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'Al mes de salir juntos comenzó a pegarme tortazos. Yo tenía 17 años'

Las agresiones eran constantes, incluso delante de sus suegros, en cuya casa vivían. Tras varios intentos de huir, un día bajó en pijama a tirar la basura con sus dos hijos, subió a un taxi y se fue

Àngel Juanpere

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La víctima de malos tratos tapándose la cara con una guía editada por el el Ayuntamiento de Tarragona. FOTO: ÀNGEL JUANPERE

La víctima de malos tratos tapándose la cara con una guía editada por el el Ayuntamiento de Tarragona. FOTO: ÀNGEL JUANPERE

Hace nueve años se decidió a decir «basta». Ya no aguantaba más los malos tratos que recibía no sólo de su pareja, sino también de sus suegros, unas agresiones que según confiesa comenzaron al mes de conocer a su compañero, cuando ella tenía 17 años y él, 20. Todavía vive con un cierto temor. Por ello sigue teniendo un Atenpro, un teléfono móvil que llevan las víctimas de violencia de género y que está conectado a Cruz Roja. En caso de emergencia, la víctima lo activa y se pone en marcha la ayuda, ya que lleva además incorporado un GPS. Con el paso de los años ha ido superando el trauma. Está trabajando e incluso estudia, algo impensable hace unos años.

La historia personal de esta mujer daría para escribir un libro. Han pasado los años y ahora ya se atreve a explicar las penurias que ha tenido que vivir con su expareja, prácticamente desde que lo conoció, «porque la primera agresión fue al mes de salir con él. Me dio un tortazo. Me hacía ver que era culpa mía», un argumento que fue utilizando a lo largo de los años de convivencia.

La mujer asegura que la situación fue a peor, «llegó un momento en que las agresiones eran continuas». Se quedó embarazada y se fue a vivir con su pareja a la casa de sus suegros en Viladecans. «Hasta mi suegra quería hacerme ver que la culpa era mía. Me decía que si fuera una buena mujer....». Incluso después de la agresión, la suegra le daba una pastilla de Trankimazin para que pudiera dormir.

Tanto su suegro como sus cuñados eran conscientes de las agresiones, porque se producían delante de ellos. Ella asegura que quería contar a sus padres –que viven en Tarragona– lo que le estaba sucediendo, «pero mis suegros amenazaban con matarlos».

Entre las muchas agresiones sufridas, quizás la más grave fue cuando su pareja la cogió por el cuello –sobre las cuerdas vocales– de forma muy fuerte. «A la mañana siguiente, al despertar, echaba sangre por la boca. El suegro se asustó y me llevó al Hospital de Viladecans». En el informe médico se hizo constar la agresión, «e incluso el doctor me preguntó si estaría mejor siguiendo con la relación o dejándola».

Tras muchos intentos de huir –siempre la cogieron–, dijo que iba a tirar la basura. Bajó a la calle en pijama, acompañada de sus dos hijos –que por entonces tenían menos de tres años–. Pero en realidad subió a un taxi para venir a Tarragona a casa de sus padres. Dentro de la bolsa no llevaba basura, sino ropa.

Al día siguiente, su compañero y su familia se desplazaron a Tarragona. Dijeron que querían hablar de los niños y les dejaron entrar en el piso. «Yo les dije que no se llevarían a los pequeños y mi suegra me pegó».


Guarda y custodia
Un juez otorgó la guarda y custodia de los dos hijos a ella, mientras que su compañero tiene el régimen de visitas. Es la abuela la encargada de venir a Tarragona a recoger a los pequeños el viernes y devolverlos el domingo por la noche, porque el compañero tiene una orden de alejamiento. Pero todo es teoría. «Casi siempre tenía que ir la Policía porque no los devolvían». Cuando los niños contaban con seis años, el hombre se los llevó tres meses –después se supo que los tenía en Francia–.

En Semana Santa de este año, la pareja tenía reparto de vacaciones de sus hijos. «Me llamó el exsuegro para decirme que se iban a quedar los niños dos días más. Yo le contesté que no y comenzaron a insultarme. Mi expareja me envió mensajes de WhatsApp, a pesar de tener prohibido judicialmente cualquier contacto conmigo». Al día siguiente, la mujer acudió a la comisaría de la Guàrdia Urbana a presentar denuncia. Los Serveis Socials se pusieron en contacto con la Unitat d’Atenció a la Víctima. Una agente llamó al teléfono desde donde se habían enviado los mensajes, «se puso la pareja actual de mi ex y dijo que se habían equivocado. Le recordaron que quedarse más días con los niños era un delito de secuestro».

La mujer ha presentado contra su expareja hasta siete denuncias –por agresiones, por no pasar la manutención de los hijos, etc–, principalmente en la Guàrdia Urbana de Tarragona, pero también en Reus y Lleida. Hasta ahora no se ha celebrado ningún juicio porque no se le ha podido notificar ninguna citación ya que, supuestamente, el acusado se encuentra en paradero desconocido. Tampoco se le han podido entregar las prórrogas de las órdenes de protección –que la mujer tiene desde 2007–.

Durante un tiempo dispuso del teléfono de Atenpro. Al creer que no lo necesitaba más?tiempo, lo devolvió. Pero un nuevo desafortunado encuentro con su expareja hizo que volviera a disponer de él. Reconoce que lo ha tenido que usar: «La primera vez fue en 2010. Estaba en un centro comercial de Les Gavarres. Me encontré con la exsuegra y excuñada. Me agredieron dentro del recinto. Fue mi hijo quien activó el Atenpro». Los vigilantes de seguridad les separaron y ella ingresó durante un año en un piso de acogida de los Serveis Socials de Tarragona, donde compartió experiencias con otras mujeres que se encontraban en la misma situación.


Intentar recuperarse
La mujer asegura que ha pasado unos años muy duros. «Al volver a Tarragona después de huir de Viladecans tenía miedo a salir a la calle, no quería relacionarme con nadie. Si me llamaban del Juzgado tenía que ir con la Policía». Por ello, reconoce que se considera «valiente, he superado mucho», a pesar de que los problemas siguen, «actualmente sigo necesitando pastillas para dormir». Ahora es consciente de que ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando, «es más, la siguiente pareja que tuvo mi ex también lo denunció varias veces».

A sus 30 años, ahora estudia y trabaja. Todavía tiene un muro a la hora de entablar una relación con un hombre, «voy con pies de plomo, como una autoprotección». Reconoce que las asistentas de Serveis Socials de Tarragona le han ayudado mucho en estos años, «me llamaban a menudo o, si no, les llamaba yo, me han acompañado, aconsejado, etc». Ahora intenta rehacer su vida poco a poco.

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