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´Mi trabajo me llena, es pura adrenalina´

Ni la fibromialgia ni la lucha contra los elementos pueden con la voluntad de esta pescadora, una de las pocas que quedan en la demarcación

Norián Muñoz

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´Soy fuertota´, dice Maribel.  foto: Joan Revillas

´Soy fuertota´, dice Maribel. foto: Joan Revillas

Tenía siete años cuando salió a pescar por primera vez con su padre, y no lo olvida. Hoy cuenta 44 y dice que no dejaría este trabajo por nada: «Me llena, es pura adrenalina», reconoce. Es la única mujer pescadora en activo de su puerto, Sant Carles de la Ràpita, pero ya hace tiempo que nadie se fija en ello. «Están curados de espanto», cuenta entre risas.

«Soy nieta, hija y hermana de pescadores», resume orgullosa su linaje y además tiene el título de patrona de embarcación. Especialmente a su padre le costó entender que ella, ‘la niña’, quisiera seguir con la tradición. De hecho, Maribel aparcó un tiempo su pasión marinera porque su padre no le dejó el mando de la embarcación. Ahora sus padres ya no sólo no se quejan, sino que la apoyan. Desde hace cinco años sale a pescar con su hermano, que se ofreció a acompañarle en su barca el Viznago, donde cada día salen los dos a echar las redes. «Él es el patrón, la barca es suya, pero mi título tiene más categoría que el suyo», explica con fraternal rintintín.

En diciembre pasado incluso recibió la Medalla de la Pesca Catalana, que entrega el Departament d’Agricultura, Ramaderia i Pesca, un honor que no se esperaba y que la llena de orgullo. «Me sentí muy arropada por todo el pueblo… Que hagas lo que te gusta y que encima te lo reconozcan es el no va más», recuerda.

Madrugonazos y ‘macarenas’

Se despierta hacia las 4.30 de la mañana, salen de puerto a las cinco y para la una o dos han regresado. Come y luego es la encargada de negociar el pescado en la lonja. Y así, de lunes a viernes. Los sábados descansan y los domingos por la mañana también salen, aunque un poco más tarde.

Cuando se le pregunta por las vacaciones, le da la risa; en este negocio no se sabe de eso. «Qué va, qué más quisiera», dice, aunque sin pesar. Aquí solo se para cuando hace mal tiempo y cuando ella y su hermano se ponen de acuerdo para coger algún día en Semana Santa o por las fiestas del pueblo. «De todas formas, no sabría estar de vacaciones largas», cuenta.

Lo suyo con el mar es puro enamoramiento, porque cuenta que aunque es un trabajo muy duro, «estás todo el tiempo en contacto con la naturaleza, necesitas fuerza», siempre hay sorpresas. «Nunca sabes cuánto vas a coger. Un día recoges la red llena de pescado y piensas ¡Qué guapo! Y al otro sólo subes basura y plásticos y se te cae el alma a los pies». Pero es lo que tiene, asegura, aunque el mar es su lugar de trabajo, jamás es el mismo.

Y, claro está, también ha pasado más de un susto, aunque dice que le gusta la adrenalina. A las olas grandes, esas que imponen, las llama Macarenas. «Ahí viene una Macarena», dice. Alguna les ha puesto a prueba en la Punta de la Banya. «Allí el mestral es maldito», explica, pero han salido airosos.

Económicamente tampoco es que tengan demasiadas alegrías, «el precio del pescado no ha cambiado en 30 años», se queja.

Coraje y soltería

Maribel está, de momento, soltera, aunque estuvo a punto de casarse con un novio con el que estuvo tres años. También quiso ser madre soltera, pero los tratamientos de reproducción asistida eran caros y no llegaron a funcionar. Hoy cree que habría sido difícil conciliar este trabajo con una criatura.

Y ya cuando casi se termina la entrevista cuenta que con 21 años le diagnosticaron fibromialgia. Le quita hierro, como si fuera algo menor. «A veces veo que estoy agotada, que voy llegando al límite, y entonces mi hermano me echa una mano… Le echo coraje porque es lo que me gusta», comenta. No es de ir a misa, pero cree en Dios, porque más de una vez se ha encontrado dándole las gracias.

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