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La catedral de Tarragona esconde el fin del mundo

La Part Alta es escenario de leyendas y misterios inquietantes.Visitamos cinco de sus lugares encantados en la primera ruta Espais Llegendaris

Javier Díaz Plaza

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Carolina, la niña de la Casa Castellarnau. Foto: Javier Díaz

Carolina, la niña de la Casa Castellarnau. Foto: Javier Díaz

Cuenta la leyenda que el fin del mundo llegará cuando caiga al suelo la última figura de la fachada de la catedral de Tarragona. Que no cunda el pánico, todavía quedan 21 en pie: 12 apóstoles y 9 profetas. Y como mucho, se desploma una cada cambio de siglo, así que nosotros no lo veremos. Bueno, nadie ha visto jamás derrumbarse una, ni siquiera los curiosos que se acercaron el 1 de enero del año 2000, pero lo cierto es que inicialmente había 30 figuras. Inquietante.

Emilia, una simpática mangante que anda por la Part Alta, no ha oído hablar de esa historia, pero conoce Siscu, el criado de un noble tarraconense que tenía un palacio lleno de ratas en el siglo XIV. El rey Jaume I visitó un día sus dominios, pero salió de allí con un mosqueo monumental porque los roedores infectos se burlaron de él y se dieron un festín en el banquete preparado en su honor. El noble, afligido, realizó un casting para encontrar al mejor gato de la ciudad. El elegido tenía una misión: acabar con todas las ratas. Cumplió. ¿Cómo lo hizo? El desenlace está inmortalizado en una piedra en el friso de un capitel del claustro de la catedral. Pasen y vean.

El que lo tenía crudo para ver algo era Pilatos. El emperador romano Tiberio le desterró a Tarraco y le encerró en el Pretori. Cada vez que quería asomarse a una ventana para ver la luz, los paisanos le insultaban y apedreaban. Sólo los vecinos del pueblo de Sarral eran compasivos con él. De aquello hace ya más de 2.000 años, pero Octavi, criado de Pilatos antes de su castigo, lo recuerda bien. Desde entonces no ha vuelto a trabajar.

Otro que se quedó compuesto y sin novia fue el prometido de Tecla. Antes de ser santa y patrona de Tarragona, era una joven bella con un feliz futuro como ama de casa. Pero se quedó prendada del discurso de San Pablo y perdió interés por los mimos de su novio. Un escándalo para la mentalidad de la época. Tanto, que hasta su madre la denunció y acabó condenada a la hoguera. Pero cuando se adentró en las llamas cayó tal tormenta que salió indemne. Milagro.

Carolina tiene peor aspecto. Lo sé porque la vi el otro día. Estaba pálida, como un fantasma. Para quien no sepa quién es, os explico: es la hija de los ricachones que vivieron en la Casa Castellarnau a finales del siglo XIX y principios del XX. Nació enferma, dicen que con esquizofrenia, y sus padres la ocultaron en una habitación con la única compañía de un piano y uno libros. Para evitar habladurías, que se ve que entre la clase alta de la época no estaba muy bien visto eso de tener una hija enferma. Total, que la niña sigue viviendo en la casa y hay quien asegura a veces toca el piano y camina por los pasillos del palacete.

Conozco estas historias porque se las escuché el sábado por la mañana a Emili Samper, autor del libro 'Llegendes de Tarragona'. Hizo de guía en la primera ruta teatralizada Espais llegendaris de Tarragona por la Part Alta, incluida en el ciclo La ciutat a cau d’orella y organizada por la concejalía de Joventut, la Biblioteca Pública, el Arxiu de Folklore de la URV y la Escola de Lletres. Asistieron unas cincuenta personas. El paseo comenzó en la plaza Santiago Rusiñol, a los pies de las escaleras del Pla de la Seu, y pasó por la catedral, el Seminari, el Petrori, la Casa Castellaranau y la plaza del Pallol. Ahh, la vagabunda Emilia, los criados Siscu y Octavi y la niña Carolina eran actores. Que nadie se asuste.

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