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Voluntarias, el entusiasmo como bandera

En España hay más de 4 millones de voluntarios y un poco más de la mitad (54%) son mujeres. Cuatro tarraconenses cuentan su historia y hacen la carta a los Reyes Magos

Norián Muñoz

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Rosó Claravalls, Emilia García Pardo, Cristina Rodríguez y Núria Loras

Rosó Claravalls, Emilia García Pardo, Cristina Rodríguez y Núria Loras

Rosó Claravalls, 65 años: ‘Con los chicos fui por primera vez de colonias en mi vida... A mi edad’

Cuando Rosó dejó su trabajo como administrativa hace cinco años tras sufrir un ictus, se ofreció para hacer pequeñas gestiones en la asociación de parálisis cerebral La Muntanyeta, pero al final lo suyo es un trabajo en toda regla: llega a las 9 y sale hacia las dos. Sus compañeros dicen que contagia alegría y no falta nunca, ni siquiera tras una reciente operación. Iba hasta con muletas. «No puedo dejar de venir, me hace falta», reconoce. Va saludando a todos por su nombre por los pasillos, «son encantadores, siempre tienen la sonrisa a punto», cuenta. Ha creado complicidades muy especiales, como con Juan, un niño que se ha aprendido su nombre. La mayor parte de su trabajo se desarrolla en la oficina: atiende llamadas, ayuda en las cuentas, prepara tickets, correspondencia... Pero además está para todo lo que haga falta, como las excursiones con los chicos. Cuenta entre risas que con ellos fue por primera vez de colonias, «por primera vez en mi vida... A mi edad. Cuando yo era pequeña en el cole no se hacían estas cosas». Espera poder seguir mucho tiempo, «me llena», resume. «Cuando mi marido se jubiló yo le dije que aunque él estuviera en casa yo seguiría viniendo». Ahora él también colabora cuando ella se lo pide. A los Reyes les pediría que nunca falten los recursos para que estas personas siempre tengan la calidad de vida que se merecen.

Emilia García Pardo, 54 años:‘Estas personas tienen mucha más conciencia emotiva que nosotros’

A Emilia, Emi, le pidieron hace más de tres años que fuera con su grupo de bailes de la India a bailar en un acto para la Fundació Onada. Allí mismo le preguntaron si quería impartir una clase a las personas con discapacidad y enfermedad mental. Ahora la actividad no sólo se ha consolidado, sino que sus alumnos de la fundación «bailan fenomenal» y hasta participan en eventos para recaudar dinero para otras entidades. La primera experiencia como voluntaria le gustó tanto que terminó por dar clases también para niños que no se lo podían permitir en Campclar. «Es genial ver cómo se divierten», dice. Ella repite la frase que, palabras más, palabras menos, siempre sale de la boca de los voluntarios: «Es más lo que recibes que lo que das... Estoy sorprendida de la satisfacción que me da. No te imaginas lo bien que te acogen, cómo te esperan en la puerta».

A los Reyes Magos les pediría que muchas personas tuvieran la oportunidad de trabajar como voluntarias con personas con discapacidad porque así se acabarían muchos prejuicios. Recuerda la visita de un grupo de alumnos de instituto para conocer a los chicos de Onada. Alucinaron viéndolos moverse y acabaron bailando todos juntos.

Cristina Rodríguez, 27 años: ‘Estar con ellos es como mi ibuprofeno de la semana’

27 años
‘Estar con ellos es como mi ibuprofeno de la semana’

Si Cristina pudiera pedir algo a los Reyes Magos sería una varita mágica que consiguiera despertar en todo el mundo la consciencia de que pueden cambiar su entorno, mejorar la calidad de vida de otras personas: «Dejar de gritar a la tele desde el sofá, levantarse y ponerse las botas». Justamente ese incorformismo ha sido uno de los motores que ha llevado a esta pedagoga a involucrarse como voluntaria en varias organizaciones desde que estaba en la universidad. Actualmente colabora en la entidad cultural La Imaginada, ayuda a buscar fondos para un proyecto en Nicaragua, y colabora puntualmente con distintas entidades.

No obstante, a la actividad voluntaria a la que dedica más tiempo es al grupo de teatro Ganyotes, del Club Vaixell, al que acuden personas con diversidad funcional. Va cada viernes por la tarde y dice que «estar con ellos es como el ibuprofeno de la semana». Una de las cosas valiosas que ha aprendido de estas personas con gran discapacidad es a relativizar: poner en orden los problemas, ver lo que es realmente importante en la vida y lo que no. A quienes tienen la inquietud de ser voluntarios y no lo han hecho por no saber si serán capaces, les anima a que lo prueben porque las entidades ya se encargan de formar y acompañar.

Núria Loras, 30 años: ‘Lo que soy como persona se lo debo a mi trabajo como voluntaria’

Núria, periodista, también es voluntaria en el grupo de Teatre Ganyotes del Club Vaixell en el que los actores son personas con discapacidad. Lo descubrió con 16 años y ahora, 14 años más tarde, «media vida»  sigue allí. A pesar de que  reconoce que el primer día que fue la actividad no le gustó, cuenta que  «ahora son como mi segunda familia».  Con los chicos hace ‘reset’ de los problemas. «Allí las preocupaciones son otras y cambias prioridades, te das cuenta de que eso que tanto te preocupaba no era tan importante».

Está convencida de que «lo que soy como persona se lo debo a ellos. En la universidad te enseñan muchas cosas, pero aquí es donde he aprendido a trabajar en equipo, a escuchar a todos... Ellos se lo toman tan en serio que te cargas de responsabilidad».

Y, como buen grupo de teatro, algunos de sus mejores momentos están ligados a los estrenos, cuando está allí viendo cómo el teatro se llena  para ver y aplaudir a los chicos. «Es un subidón inexplicable». Apunta que las personas con discapacidad psíquica «son transparentes, sinceras, vienen de cara».

Si pudiera pedir algo a los Reyes Magos sería muchos años más para el Club Vaixell, que el año que viene cumple 50; que mantenga su esencia y que muchas personas puedan experimentar lo gratificante que es estar allí.

 

 

 

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