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María Guerrero, el arrojo de una pionera de las tablas

Interpretó sobre las tablas a los autores más importantes y después se convirtió en una promotora de éxito a ambas orillas del Atlántico

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Retrato de María Guerrero de Joaquín Sorolla (1906).

Retrato de María Guerrero de Joaquín Sorolla (1906).

A punto estuvo el teatro español de perder a una de sus grandes mujeres sin ni siquiera haberla encontrado. El 28 de octubre de 1885, una joven de 18 años llamada María Guerrero debutaba en las tablas. El escenario era el Teatro de la Princesa, y allí tenía que interpretar ‘¡Sin familia!’, del autor galo Hector Malot. La inexperta actriz, que había estudiado en el colegio de San Luis de los Franceses, les había dicho a los productores de la obra que se atrevía a cantar un cuplé en el idioma del otro lado de los Pirineos. Pero cuando le llegó su turno, se quedó en blanco. El público no podía ser más selecto, estaba toda la aristocracia de Madrid, y en medio de este ataque de pánico, María Guerrero se echó a llorar. Paradójicamente, sus pucheros hicieron reír a los espectadores. Eso le dio confianza, levantó el ánimo y comenzó a cantar: recibió una gran ovación, pero nadie sabía que iba a ser la primera de una larga carrera como actriz y como empresaria.

Las anécdotas que protagonizó a lo largo de su vida esta pionera salpicaron el homenaje que esta semana, en la conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento, le rindió el teatro español. Los actos principales tuvieron lugar en el teatro que lleva su nombre, el María Guerrero de Madrid, requiebros de la historia, el mismo Princesa en el que debutó.

 

Sobreponerse a todo

Fue María Guerrero una pionera que se sobrepuso a problemas de salud (un trastorno de ansiedad la alejó de los escenarios durante tres años) y a un primer encasillamiento en las comedias que ella misma se encargó de romper cambiando de compañía en 1890 hasta convertirse en la gran dama de la escena nacional. Aun así, en 1892, su carrera dio el salto que necesitaba. Volvió al Teatro de la Comedia como actriz principal, con ‘Realidad’, de Pérez Galdós y llevó a las tablas éxitos del Nobel Echagaray como ‘Mariana’ y ‘A la orilla del mar’. Ese mismo año conoció a Fernando Díaz de Mendoza, dos veces grande de España, un aristócrata que quería ser actor y con el que María Guerrero compartió su otra gran faceta, la de empresaria teatral.

 

Empresaria pionera

En 1894 la artista se hizo con la concesión del Teatro Español y tras casarse con Díaz de Mendoza en 1896, implantaron una nueva forma de gestión. Se inventaron, por ejemplo, ‘Los sábados blancos’, para los que vendían abonos de diez sesiones y en los que se juntaba la juventud madrileña; tanto éxito tuvieron que se dieron en llamar ‘Los sábados milagro’, porque todo el que iba salía con novio. En su teatro, también por primera vez, se apagaron las luces durante las funciones.

Mientras tanto, la compañía realizó 24 giras por Latinoamérica, aunque tantos viajes dificultaban el cumplimiento del contrato de concesión del Teatro Español con el Ayuntamiento de Madrid. Por eso, en 1908, Guerrero decidió comprar el Teatro de la Princesa, entonces el más moderno de la ciudad. Fueron años de gran éxito de público y dedicación, incluso instaló allí su vivienda en 1917, pero las arriesgadas empresas que emprendía el matrimonio (estrenaron en la Manhattan Opera House de Nueva York con entradas al triple de precio que en cualquier otra obra) también la hicieron rozar la ruina.

Sin llegar al extremo de Moliére y morir sobre el escenario, María Guerrero estrenó su última obra, ‘La diabla’, el 15 de enero de 1928 en su Teatro de la Princesa. Ocho días después, falleció.

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