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'Petra' y los demás, en Cannes

Tras brillar en ‘Todos lo saben’, Lennie presenta ‘Petra’ en la Quincena de los Realizadores

Violeta Kovacsics

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Hacia el final de María y los demás, ópera prima de Nely Reguera, la protagonista ve desde la orilla cómo la novia de su padre se va adentrando sin remedio en el mar.

Sin saber si la mujer corre el riesgo real de ahogarse, María observa, fantaseando quizá con la posibilidad de que se produzca un accidente.

La escena definía perfectamente el tono irónico de una película que supuso todo un desafío para su actriz principal, Bárbara Lennie.

Abonada al drama sin paliativos, con María y los demás, Lennie se imponía el reto de sumergirse en la comedia. Así, brindaba una interpretación gloriosa, alejada de la fisicidad exuberante de las grandes humoristas, hilvanada mediante pequeños pespuntes.

Aquella película no hacía más que confirmar el talento sutil de Lennie, que ya había figurado en algunas de las propuestas más estimulantes del cine español, como Magical Girl.

Ahora, el Festival de Cannes celebra a la actriz madrileña, la mejor de los múltiples intérpretes de Todos lo saben, la película inaugural.

Ayer, Lennie presentó Petra, del catalán Jaime Rosales, en la Quincena de los Realizadores. Ambas películas proponen sendos dramas en torno a la podredumbre de ese gran pilar social llamado familia. Ante la truculencia, Lennie rebaja el tono, y viste sus personajes de humanidad.

En Petra, Lennie es una pintora que se instala en la residencia de un artista famoso, rico y poderoso, del que ella sospecha que podría ser su padre. Rosales divide la película en capítulos desordenados, dispuestos a enredar al espectador en la telaraña de la tragedia.

Petra no da tregua, ni en sus hechos, que van del chantaje al suicidio, ni en su puesta en escena. Rosales inicia las escenas escondiendo la cámara detrás de una pared, para poco a poco ir descubriendo a los personajes.

Sin embargo, esta búsqueda no es orgánica sino una muestra más del cálculo del demiurgo Rosales. «Sin humillación no hay placer», viene a decir el artista, todo un villano, después de chantajear a una mujer para que esta se acueste con él.

Algo de esto hay en la película, un cierto goce a la hora de poner en escena el sufrimiento, por ejemplo, cuando la cámara se posa en la cama revuelta y vacía donde se ha consumado la forzada relación sexual.

Presentada en la Sección Oficial de Cannes, dirigida por un Kirill Serebrennikov que no ha podido viajar a Cannes por problemas con la justicia rusa y ambientada en los primeros años ochenta en Leningrado, Leto narra los inicios de un grupo de tono grave y taciturno y de ritmos firmes, Kinó, que creció en el underground de una Unión Soviética para la que el rock tenía la cara del enemigo y que abrazó el éxito con la Perestroika.

En Leto, el blanco y negro de Control de Anton Corbijn se pone al servicio del retrato de una banda que nacía cuando desaparecía Joy Division. Serebrennikov se asienta en la nostalgia y en la energía de la juventud en un verano de amor y rock.

Los desenfoques y los movimientos de cámara sirven a Serebrennikov para dirigir la mirada del espectador, cuando, por ejemplo, encuadra a Mike y Natasha -él estrella del grupo Zoopark y ella, su esposa- en primer término, mientras de fondo, en la playa, vemos a Viktor Tsoi, un joven compositor del que Natasha pronto se encapricha y que acabará formando Kinó.

Los avatares del triángulo amoroso es lo más forzado de una película que resulta más interesante cuando se mueve por el amor a la música, por la generosidad artística de Mike y por los inesperados momentos musicales en los que los personajes interrumpen la acción para entonar, ya sea en un tren o en un autobús urbano, canciones como The Passenger de Iggy Pop o Psychokiller de Talking Heads.

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