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La calle, una escuela de la vida

En un pueblo se respira de una manera diferente. La calle es la escuela de la vida, y una instantánea de que se vive diferente. Ni mejor ni peor, sino de otra manera

Sílvia Fornós

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Por instinto los mayores cuidan de los más pequeños. Foto: freepik

Por instinto los mayores cuidan de los más pequeños. Foto: freepik

«¿Cuándo vendrá la tía de Barcelona? Llámala y dile que venga». Día sí día también mi hija, de cuatro años, me pregunta por ella. Vive a más de 160 kilómetros de distancia o, lo que es lo mismo, a poco más de dos horas en coche. El verano se ha acabado y después de que pasaran buena parte de las vacaciones en el pueblo, ahora reclama su presencia, y también la de su tío y primo. A esta corta edad es difícil de explicar, y más de entender, que hay que trabajar, ir al cole,… en definitiva volver a la rutina. Que ellos vivan en una ciudad y nosotros en un pueblo, Miravet, que en vacaciones es el refugio de muchos urbanitas que durante el resto del año están ‘encerrados’ en otras urbes, tampoco ayuda. En un pueblo se respira de una manera diferente. La calle es la escuela de la vida, y una instantánea de que se vive diferente. Ni mejor ni peor, sino de otra manera. 
No importa la edad, todos los niños se juntan a la hora de jugar, y por naturaleza e instinto los mayores cuidan de los más pequeños. La plaza del pueblo es el epicentro de toda la acción. No es de extrañar ver a niños en bicicleta, mientras otros aprenden a patinar o incluso revivir una imagen que hoy en día resulta hasta peculiar: un grupo de jóvenes saltando a la comba. Este verano un grupo de chavales bajó con sus padres y sus bicis hasta la plaza. Hasta aquí todo normal. Pero lo que me llamó la atención fue que no se cortaron ni un pelo a la hora de desenredar una cuerda y empezar a saltar a la comba.

La calle es una liberación física y mental para los niños y niñas

Es más, muchos de los niños que revoloteaban a esa hora por allí se animaron a saltar, algunos con más suerte que otros. Lo que me recordó que me hago mayor, porque es el típico recuerdo de infancia de los que estudiamos en su día la EGB, aunque ahora los gurús del fitness intenten reciclar el juego catapultándolo al top de las listas de ejercicios ‘milagro’ para quemar grasa. 
Seguramente a las generaciones que han nacido con la tableta y el móvil bajo el brazo se les haga cuesta arriba pensar en que pueden distraerse sin un artilugio que esté conectado las 24 horas y los 365 días del año a la red Wifi. Y más todavía cuando la conexión queda recluida a las cuatro paredes de casa, y los niños son presos de la tecnología. La calle es una liberación física y mental. Despierta la imaginación y el ingenio. Pero en las grandes ciudades, en medio de la contaminación y las prisas de los coches, está libertad queda algo más coartada. Por todo ello no me extraña que cada vez haya más personas que dejan la ciudad para probar suerte en un pueblo, ya sea por motivos profesionales o porque siempre han estado enamorados de la tranquilidad. Hay otros aspectos que también son de valor incalculable. Como ahorrarse el dilema de escoger escuela. En un pueblo pequeño el colegio es una gran familia, todos los niños se conocen y si hay algún rifirrafe es por ser el primero en la fila. 

Sobran razones para ir a vivir a un pueblo, además de la tranquilidad

Recién estrenado el otoño, solo el frío, la lluvia y el viento, aunque se haga más temprano de noche, pueden impedir que los niños salgan a la calle. El tiempo no se detiene cuando ves que tus amigos de verano también han crecido y ahora tienen hijos, o que aquellos que se fueron del pueblo para trabajar en la ciudad ‘bajan’ cada fin de semana para visitar a sus padres, o porque tienen una ‘lujosa’ segunda residencia. Niños que ahora, junto a sus padres, veranean en el pueblo donde ellos crecieron. Chavales que entablan amistad entre todos, sin importar el lugar de domicilio o de nacimiento que figura en su DNI. Hablan un mismo idioma que es divertirse y disfrutar de la calle.

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