Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Una vuelta por el Salou romano

Las visitas guiadas en la Vil·la romana de Barenys nos permiten adentrarnos en el mundo de la producción vinícola y cerámica en la época romana
Whatsapp
La visitas guiadas tienen lugar cada lunes, miércoles y sábado hasta septiembre. Foto: Juli Nomdedeu

La visitas guiadas tienen lugar cada lunes, miércoles y sábado hasta septiembre. Foto: Juli Nomdedeu

Sin campo no hay ciudad. A la sombra de Tarraco, la gran urbe romana del Camp de Tarragona, encontramos la Vil·la romana de Barenys, situada en Salou y poco conocida incluso por los mismos salouenses. Estos restos, descubiertos en el año 2006, evidencian la existencia de un edificio de producción cerámica y una prensa para la producción de vino en época romana, a finales del siglo I a.C. Por tercer año consecutivo, el Patronat de Turisme de Salou organiza visitas guiadas gratuitas para dar a conocer el yacimiento. El parque arqueológico se puede visitar cada lunes, miércoles y sábado de junio a septiembre durante dos horas, de seis a ocho de la tarde. La empresa Itinere es la encargada de gestionar las visitas.

Xavier Mejuto, el guía de la visita, llega puntual. Abre la puerta y una veintena de personas aparecen de golpe, probablemente se estaban resguardando del sol. Se queda sorprendido, dice que normalmente los visitantes van llegando en cuentagotas. Hay gente de Logroño, de Alicante e incluso de Salou, con lo cual Xavier hará la visita en castellano. Si tiene gente de otros países ofrece la visita en inglés o en francés, primero unos y después los otros, por orden de llegada.

Echando un vistazo percibimos la extraña simbiosis entre los restos romanos y las modernas planchas de hierro que contienen los paneles explicativos. El ajardinamiento del parque, pero, le da un toque más fresco y agradable. Xavier, empieza explicándonos que lo de villa es discutible. En realidad el yacimiento es una bodega, cella vinaria en latín, y un horno para la producción de ánforas y cerámica.

Son tres los elementos en buen estado de conservación: el canal, el lagar y el horno. Como nos explica Xavier, el agua era un elemento indispensable en cualquier civilización romana. Si hoy gastamos 120 litros por persona y día, en época romana se calcula que unos 300. Es cierto pues, que la población en la época también era inferior. Cuando el agua de la zona, conocida por ser abundante en barrancos y marismas, bajaba por el canal, se recogía en un recipiente mediante una pértiga y un contrapeso.

 

Prensar el vino

Para seguir la ruta nos hará falta imaginación. Son pocos los restos que se conservan del edificio dónde se prensaba el vino. Durante la excavación se encontraron también los agujeros dónde los romanos clavaban las estacas de madera para el cultivo de los viñedos. Nuestro guía hace un recorrido por el origen del vino, para situar al visitante. Según los autores Plinio el Viejo y Marcial, los vinos tarraconenses no tenían nada que envidiar a los de Campania, la actual Nápoles.

Llegamos al lagar, una balsa donde se depositaba el mosto y se iniciaba el proceso de fermentación. En la primera prensada el mosto caía con pepitas y trocitos de piel. Entonces se dejaba reposar para que las impurezas quedaran debajo. Con esas impurezas los esclavos se hacían un vino, que probablemente sería muy astringente. El lagar es un ejemplo de construcción con la técnica de impermeabilización romana, el opus signinum. Es una pasta de revestimiento hecha a base de agua, cal, arena y trozos de ladrillo o cerámica machacada para que fuese impermeable. Del lagar se traspasaba el vino al campo vinario, dónde se pondría en ánforas y seria transportado. Aquí se han encontrado más de 25 tinajas, dolias en latín, que ahora se encuentran en el Museu Arqueològic de Tarragona.

 

Ánforas de arcilla

Finalmente llegamos al horno. Sólo se conservan tres cuartas partes. Se conserva la parrilla de un palmo de espesor y llena de agujeros. Allí cocían la arcilla para hacer las ánforas. Para que haya unas buenas piezas es necesario que el horno esté a 1000 grados de temperatura. De no ser así es posible que la cerámica se rompiera. Tarragona tenía su propia ánfora llamada tarraconense.

Y aquí se acaba la visita. Un recorrido que se hace corto y te deja con ganas de saber más sobre el mundo romano.

Temas

  • DVerano

Comentarios

Lea También