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Ha pasado un ángel por Cannes

‘Lazzaro felice’, de Alice Rohrwacher, se postula para la Palma de Oro con un elogio a la bondad

Violeta Kovacsics

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En Bird People, Pascale Ferran proponía un audaz salto de la realidad al fantástico cuando, a medio metraje, uno de los personajes se convertía inesperadamente en un pájaro que volaba por las inmediaciones de un hotel de aeropuerto.

Aquella era una película sobre la libertad, uno de los temas recurrentes de la directora francesa.

En Lazzaro felice, la mejor película vista en la sección oficial hasta el momento, Alice Rohrwacher propone una deriva hacia el fantástico similar.

El día a día de Lazzaro, un joven campesino que vive a las órdenes de una marquesa, dará un vuelco hacia la vertiente más mágica de la espiritualidad

Rodada en super-16, Lazzaro felice se hincha de luz, la que cubre las montañas arenosas donde viven Lazzaro y los suyos.

La luminosidad es precisamente el don de una película que se ha aparecido en Cannes como un milagro.

En un certamen dado a ahondar en la miseria humana y en la crueldad, el retrato de un “hombre bueno” que propone Rohrwacher resulta casi contracultural.

Es, también, una película generosa, por todo lo que irradia de ella: un elogio de la bondad y de la belleza, pues la estética y la ética son una misma cosa; un discurso político en torno a la marginalidad en tiempos del capitalismo salvaje; un relato capaz de cruzar tiempos distintos desde el desprejuicio y la sorpresa; un recorrido, también, por el cine italiano, pues va del realismo de De Sica a las maneras de elevar lo espiritual desde la fisicidad de Pasolini.

Solo una película hecha desde la generosidad puede enarbolar todo esto de manera delicada, y solo una película libre puede transitar por la historia del cine y por el presente político, por el realismo y sus gestos y por la fantasía tan propia de lo espiritual como de los cuentos.

Rohrwacher posa su cámara sobre el rostro de Lazzaro, con los ojos abiertos, con expresión calma, beatífica. «Lazzaro, Lazzaro», le llaman insistentemente sus compañeros desde los campos de tabaco. Y Lazzaro responde solícito.

La primera parte de Lazzaro felice ahonda por momentos en el realismo del trabajo rural, cuando, por ejemplo, la cámara adopta una postura esencialmente observacional al capturar los gestos de los campesinos recogiendo la paja.

Hay algo pegado a la tierra en esta primera parte, mientras lo fantástico se sugiere a partir de pequeños gestos, como el soplido de los campesinos que parece invocar al viento.

Cuando la película se rompa, mientras la voz en off nos narra un cuento sobre un lobo y un hombre bueno, Lazzaro abrazará definitivamente su condición de ángel, de santo que se gesta sobre la bondad en un mundo que parece haberla olvidado.
En Un afer de familia, proyectada también en la sección oficial, el japonés Hirokazu Kore-eda elabora otra historia que se quiebra, y otro retrato de la marginalidad.

La película relata la vida de una familia que vive en la pobreza: el niño no va al colegio, y se dedica a robar con el padre; la joven gana un dinero exhibiéndose ante unos clientes que observa al otro lado de un vidrio; y la abuela pide dinero a otra familia. El núcleo familiar crecerá cuando encuentren a una niña maltratada y la adoptan en secreto. 

A partir de aquí, Kore-eda elabora con delicadeza un tema que atraviesa algunas de sus mejores películas, como Nadie sabe o Padre e hijo, el de reflexionar en torno a los vínculos familiares, en torno a la tensión entre los lazos sanguíneos y los del afecto.

Lo más admirable de su cine es la capacidad para gestar la emoción con naturalidad, para luego quebrar la película de manera que el debate moral emerja. La suavidad de su puesta en escena, que se construye sobre el reflejo de un personaje en un espejo, o sobre el tierno gesto de una caricia o de un abrazo, da paso a un discurso complejo, elaborado con inusual serenidad.

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