temblar los adalides del filón nostálgico y de la EGB: ya han pasado 18 años de 'Matrix'. 

A mis amigos les pasa igual, y yo no sé si será una modorra generacional ese flipar con los Juegos Olímpicos, y de repente atender como si no hubiera mañana a la doma clásica o al lanzamiento de jabalina, y asentir muy serios con la cabeza y volvernos expertos como un tertuliano de, otra vez, la tele, la maldita tele. De repente alguien piensa que el piragüismo en aguas bravas es genial, pero que no merece tanta diversión hasta de aquí a cuatro años. Ahí está la clave. 

El verano es un oasis de mentira en el desierto, uno de esos espejos deformantes de la realidad, que a la vez nos ilusiona: Robinho era Pelé en Cádiz aquel agosto y Saviola fue Maradona en el Barça en pretemporada. Todo es fruto de embobarse con la tele, de la falta de fútbol oficial y con gancho, de la venta de humo, la esperanza y esa sensación de que todo está por empezar. 

Pero ahora volvamos al Tour, empalagoso, inaguantable, imprescindible. ¿No soportamos el ciclismo pero nos gusta el Tour como unos aficionados de pacotilla y oportunistas? Sí, pudiera ser. 

Ahí también la tele me capta sin remedio. De repente, con el ventilador zumbando y tirado en el sofá, una etapa alpina de esas de vértigo parece lo más importante del mundo, y en casa nos volvemos eruditos de la cosa y hasta sabemos de pájaras, piñones, abanicos y de qué corredor va a bajar más rápido el Galibier. Aquí también hay algo de la magdalena de Proust. Nos seguimos enganchando al Tour porque nos lleva a las siestas de la infancia y a Indurain hundiéndose en Hautacam, aquel bofetón generacional que nos despertó. 

Cuando acabe el Tour, este domingo, eso sí que será un agujero negro, la nada, y ni Blue Monday ni leches: este lunes será el día más triste del año, para regresar a la cama y no levantarse hasta que vuelvan, al menos, las previas de Champions, que alivien un poco.

Denme una tele, un partido de basurilla y llámenme tonto. Celebremos el virtuosismo del buen aburrimiento. En esta época yo me aficionaría hasta a los programas de Sánchez Dragó, pero es que, como en la casa de Gran Hermano, en verano todo se magnifica.  

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