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Sábado de gloria en la TAP

Joaquín Sabina salió por la puerta grande de la antigua plaza de toros de Tarragona tras un concierto donde revivió las canciones de su disco '19 días y 500 noches'
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Sabina demostró que está en forma y no paró de moverse sobre el escenario.  Foto: Fernando Fernández Baliña

Sabina demostró que está en forma y no paró de moverse sobre el escenario. Foto: Fernando Fernández Baliña

Fue el propio Joaquín Sabina quien dijo hace más de 30 años que prefería ofrecer conciertos en carnavales, «que molan más que la Cuaresma». Quizá por eso una extraña sensación sobrevolaba el recital que debía dar en Tarragona todo un Sábado Santo. Pero las dudas, si las había, quedaron disipadas tan pronto como el cantautor jienense puso un pie sobre el escenario. Apenas entonó los primeros versos de Ahora que..., una de las canciones de su disco 19 días y 500 noches, quedó claro que la Tàrraco Arena Plaça (TAP) viviría su particular sábado de gloria.

Enfundado en un traje verde y con su ya característico bombín sobre la cabeza, Sabina achacó el breve retraso con el que comenzó el concierto a problemas técnicos con el equipo de vídeo. «Nada que ver con Pastora Soler», dijo, en clara alusión al miedo escénico que hace unos meses le obligó a suspender una actuación en Madrid. Y eso bastó para meterse al público que llenaba la TAP en el bolsillo.

En efecto, alejados todos los fantasmas, Sabina demostró estar en plena forma. Se movió como pez en el agua en un escenario en el que dejó patente su enorme complicidad –especialmente celebrada fue su travesura con el saxofonista, quien, mientras ejecutaba un solo, sufrió la vena gamberra del cantante, que le subió la falda escocesa con que iba ataviado– con todos y cada uno de los integrantes de la excelente banda que le acompaña –«mi familia», los definió–, a los que permitió unos momentos para el lucimiento personal, muy agradecidos por el público.

Mientras en la pantalla central se exhibían pinturas y dibujos realizados por el propio cantante y seleccionados de sus cuadernos de gira, Sabina derrochaba simpatía y expresaba su «alegría» por volver a Tarragona. Entre canción y canción y sus historias de ambiente canalla, no ahorró confidencias personales e incluso habló del ictus que sufrió y que le hizo alejarse «de algunas sustancias no muy recomendables para la juventud», para a renglón seguido dejar constancia de su buena salud con la canción A mis cuarenta y diez, en la que, entre otras cosas, asegura que «el traje de pino que estrenaré no ha sido todavía plantado...». Mejor.

La estrecha comunión entre Sabina y los congregados en la TAP alcanzó uno de sus puntos más álgidos cuando el cantautor hizo un guiño a su gran amigo Joan Manuel Serrat y cantó en catalán Paraules d’amor, que entonó en compañía de todo el público. Los congregados en la TAP lo estaban pasando en grande –no faltó quien se lanzó a bailar los temas más movidos–, y Sabina era uno de ellos. Sonriente siempre y a carcajadas en algunos momentos, al jienense se le notaba a gusto, entregado también. Por eso nadie se movió cuando el cantante y sus músicos abandonaron el escenario. Volvieron poco después, tras una breve espera que mereció la pena. Los bises, con espacio también para confirmar el gran talento de los componentes de la orquesta, se convirtieron en una fiesta, con el público ya completamente volcado, cantando y saltando, con el cantante a golpe de platillo y que acabó con Sabina y toda la banda cantando a capela La Canción de los borrachos. Lo dicho, fue un sábado de gloria en la TAP.

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