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Un fofisano en el gimnasio

Llevaba una hora haciendo ejercicio... ¡Y seguía vivo!

Álex Saldaña

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La sala estaba repleta de máquinas de todos los tipos. Foto: Lluís Milián

La sala estaba repleta de máquinas de todos los tipos. Foto: Lluís Milián

Ayer fue mi primer día de gimnasio. Tras meses haciéndome el remolón, por fin me he apuntado –no supe inventar más excusas–.  Con la ilusión del que estrena, me adentré en la sala de fitness dispuesto a sudar y comenzar a perder esos kilos de más que, en lugar de repartirse por todo el cuerpo, los muy condenados han optado por concentrarse, todos juntitos, en la barriga. 

Lo primero que me sorprendió fue ver, nada más traspasar la puerta y pegado a la pared, un desfribilador, una visión que aún no sé si me tranquilizó o me puso más nervioso. También me llamó la atención la gran cantidad de máquinas de todo tipo con que estaba amoblada aquella enorme sala. Allí había bicicletas elípticas, estáticas, de spinning…; cintas para caminar o correr, artilugios con pesos para ejercitar hasta el último músculo del cuerpo… Algunas supe identificarlas; a otras no me atreví a subir, por miedo a quedarme allí atrapado. Demasiado sofisticadas para un novato. Incluso hubo aparatos que sólo miré de lejos, pues parecían artilugios de tortura que hubieran hecho las delicias del inquisidor Torquemada. 

Opté por lo conocido y me subí a una bicicleta elíptica. Me sentí orgulloso al ver que era capaz de ponerla en funcionamiento sin tener que pedir ayuda. Claro que después de dos minutos pedaleando tuve que parar; había sido demasiado optimista y el nivel de dificultad que puse no estaba muy acorde con mi estado de forma. Lo bajé drásticamente y mis piernas lo agradecieron. El pedaleo más suave me permitió no sólo respirar, sino incluso entablar una breve conversación con un compañero de fatigas que hablaba tan fresco a pesar del ritmo frenético –comparado con el mío– con el que movía brazos y piernas. 

También pude levantar la vista y fijarme en las personas que allí se ejercitaban. Las había de todos los tipos. Las cintas de caminar estaban copadas por señoras de diferentes edades que andaban a diversas velocidades enfundadas en coloridas mallas de Dectahlon; en las bicicletas estáticas se hallaban tres hombres de avanzada edad que, sin embargo, pedaleaban con brío; tres adolescentes se paseaban por la sala picando unos segundos en cada máquina y sin dejar de teclear en sus teléfonos móviles. Gracias a una de ellas supe que soy un ‘fofisano’ –me temo que la chica, sensible y educada, utilizó ese término con la intención de no hundirme llamándome directamente fofo. Eso me recordó que en mi pueblo se utiliza la palabra ‘pottolo’ para lo mismo, para definir de forma cariñosa a esas personas que tienen sobrepeso sin decirles gordos u obesos, que puede parecer más hiriente–. 

Pero mi autoestima de fofisano sufrió un duro golpe cuando dirigí mi mirada hacia la zona de pesas. Allí estaba la creme de la creme del gimnasio: cuerpos –tanto masculinos como femeninos– perfectamente esculpidos y repletos de músculos, con unas tabletas que ya quisiera el mismísimo Aznar, que levantaban pesados discos como si fueran galletas. Cerca de ellos se hallaba otro grupito de cuatro jóvenes también con un evidente buen estado de forma, elegante y deportivamente ataviados con ropa de marca –aquí mandaban Nike y Adidas–, que se esforzaban –con muy escaso éxito, todo hay que decirlo– por captar la atención de dos chicas que trotaban en sendas cintas de caminar. 

A todo esto, ya llevaba veintinueve minutos dale que te pego en la bicicleta elíptica. Consideré que era hora de probar otras cosas –sobre todo, porque ya estaba agotado–, así que me fui a unas máquinas de pesas. También aquí tuve que adaptar el artefacto a mi lamentable estado de forma, después de comprobar que los sesenta kilos que alguien había dejado marcados eran demasiado para mí. 

Entre una cosa y otra, miré el reloj y vi que había pasado una hora entera en el gimnasio, haciendo ejercicio sin parar. Y seguía vivo. Estaba eufórico. En poco tiempo estaré en forma y me podré unir al grupo de las pesas, pensé en un alarde de desmesurado optimismo. Abandoné el gimnasio feliz y con la intención de volver cada día. No sólo perdería los kilos que me sobran; me pondría cachas…

Pero hoy he fallado; me ha costado un triunfo levantarme de la cama y tengo agujetas hasta en las pestañas. Mañana será otro día… 

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